Vilipendiados

José Mouninho, director técnico de fútbol, actúa como voluntario en Londres. Foto: Getty Images.

Con ironía:

La imagen de José Mourinho en el pensamiento popular es la de un señor soberbio que se encara con la grada rival (Camp Nou) y le restriega su éxito con saña, la de aquel que va y le mete el dedo en el ojo al entrenador rival (Tito Vilanova), o la del conflictivo que termina a empujones con un colega (Arsene Wenger) en la banda del Bridge: siempre en las vértebras de la pugna extra futbolística, hacedor de marimorenas y enemigo de la calma. Le fustigan por lo negativo e ignoran olímpicamente su lado positivo.

A Guardiola le detestan por arrogante y por vendehúmos. Ganador nato, ha pasado del terreno del balón al de la política. En la mayor parte de España es un tipo no grato, por independentista y por parlanchín. El lazo amarillo que adorna habitualmente su uniforme constituye una daga que raja la piel de los nacionalistas. Sus equipos abrazan la élite tras gastos millonarios, mientras en el Barça los méritos no son suyos, sino de Messi, dicen.

De Messi, por cierto, blasfeman mil cosas. Si habla, porque habla. Si calla, porque calla. Le castigan por sus errores en momentos puntuales y su infortunio constante con la selección argentina. Cuando maravilla medio mundo con su talento, lo achacan a la debilidad de los rivales. Sus hat tricks son ante el Eibar, el Betis o el Numancia. Cuando se erige gigante en el Bernabéu, seguramente se lo debe a alguna ayuda arbitral. Sus detractores archivan una carpeta de aspectos para siempre apuntarle al centro del pecho (frío, además).

A Cristiano Ronaldo ¡ah, pobre CR7!— ya hasta le han inventado un mote para mofarse. “Serresiete”. Canciones van y vienen para reírse de sus contados fracasos. Es un figurín, aseguran, que se cree superior al resto y actúa más para ufanarse de su éxito que para hacer un bien colectivo. Y futbolísticamente… hasta que no tiene talento han afirmado, sin ruborizarse siquiera ante tamaño disparate: un atleta que marca goles porque entrena hasta el hastío y no duerme pensando en fortalecer sus músculos. En los estadios las ofensas han sido lamentables.

Simeone ya casi no puede salir del Cerro del Espino. Allí, idolatrado por todos, goza de un salvoconducto permanente. Fuera, sin embargo, censuran su estilo defensivo y el fútbol usurero que le ha llevado a la cima. Ya le tildan de violento y forjador de jugadores leñeros por antonomasia. Nadie comprende que sea incapaz de renunciar a sus preceptos. Y por ello le hostigan: por segundón y por conformista. Su mano para levar al Atlético de la mediocridad a la élite, ¡bah!, eso es un detalle pueril.

Mourinho, Guardiola, Messi, Cristiano, el Cholo: cinco nombres (entre decenas) que podrían definir perfectamente la esencia de un período exquisito para la historia del fútbol, pero matizado también por la ingratitud de ciertos aficionados. No juzgo, no. La hinchada es soberana. Pero rebajar los méritos de quienes sobre la cancha han aportado lo que otros jamás han podido, no parece un acto muy atinado. Rebosados de triunfos, casi todos les valoran más por las veces en que han fracasado. Son motivo de la inconformidad colectiva que ve siempre el vaso medio vacío.

Pero Mourinho, ese beligerante de los terrenos, anda hoy en puntillas, para no desatar la propaganda mediática, trabajando voluntariamente en favor de los afectados por el nuevo coronavirus en Londres. Lo hace con gorra y gafas, acaso para evitar campañas en su favor. Nunca las ha necesitado. Guardiola, el otro tachado, ha donado una buena suma de dinero en el mismo propósito. Le sobra, achacarán. Pero a otros también les sobra y no aportan nada.

La cuestión, en estos casos específicos y en tantos similares, corre por la necesidad imperiosa de mucha gente y algunos medios amarillistas de cuestionar personalmente a figuras que ni siquiera conocen, juzgar desde la trinchera del prejuicio cuanto se les ocurre y machacar sin recato. Incluso, de ensalzar porque sí a quien goce de sus simpatías. Y el fútbol, aunque perdona muchos principios supeditados al fanatismo (yo he criticado desgarradamente también, no me eximo del fenómeno), debería representar solo una guerra de noventa minutos. No más. Eso no lo entienden quienes llevan la frivolidad por bandera. Como si en esta vida, la única que tenemos, lo más saludable fuese la crítica fácil o la alabanza superflua.

La frase:

“Marcar de penalti es una manera muy cobarde de golear” (Pelé)