Los jugadores de la selección española de fútbol levantan a Andrés Iniesta durante la celebración en el Puente del Rey, en Madrid, por la victoria en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica 2010. Foto: Luca Piergiovanni/EFE
Tal y como había hecho durante todo un mes, la noche del 10 de julio de 2010, antes de irse a la cama, Andrés Iniesta visualizó por enésima vez el mismo video de cuatro minutos preparado por el fisioterapeuta del Barça, Emili Ricart. Abrazos, festejos y momentos felices de su carrera contrastaban con los altibajos en las trayectorias de grandes deportistas de élite. De la frustración a la cúspide, en un enjambre intencionado de emociones, el DVD culminaba en un pico alto con las imágenes del gol in extremis del propio Andrés en la semifinal de Champions, frente el Chelsea, en Stamford Bridge.
Al día siguiente, el domingo 11, la selección española jugaría su primera final en una Copa del Mundo ante una Holanda que llegaba invicta. Para muchos era un milagro que Iniesta hubiera llegado allí luego del año nefasto por el cual había pasado; pero el azar, o algún ente divino entre los dioses del fútbol, dispuso que los hechos se desencadenaran como un espectáculo surrealista. Había mordido el polvo y necesitaba sacudirse.
***
Dani Jarque, con el brazalete de capitán, en el Espanyol-Liverpool días antes de su muerte. Foto: Pep Morata
El 27 de mayo de 2009 Andrés Iniesta jugó lesionado la final de la Champions en el estadio olímpico de Roma. Quería estar costase lo que costase. Alineó con la recomendación de no chutar con la pierna lastimada y fue fundamental. Asistió a Eto’o en el primer gol y manejó a placer los tiempos ante los frustrados intentos de los jugadores del Manchester United por neutralizarle. La temporada era épica. Éxtasis puro. Triplete. Y él entre los pilares. La oscilación indicaba que el furor debía caer. Y cayó. Cayó demasiado.
Una llamada inesperada de Carles Puyol le destrozó las entrañas el 8 de agosto de ese año. El capitán blaugrana le comunicó que su amigo, el futbolista del Espanyol, Dani Jarque, había muerto. A los 26 años, un paro cardíaco le quitó la vida mientras hablaba por teléfono con su esposa (embarazada de 8 meses), desde la habitación de un hotel en Florencia, donde el club perico realizaba su pretemporada. La noticia conmocionó a todos, pero a Iniesta lo tocó de manera brutal.
Estuvo de baja hasta el 9 de septiembre y ya en octubre estaba lesionado. Luego en diciembre. Otra vez en marzo de 2010. Daba su fútbol a cuentagotas y en su registro aparecía un solitario gol. En aquel momento no se sabía qué pasaba, aunque evidentemente algo en él andaba mal. Lo azotaba una dura depresión.
El 13 de abril, en un entrenamiento, volvió a romperse con el mundial a la vuelta de la esquina. Ahí se echó a llorar. Treinta y tres días fuera, sin embargo, Del Bosque le esperó hasta el último minuto.
***
España gana la Copa. Foto: Archivo.
El estadio se ve desde el autobús de La Roja. El vestuario es amplio y antes de salir a calentar Iniesta le pide a Hugo Camarero, recuperador físico de la selección, que le escriba una frase en una camiseta interior.
Son casi las 8:30 de la noche en Johannesburgo. Los jugadores forman una piña en los casilleros y espetan un eslogan simple: “Ganar, ganar, ganar”. A fin de cuentas no eran poetas y Del Bosque lo ratifica con una charla sencilla, pero dejándoles saber que estaban ante la posibilidad de darlo todo por el fútbol.
Ya es la hora. Los equipos saltan al césped. Número 6: Andrés Iniesta, se anuncia por el audio local del estadio Soccer City. Diez mil novecientos sesenta y cinco kilómetros separan Albacete de Johannesburgo. Venir desde un remoto lugar de La Mancha llamado Fuentealbilla a intentar ganar un mundial con España, y en África, parece cosa de locos, no obstante, como diría Séneca: “Ningún gran genio se dio sin una mezcla de locura”.
