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Barbados: Memoria que arde y resiste

Por: Roberto Massola Martínez
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Familiares de las víctimas del sabotaje al avión de Cubana el 6 de octubre de 1976. Foto: Jorge Oller/ Granma.

Era 6 de octubre de 1976 y un avión de Cubana de Aviación despegó de Barbados para quedar, minutos después, partido en dos por la explosión de dos bombas C-4. No hubo sobrevivientes.

Setenta y tres personas cayeron al océano: cincuenta y siete cubanos, once guyaneses, y cinco coreanos. Entre ellos, veinticuatro jóvenes esgrimistas que regresaban de un campeonato en Venezuela donde habían ganado todas las medallas de oro. Eran muchachos y muchachas de manos rápidas y futuro largo, con los sables guardados en sus fundas y el himno todavía tibio en la garganta. Los mataron antes de que pudieran contar cómo habían ganado.

Sin embargo, los autores intelectuales, Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, murieron viejos, tranquilos, en cama, en una paz cómplice garantizada por quienes siempre los protegieron.

Impunes.

Esa palabra debería dolernos como una brasa: impunes. Porque la impunidad no es olvido ni perdón: es una invitación a repetir.

Barbados es la cara más visible, la más evidente, de una política de terrorismo de Estado que ha probado casi todas sus armas contra Cuba, por el grave delito de no saber ser sumiso ante el Imperio: invasión, sabotaje, bandidismo, magnicidio, guerra sucia, terrorismo.

Y aunque ninguna ha funcionado, porque Cuba se niega a la “paz” de la esclavitud, en dependencia de la época han priorizado más uno u otro método, pero nunca han desechado del todo ninguna forma de presión, y mucho menos han cesado en su propósito. Hay una línea continua que une el avión caído al mar con el barco explotando en el puerto, con campos de cañas quemándose, con maestros colgando ahorcados de un árbol, con bombas en hoteles, con incendios en círculos infantiles, con enfermedades y plagas, hasta llegar a la asfixia silenciosa que hoy aprieta la garganta de la Isla.

¿Quién puede decir que el bloqueo no es terrorismo de Estado, puro, duro y, sobre todo, premeditado, si el propio Subsecretario de Estado, Lester Mallory, cuando lo propuso en 1960 para “lidiar” con la Revolución, dejó claro que el objetivo era (y citamos sus propias palabras) “provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”?

Solo entre marzo de 2025 y febrero de 2026, el bloqueo causó pérdidas récord de 8.083 millones de dólares, un 7% más que el año anterior. Son cifras que se dicen rápido pero que pesan como montañas y tienen repercusiones reales, palpables, tristes por lo cotidianas: escuelas sin reparar, fábricas detenidas, medicamentos que no se producen, barcos que no atracan, familias que sufren ante la incapacidad de suplir todas sus necesidades básicas.

Familiares de las víctimas del sabotaje al avión de Cubana el 6 de octubre de 1976. Foto: Jorge Oller/ Granma.

Pero encima de eso, el 29 de enero de 2026, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva que declaró a Cuba “amenaza para la seguridad nacional” e impuso un bloqueo petrolero de facto.

Desde entonces, por solo poner un ejemplo, nuestros médicos se crecen aún más en su conocido heroísmo, y los niños siguen naciendo, aunque sea bajo la luz de una lámpara de baterías; pero también hay cien mil pacientes en listas de espera quirúrgica, cada uno con un nombre y una familia que espera con angustia.

El canciller Bruno Rodríguez lo dijo con la crudeza de quien conoce la herida desde dentro: “El bloqueo no castiga a un gobierno. Castiga la vida cotidiana de un pueblo en cada aspecto”.

Esa es la verdad que hay que repetir mil veces, porque el enemigo sabe disfrazarse de norma y propaganda. Detrás del lenguaje administrativo con que casi cada semana anuncian más sanciones unilaterales e injustificadas está el mismo designio de 1976: impedir que Cuba exista en paz, que sufra, que tiemble, que elija la desesperanza y el derrotismo, que el cansancio y la angustia haga caer las banderas. Lo que antes fue una bomba en el aire, hoy es una asfixia calculada que mata a diario, despacio, sin ruido, sin cadáveres que puedan fotografiarse para la primera plana.

Pero Cuba no es un avión en llamas. Cuba es un pueblo que aprendió a volar. Y hay una diferencia esencial entre quien pretende matar y quien decide no morir: nosotros sabemos por qué resistimos.

Cada 6 de octubre no solo honramos a los caídos: denunciamos el terrorismo de Estado que ha causado más de tres mil muertos en Cuba. No hacemos un duelo quieto, de manos cruzadas y cabeza baja. Hacemos un duelo de pie, con la verdad en la boca y el puño apretado, porque recordar es una manera de exigir justicia y de impedir que la impunidad vuelva a cobrar factura.

Preguntémonos, entonces, con la sinceridad de quien mira al frente: ¿qué habrían querido los jóvenes del avión 455 si hubieran podido volver? ¿Habrían querido un pueblo cansado, resignado, mirando al suelo? ¿Habrían querido que sus muertes sirvieran de argumento a los que hoy piden sumisión y silencio?

La respuesta no está escrita: la escribimos cada día en los hospitales sin luz, en los maestros que llegan al aula sin transporte, en las madres que inventan un plato de comida cada noche, en los médicos que operan con lo que hay. Eso también es dignidad. Eso también es respuesta.

Padres de una de las víctimas del crimen de Barbados. Foto: Jorge Oller.

Padres de una de las víctimas del crimen de Barbados. Foto: Jorge Oller/Granma.

Porque Cuba ha sobrevivido a seis décadas de agresión por una sola razón: su pueblo convirtió el dolor en dignidad y la dignidad en inteligencia, en solidaridad, en arte, en medicina, en escuela. La Revolución no es una estatua: es un modo de resistir que se reinventa cada mañana. Y esta conmemoración debe ser un acto de resistencia activa, no un rito nostálgico: recordar para denunciar, denunciar para sostener, sostener para vencer.

No nos engañemos: el bloqueo es duro y será duro. Pero los cubanos también somos duros y sabemos florecer en el asfalto.

Los muertos de Barbados no murieron para que Cuba se rindiera (ni los de Girón, ni los del Escambray, ni los de Caracas): murieron para enseñarnos que la única respuesta posible a la guerra económica es la victoria de la resistencia. Y cada 6 de octubre esa victoria está más cerca cuando decimos sus nombres en voz alta, cuando no permitimos que el olvido haga el trabajo que las bombas no pudieron terminar.

Imperio, setenta y tres veces te decimos: no estamos de rodillas; setenta y tres veces te decimos: seguimos aquí; setenta y tres veces te decimos: y aquí continuaremos, sembrando lo que ustedes quisieron quemar.

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