Para qué sirve ser Doctor en Ciencias (II): La conciencia social

Acto de entrega de títulos de Doctor en Ciencias, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en Cuba, el 10 de abril de 2018. Foto: Abel Padrón Padilla/ ACN/Archivo.

La ciencia, la tecnología, el carácter innovador, el ejercicio de las normas y procederes para encontrar la verdad en la práctica socioeconómica, son formas de la conciencia social. La Revolución Cubana, sobre todo gracias a Fidel y al Che, tiene en su haber que se cambió la conciencia social decadente de la primera mitad del siglo XX, donde el saber y los sabios eran motivo de choteo, risa o lástima, por otra donde en la mayoría de la población predomina el respeto y apreciación por la sabiduría. Es algo que se menciona poco, ni siquiera en las muchas apologías que desbordan nuestros medios. En algunos momentos de la historia revolucionaria la ciencia casi llegó a tener el mismo sitial de admiración popular que nuestra antológica cultura artística o nuestro deporte.

Sin embargo, no estamos hoy sobre un lecho de rosas sin espinas. Hay bastantes. Muchos colegas piensan que esta situación de prestigio popular del saber y de los sabios se está revirtiendo ante la precaria situación que ha tenido el sostenimiento de nuestra ciencia en las primeras décadas de este siglo. Muchos comentarios al anterior artículo de esta serie dejaron entender que personas activas, intelectualmente lúcidas, dejaban opiniones impregnadas de un pragmatismo nihilista de la ciencia como sistema. Algunos manifestaron verdadera animadversión y hasta desprecio por la formación doctoral.

Esto parece ser un retoño desde las raíces de la conciencia social de nuestro pasado republicano que atisbó de nuevo en los años previos al período especial. Durante cierto tiempo, a finales de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo, aparecieron críticas bastante generalizadas a los doctorados que venían desarrollándose con bastante éxito tanto en Cuba como en los países socialistas de Europa y la URSS. Esto se manifestó incluso dentro de los círculos de dirección de la propia comunidad científica cubana.

Su justificación se basaba en exigir un protagonismo desmedido de los resultados científicos inmediatos para el desarrollo del país. Algunos directivos que no estaban familiarizados con los procederes de la ciencia y la tecnología modernas esperaban que los científicos aplicaran y les trajeran de la mano la solución de los problemas a partir de sus propios resultados.

Se pensaba que si la ciencia es para desarrollarnos y si estaban formándose muchos doctores con primorosas tesis nacionales y europeas, ¿por qué no se sentía la utilidad de los resultados que obtenían para obtener el grado? ¿O es que esas tesis estaban siendo solo para recrearse egoístamente con el saber, satisfacer los intereses de sus tutores, y por lo tanto resultaban inservibles para crear riquezas a la sociedad que los formó con tanto sacrificio? A esto se sumaron algunos procedimientos corruptos de sociedades en descomposición en países del este de Europa. Algunos afirman que se llegaron a conceder en algunos casos ciertos “doctorados de solidaridad” a cubanos que no los merecían.

Afortunadamente, este tipo de razonamientos nunca se aplicó para objetar la música sinfónica, o el ballet clásico, o la poesía. Todas estas y muchas más manifestaciones artísticas y deportivas enriquecen nuestra conciencia social, pero son costosas económicamente y fuertemente presupuestadas en cualquier país del mundo. Su valor espiritual es inmenso, igual que el de las ciencias básicas, sin producción directa de riqueza material alguna.

La madurez y sabiduría de algunos de nuestros dirigentes, entre los que es preciso mencionar al Dr. Fernando Vecino Alegret, a la sazón ministro de educación superior, salvó la formación doctoral en esos tiempos. Se logró así preservar la competitividad de nuestras universidades en tiempos muy duros frente a un mundo diverso que se nos presentaba como única alternativa al desaparecer por su propio peso el sistema socialista europeo liderado por la URSS.

Todos hemos aprendido que la creación de una sociedad del conocimiento es tan compleja como el propio saber. Casi nada es consecuencia directa de otra cosa, salvo en casualidades muy contadas. Por otra parte, centros de ciencia para aplicaciones inmediatas creados por Fidel, del valor y la trayectoria de Instituto de Ciencia Animal (ICA) o la Estación Experimental de Pastos y Forrajes “Indio Hatuey”, han producido cientos de resultados perfectamente utilizables con los que Cuba podría ser el primer productor de proteína animal del mundo tropical. Pero como no han existido políticas económicas y comunicacionales adecuadas, eso no ha ocurrido. La dura realidad es que todavía hoy las decisiones centrales de la agricultura en una oficina de La Habana son siempre más determinantes que la recomendación y la sabiduría de la ciencia y la tecnología para los productores directos.

Pueden producirse cientos de tesis doctorales y de doctores, algunas con aplicabilidad inmediata, y nada tendremos si no existe el sistema que permita que la economía del país sea innovadora. El socialismo europeo se lo trazó como consigna teórica, pero fracasó generalizadamente en ese aspecto, a pesar de los importantes éxitos en la carrera espacial y algunos otros campos, donde la centralidad era esencial y la competencia era internacional.

La educación doctoral es un componente indispensable del desarrollo en los tiempos actuales. Se trata de la fuente natural y superproductiva de personas formándose para que aprendan a investigar e investiguen con los métodos de la ciencia moderna, donde la verdad imparcial, innovadora y transparente es el principal estandarte. Los programas doctorales son parte de los recursos que cualquier país invierte en hacer avanzar la ciencia y la tecnología.

No se trata solo hacer doctores para llenar las plantillas de investigadores y docentes en universidades y centros científicos. Muchas organizaciones y consorcios los emplean para muchísimas actividades económicas, productivas y de apoyo donde resulte conveniente su nivel, iniciativa y saber hacer. Las personas entrenadas en el método científico suelen ser exitosas en muchas facetas de la vida. Los países avanzados en la economía, lo son también en la formación doctoral.

Un caso paradigmático para el empleo de los doctores en ciencias es para cuadros de dirección, y no solo de la ciencia, donde es obligado. Muchas organizaciones comerciales importantes tienen muy en cuenta favorablemente si la persona que van a emplear en un cargo gerencial tiene un doctorado. Para aplicar eso en nuestra realidad tendríamos que tomar en serio el saber, como hizo Fidel. Y no solo en nuestras consignas, sino en la práctica de la gestión diaria. La dirección del país lo tiene como sitio común en todas las intervenciones recientes. Tenemos que revertir deterioros y sembrar progreso e innovación en las bases, y también sostener nuestra conciencia social de respeto y amor al conocimiento.