Disturbios en Cárdenas: Domingo y el caos

La ciudad de Cárdenas vista desde el Museo a la Batalla de Ideas. Foto: María Dolores López Vilorio / Cubadebate.

Una llamada telefónica me saca de mis cavilaciones. El día, para ser domingo, resulta intenso a las siete de la noche cuando el sol comienza a esconderse poco a poco, detrás de las aguas al norte de Matanzas. El mar parece que lo engulle.

El taxi que me lleva hasta Cárdenas también simula un devorador, pero de carreteras, y el odómetro lo delata. Va a más de 100 kilómetros por hora.

En retrospectiva, y casi a la misma velocidad que pasa el mar a la izquierda de la ventanilla, reconstruyo el día.

De pie a las 5:30 de la mañana. Botar la basura. El cielo negro azulado que a esa hora rodea la cima del memorial José Martí. La bahía habanera, por donde zarpa la lanchita de Regla, envuelta en la quietud del alba. Poco tránsito. Un hombre que pesca burlando a la policía. Universidad de Ciencias Médicas. Acto de despedida. Brigada de recién graduados rumbo a Matanzas. Dos guaguas con 60 médicos y tres periodistas infiltrados. Recibimiento en el parque de la Libertad. Matanzas no está sola. La gente que aplaude la brigada de refuerzo. La gente que se aprieta el puño en el pecho y agradece. Intercambio en el periódico Girón. La lluvia. Las protestas…

En eso, suena el teléfono. Una voz maternal me espeta sin medias tintas: “Cárdenas está revuelta. ¿Vienes directo a la casa, no? Tiraron piedras contra las tiendas y se llevaron las cosas. Esto es horrible. Tímbrame cuando estés llegando, hazme el favor”.

Cuelgo y la preocupación me hace preguntarle al chofer algo que sé de sobra:

–¿En 30 minutos llegamos, eh?

–Sí, media hora.

El sol debía haberse ocultado hacía rato, pienso, como si pudiera programar las cosas de la naturaleza. Si el día me había resultado intenso a las siete de la noche, lo insólito demostraría que aún faltaba más.

Desde la entrada a la ciudad hasta la estación de policía hay mucha gente asomada en las puertas y balcones de las casas. Si uno está mínimamente informado de las protestas violentas que han sucedido este domingo en Cárdenas y en otras localidades del país, uno es capaz de sentir la tensión del ambiente sobre los hombros.

Antes de caerse los datos móviles –porque la campaña y el odio ha comenzado hace mucho tiempo en las redes sociales y es un arma de doble filo, cuestionable o no– alcanzo a ver algunos videos de la ciudad. Pueden describirse más o menos así:

Un grupo vandálico pone gomas arriba y apedrea carros del Comité Municipal del Partido Comunista de Cuba, el mismo grupo que después rompe las puertas de varias tiendas y saquea lo primero que encuentra: aires acondicionados, neveras, refrescos, cervezas –sí, cervezas–, colchones, ollas, y lo cargan en motos, bicicletas, en los hombros y hasta en los mismos carros de compras. ¿Surreal?

Hay otro grupo –mezclado con aquel primero en el mismo espacio geográfico, pero separado en intereses, desterrado de mezquindades– que tiene reclamos legítimos, necesidades que se han agravado en medio de una pandemia que ha puesto en crisis no a Cuba solamente, sino al mundo entero, con la particularidad –maldita particularidad– de un bloqueo recrudecido en un escenario jodidamente pandémico.

Pero estos no son aquellos, no se pueden confundir unos con otros, como no se pueden echar en el mismo saco al vandalismo disfrazado de pueblo y a un pueblo sin disfraces, con inquietudes, problemas y dudas. Legítimas todas.

Pero… –y la adversativa me vuelve a resultar justísima– saquear tanto las tiendas en Moneda Libremente Convertible que son mayoría en el municipio, como los mercados en moneda nacional; arremeter y ofender a las fuerzas del orden; incitar al caos, al “estallido social” que ocurrió más en el entorno virtual que en el físico; incendiar postes eléctricos; y atacar bodegas, por citar algunos ejemplos de lo que ha ocurrido en las últimas horas, traspasa y perfora los límites de lo legítimo.

El lunes, Cárdenas amanece en aparente calma. Mi hermano cumple cinco años y está tan feliz con su pastel, como le dice finamente al cake, que escapa a ratos de lo que ocurre más allá de la puerta de la casa. Canta, brinca, corretea por todo el pasillo, el pasillo que es su ciudad y su parque de diversiones desde hace un año y medio, cuando empezó la pesadilla pandémica. Anda explotado de felicidad con su nuevo “carro de carrera” y repite como un mantra: “Me encantó la sorpresa, tata”.

Lo miro y me enamoro de su inocencia, de su mundo de juegos, carros y pelotas, del amor que tiene este niño en menos de un metro de estatura, el amor que le falta a mucha gente, el amor que ha volatilizado de tantos cuerpos. Él con tanto amor y gente con tanto odio. “Tata, yo vi a dó’jombres tirándole piedra a la policía”, dice y se vuelve a perder en un juego en el celular.

Afuera se escuchan las sirenas de patrullas policiales y ambulancias. Es mediodía y es martes. Mi hermana me dice que no ha dormido, que está nerviosa. Mi hermana parece Cárdenas, que no ha descansado, que sigue atenta a nuevas provocaciones. Hay heridos, aunque se desconocen las cifras.

Aquí nadie puede suponer que levita y todos pueden creerse torpes. Es como si cargaran con el peso de toda una ciudad encima e hicieran, constantemente, malabares para no derrumbarse. Porque de eso se trata, de no quebrarnos, de no quedarnos estaqueados en medio del asedio, por mucho que conviden a tanta mierda.