Regla voló ayer

Foto: Alina Mena Lotti/ CubaSí.

Han pasado casi doce horas y los sonidos de sirenas se escuchan por minutos. El misticismo característico de sus calles por el momento se desvanece ante la desolación y todo el desconsuelo de la gente.

La sensación de seguridad se ausenta hasta de aquellos hogares ilesos a las ráfagas de viento. Pues en cada metro se contabilizan postes eléctricos y telefónos a punto del desplome. Cables caídos, otros en pie, plagados de metales que aún se mecen por el aire. Montañas de escombros. En fin: devastación, estragos y más ruinas.

Fluido eléctrico nulo; agua, solo en pipas; grandes aglomeraciones de personas para hacerse de alimentos. Gente en la calle, mucha gente.

La incredulidad ante lo “imposible” predomina. Muchos como Agustín Heredia, uno de los testigos afectados por el siniestro, no comprende cómo es que aún respira. “Ni dios podría garantizarme al cien por ciento sobrevivir a esta desgracia. Ayer vi la muerte de cerca. Literalmente abrió mi puerta y rozó mi piel”.

Otras como Joselyn Rodríguez no recuerdan el momento. “No lo vi. Sentí un sonido tormentoso y al momento solo me quedaba mi hija y esposo. Ni techo, puertas o ventanas. Solo estábamos nosotros tres y las paredes que no son hoy más que ruinas agrietadas. El recuerdo de eso que alguna vez fue mi casa”.

Y es que a muchos no les queda nada, a otros menos aún. Los pocos bienes acumulados tras años de trabajo se esfumaron con el viento o se dañaron con el agua. Bastaron tan solo unos segundos. Solo quedan ellos, y los suyos. Unos lloran, todos sufren.

En momentos como estos la solidaridad del cubano se impone. El apoyo se vislumbra pues "tus problemas se convierten en los míos, mi comida en la tuya y hasta el techo es de los dos. Suerte que estamos vivos". El resto de las cosas no son relevantes. A la naturaleza no la detiene ni los hombres.

Regla voló ayer, y aún hoy vuela. Mañana crecerá.

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