El partido comienza y cada equipo muestra sus armas. Holanda muerde. Hasta Van Persie y Sneijder pegan, amparados en el arbitraje del inglés Howard Webb. A Iniesta se le ve tranquilo, controla el balón, regatea y distribuye.
Mark van Bommel se lo lleva puesto en una entrada de expulsión, pero no pasa nada. Tampoco cuando De Jong estampa su calzado en el pecho de Xabi Alonso. Los tulipanes tienen sus 11 futbolistas porque a Webb se le va el partido de las manos. Las vuvuzelas eclipsan el ambiente y así se va el primer tiempo… y el segundo. Dominio español, ocasiones para ambos y Casillas presente para frenar dos zarpazos anaranjados que no supo finalizar Robben.
Una batalla entre el fútbol y el antifútbol: España confiando hasta el final en su “tiqui-taca” y una Holanda que pretendía llevarse el título como fuera, pues no creían en jugar bien para ganar. Eso no le había dado resultado a la naranja mecánica que cayó en 1974 ante Alemania Federal y frente a Argentina, en 1978.
Llega la prórroga. “Iniesta tiene la llave”, dice el relator. Y es así. El físico le aguanta, soporta las embestidas de los jugadores holandeses, los burla y los saca de quicio hasta provocar la expulsión de Heitinga. Aun así, lo mejor estaba por suceder.
***
En otra latitud, pero en momentos paralelos, Jessica Álvarez, la viuda de Dani Jarque, quien nunca más había visto un partido de fútbol, decidió sentarse a mirar la final del mundial. Algo le decía que Dani estaría presente de alguna manera. Y es ahí cuando la realidad supera la ficción.
Su madre estaba con ella, preocupada. Sin embargo, la decisión era firme. Sabía que algo iba a pasar y aunque la emoción no la dejó ver, un presentimiento, segundos antes, le hizo saber la sentencia de ese campeonato mundial.
***
Andrés Iniesta dedica su gol en la final del Mundial a Dani Jarque. Foto: Getty Images
Minuto ‘116. El relato del juego se intensifica. “… Intenta irse. Se va Navas. Vamos que se desmarca Torres. El mundo contra Navas que tiene ahí velocidad para ir… Consigue enviar la pelota para el tacón de Iniesta. Llega Cesc. Aparece de nuevo Navas que se desfonda. Entrega el balón para Fernando Torres, prepara el centro… La pide Iniesta. El rechace… para Cesc. Cesc para Iniesta. (Iniesta). No hay fuera de juego. ¡Vamos, Iniesta! ¡Gooollllll!”.
Al momento del golpeo el mundo se paralizó en los instantes en que el bote de la esférica caía hasta hacer contacto con el botín derecho del manchego. Y se hizo justicia. Una volea llena de ira definió el Mundial a favor de España. Andrés corrió hacia el banderín de córner mientras se quitaba la playera, y en la camiseta que llevaba debajo dejó ver al mundo el mensaje que le había encargado a Hugo Camarero antes del calentamiento. En letras mayúsculas de marcador azul, la prenda ponía: “Dani Jarque, siempre con nosotros”.
Se iba a sacudir y lo hizo. Giró la llave y desbloqueó la final. Con Jarque presente dejó su sello futbolístico y humano estampados para siempre en la memoria de quienes miraron ese partido. Su peor año terminó como el mejor. Metió más goles en el mundial que en el torneo liguero y, lo más importante, había vuelto a ser especial dentro del campo. Todo estaba en su sitio nuevamente. “Me hace muy feliz que no solo seré yo recordado, sino que Dani Jarque también será recordado”, declararía más adelante.
Iniesta fue el último en subir a recoger la medalla. Quizás se preguntaba si aquello no sería un sueño que acabaría justo cuando Casillas fusionara la copa con el firmamento de Johannesburgo. Pero pronto caería en cuenta de que no era así. Su nombre se corearía en casi todas las canchas de España hasta su marcha del Barça.!Inieeeeesta, Inieeeeesta, Inieeeeeesta!, aplausos en el Bernabéu y ovación en Cornellá, donde se vieron camisetas del Espanyol con su nombre y el número 21 de Dani Jarque. Hace diez años de ese “sueño”, Andrés, diez años y aún no podemos despertar.