¿Dios salve al rey?

Nunca antes Cuba salió de un Campeonato Mundial de Atletismo sin subir al menos una vez al podio. Foto: Ezra Shaw/Getty Images)

Terminó el Campeonato Mundial de Atletismo y otra vez corren ríos de tinta sobre el campo y pista cubano. Nunca antes la historia pesó tanto como ahora para un deporte que acaba de protagonizar su peor actuación en estos torneos, 39 años después de la primera edición en Helsinki que sirvió de arrancada para construir un legado hermoso.

Pero, ahora, la ausencia de medallas, las pocas alegrías, las deudas y las preguntas minan la salud del deporte rey en una isla que debe salir de Oregón dispuesta a la remontada y con una gran verdad sobre sus hombros: en el plano estrictamente competitivo, otra vez le faltó a Cuba el empuje extra en el momento justo.

Si se mira la tabla que acompaña a este texto, aparecen dos realidades lamentables: la primera, que solo tres de nuestros 14 atletas mejoraron sus marcas del año en Oregón. La segunda es aún más terrible: la mitad de ellos quedó por debajo de lo conseguido en sus cinco mejores presentaciones de la temporada.

La tabla es un resumen de la actuación cubana en Oregón. Fuente: Elaboración propia.

Que el deporte tiene poco de ciencia exacta es cierto, que resulta imposible aspirar a una mejoría para absolutamente todos los presentes justo cuando más presión y rigor hay sobre sus espaldas es también lógico. A fin de cuentas, otros consagrados o con más opciones tampoco optimizaron sus presentaciones allí.

Sin embargo, ¿es también natural competir tan por debajo de lo esperado? ¿Normalizar el conformismo y las justificaciones rinde algún beneficio? La clave no radica en la exigencia poco objetiva para deportistas que no son máquinas, sino en la mirada integral a los porqués de un desempeño bajo en sentido general.

Por ejemplo, por segunda vez desde la ausencia de 1987 no tenemos a un representante en los 110 metros con vallas. También por segunda ocasión consecutiva desde 1997, asistimos a un torneo del orbe sin al menos una representante en la impulsión de la bala y por tercer mundial no inscribimos a una martillista. Cada una de esas pruebas construyeron una amplia tradición en la Isla.

Esas realidades no serían tan lamentables si esta no fuera la segunda vez que Cuba concurre a una cita planetaria con presencia únicamente en un evento de los lanzamientos femeninos, el segundo grupo de pruebas que más preseas aportan para el atletismo nacional en estas lides, solo por detrás de los saltos entre los hombres.

Frente a un escenario así se impone un análisis que inicia fuera de Oregón. Porque la actuación de Cuba, aunque duela decirlo, no estuvo demasiado alejada de lo esperado antes de la competencia. De hecho, en este mismo sitio hablamos de rondar una medalla y tener entre cuatro y cinco finalistas, aunque en definitiva la delegación cubana apenas cumplió lo segundo. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde buscar las causas de la baja criolla en el deporte rey?

Las preguntas llevan otra vez la mirada a asuntos como la planificación de los entrenamientos, el trabajo psicológico, las prioridades competitivas, los esquemas de inserción en mítines extrafronteras y, esta vez, también a la disposición individual a la hora de salir a buscar un rendimiento para el que se supone se prepararon durante meses.

Entre tantas verdades, una taladra ahora el campo y pista cubano: no se puede hacer siempre lo mismo y esperar resultados distintos. Lo visto en Oregón no es más que el punto último de un camino que hace meses da señales de alarma.

Al atletismo cubano le falta actualización y le queda por aprender cómo se mueve el deporte a nivel mundial. Ahora mismo, 11 países de América obtuvieron medallas y 19 consiguieron al menos un finalista, una cifra altísima si se compara con las realidades de hace apenas una década. Para muchas naciones, sobre todo las caribeñas, cierto que logros aislados en áreas específicas como la velocidad, pero en definitiva es un resultado que también nos falta.

En la búsqueda de ese retomar posiciones igualmente se necesita mirar de nuevo hacia abajo. Más allá de la pista del Estadio Panamericano y su aledaña de calentamiento, y tal vez fuera de la de Camagüey o Santiago de Cuba, ¿existe en el país alguna otra con calidad promedio para desarrollar el talento? ¿Cuánto topan nuestros cadetes y juveniles? ¿Cómo trabaja la base?

Incluso, dentro de la propia preselección nacional se entrena y se compite mucho, en confrontaciones internas que no pocas veces dejan resultados de nivel mundial. Sin embargo, habría que preguntarse cuánto les aportan a los nuestros para enfrentar situaciones en medio de los principales torneos. A veces parece tanta la comodidad de medirse siempre en el cuartel general cubano, que cualquier otro escenario crea “turbulencias”.

Ver a una de nuestras mejores cartas como Lázaro Martínez, campeón mundial en pista techada de este mismo año, fallar reiteradamente sin lograr ajustarse durante el evento, a una consagrada como Yaimé Pérez quejarse durante toda la temporada de “sentirse descoordinada” sin corregirlo, o a una corredora en ascenso como Greisys Roble lamentarse del frío luego de un heat corrido con 21 grados Celsius, es cuando menos preocupante.

Y junto a ellos, duele repetir la historia de una Rose Mary Almanza y una Liadagmis Povea que, salvo el quinto lugar olímpico de la triplista, no acaban de demostrar en los grandes campeonatos por qué cada año aparecen entre las primeras del ranking mundial.

Del lado contrario, Oregón sí dejó los alicientes de comprobar la estabilidad de Maikel Massó –marcas aparte– en las grandes pruebas, la permanencia de Luis Zayas en su segunda final mundial consecutiva luego de una temporada de poquísimas competencias para él, y sobre todo la irrupción de Leyanis Pérez en la élite del triple salto. En ellos tres quedan los mejores aplausos de Cuba en este mundial.

Para otros jóvenes, como la propia Robles en las vallas cortas para romper una ausencia de 13 años, Mario Díaz en el disco o Shainer Reginfo en la velocidad (15 años después del último cubano presente en el hectómetro), estar en su primer mundial de mayores no dejó grandes sinsabores.

Para ellos, amén de rendimientos mejorables, el futuro debería ser de crecimiento y oportunidades. Hay poco que criticarles más allá de la inexperiencia, porque no tienen sobre sí las causas de la debacle.

Es verdad también que en medio de un panorama económico complejo, a la postre decisivo para optimizar cualquier meta, es extremadamente difícil trazar y cumplir un camino de recuperación.

Así, concretar planes de entrenamiento, bases de preparación y presencia en una mayor cantidad de torneos extrafronteras se torna excesivamente complejo. Sin embargo, hay soluciones que sí están en las manos de funcionarios y directivos.

Precisamente, para burlar o minimizar lo financiero, y también porque vivir de espaldas al funcionamiento normal del deporte en todo el orbe no deja el menor de los resultados, es clave que la Federación y la Comisión Nacional de Atletismo asuman de una vez y por todas presupuestos que para otros deportes en Cuba son ya una rutina en crecimiento.

No es indigno utilizar el talento de atletas cubanos formados en nuestras escuelas, por nuestros profesores, y que por diversas razones –económicas, personales– en algún momento salieron de forma legal del movimiento deportivo cubano, pero que tienen disposición para representar a su país.

Para quienes abandonaron delegaciones en plena competencia, las puertas deberían permanecer cerradas. Pero para el resto, vivan donde vivan, la mano podría extenderse muchísimo más. Con comprensión mutua, con compromiso compartido, sin orgullos estériles. No hacerlo, no sumar, desconocer nuestros propios resultados en la formación de deportistas, regalarlos, es lo verdaderamente ilógico e irracional.

No es menos cubana la federación de voleibol cuando recibe en sus filas a un consagrado como Robertlandy Simón. No se hincha menos por la selección de fútbol si Onel Hernández sale a la cancha.

Y tampoco son menos criollos, menos patriotas, los equipos de balonmano, polo acuático o baloncesto cuando insertan jugadores en ligas y clubes extranjeros para hacerlos crecer, pero también para garantizarles condiciones de entrenamiento y competencia que aquí, por mil causas distintas, todavía no podemos generalizar.

¿Por qué no lo hace el atletismo? ¿Por qué no concreta esos vínculos con quienes desean representar a Cuba, pero tampoco tiene un mayor número de atletas contratados en el amplísimo sistema de clubes que semanalmente compiten en disímiles circuitos?

Para una y otra estrategia, la propia comisionada Nacional Yipsi Moreno ha dicho que existe disposición y algunos como Yaimé, Almanza, Povea y Roxana han firmado por el español Playas de Castellón. Pero hasta ahora solo eso.

Y en medio de toda la tormenta, el retiro apresurado de una histórica como Yarisley Silva, el prolongado silencio en torno a la salida de la selección nacional del doble medallista olímpico Leonel Suárez, junto a la oscuridad de casi 10 meses sobre la situación de Juan Miguel Echeverría tras ganar el subtítulo olímpico, no dejan saludables señales para un deporte histórico, clave para Cuba en cualquier cita internacional.

Por lo pronto, en apenas una semana llegará el Campeonato Mundial Juvenil y Cuba estará con siete representantes. De ellos, solo los saltadores de largo pertenecen al top ten del ranking anual para menores de 20 años. El resto ocupa lugares entre el 19 y el 77 y van a Cali también por mejorar sus marcas y a estrenarse en eventos de élite.

En la Isla quedan otros muy jóvenes con potencialidades para crecer y que demuestran la fuerza siempre latente en el campo y pista cubano. Las hepatlonistas Adriana Rodríguez y Marys Patterson, el cuatrocentista Leonardo Castillo, Daily Cooper en 800 m, el balista Juan Carley Vázquez, Ronald Mencía en el martillo, Keily Pérez en las vallas cortas y Yoao Illas en las largas conforman un buen grupo para soñar. Revolucionar el deporte para no perderlos es otro reto para el atletismo nacional.

El próximo año traerá un nuevo campeonato mundial y dos citas múltiples como los Juegos Centroamericanos y Panamericanos. Recuperar el terreno perdido a tan corto plazo será difícil, pero lo importante es dar el primer paso de una vez y por todas.

Para el impulso, un último dato: antes de la actual edición del Campeonato Mundial el deporte rey cubano acumula 60 medallas y 161 finalistas, ocupa el noveno lugar por títulos y el duodécimo por puntos entre verdaderas potencias. Salvar esa historia no depende de Dios.

En video, uno de los fallos de Lázaro Martínez en la final del triple

En video, declaraciones de Maikel Massó y Leyanis Pérez luego de sus cuartos lugares