Aguilar, ilustre habanero

Calle Aguiar, en La Habana Vieja. Foto: Archivo.

En este mismo espacio o en otro, ya no recuerda, este cronista llamó a Aguiar “la calle del dinero”. Según el Directorio Telefónico de 1957, puesto en circulación al año siguiente, en dicha fecha tenían asiento en esa calle habanera las oficinas matrices o sucursales de nueve bancos y un elevado número de compañías y agencias de seguros, así como numerosas asociaciones comerciales. Como si eso fuese poco, abrían allí sus puertas más de cien bufetes de abogados, entre ellos, algunos de los más sobresalientes en el foro de entonces, sin que faltaran, desde luego, viviendas y locales que daban cabida a almacenes, talleres y variados establecimientos comerciales.

Esa vía, que nace en la Avenida de las Misiones y se interna, a lo largo de unas quince cuadras para morir en Sol, junto a los muros del Convento de Santa Clara, debe su nombre a José Luis Aguiar, uno de los regidores del Ayuntamiento de La Habana que se destacó de manera extraordinaria en la defensa de la ciudad ante la agresión británica de 1762. Uno de los restaurantes mejores y más caros de la urbe, en el Hotel Nacional de Cuba, lleva también su nombre, Comedor de Aguiar. Asegura José María de la Torre en su libro La Habana antigua y moderna; Lo que fuimos y lo que somos (1857) que José Luis vivió en la esquina de Aguiar con Tejadillo.

Prodigios de valor

El habanero Aguiar nació en 1710. Servidor de la Metrópoli, ingresó en la milicia con el grado de subteniente. Durante la guerra entre España e Inglaterra (1839-1848) ascendió a teniente coronel. Ante la amenza inglesa de 1762 fue, junto a Laureano Chacón y Tomas Aguirre, de los primeros en ponerse a las órdenes del gobernador don Juan de Prado Portocarrero, que les dio el grado de coronel de milicias.

Era en ese momento el jefe más antiguo de las milicias habaneras y el 8 de junio, un día después de iniciado el sitio de la ciudad, al frente de tropas voluntarias de infantería, atacó a los invasores en las proximidades de Loma del Indio, al norte de Guanabacoa. Dos días después, al mando del Batallón Guadalupe, defendió el torreón de La Chorrera, y desde esa posición, con 15 o 20 elementos de tropa, ofreció tenaz resistencia e impidió el desembarco enemigo hasta que sus superiores, convencidos de la inutilidad del esfuerzo de continuar la defensa en dicho sitio, le ordenaron replegarse sobre la zona de San Lázaro, para continuar allí su vehemente resistencia. Escribe Francisco Calcagno en su Diccionario biográfico cubano, que Aguiar “hizo prodigios de valor, causando inmenso daño al enemigo”.

Combatió asimismo en El Horón, actual Esquina de Tejas, y en Cojímar. Pero la caída de La Habana era ya inevitable. Aguiar se niega a asistir a la reunión de jefes que se convocó el 12 de agosto para pactar la capitulación. Nunca se dio por vencido ni reconoció a los vencedores. Optó por establecerse en las inmediaciones de Jaruco a fin de reclutar los hombres necesarios para recuperar la ciudad.

No logró su propósito y regresó a La Habana para conspirar mientras aparentaba sometimiento al nuevo régimen. Urdió el plan de degollar en una noche a todos los ingleses que los conspiradores hallaran a su paso. El plan fue penetrado y Aguiar huyó al campo y no regresó hasta que La Habana estuvo de nuevo bajo la soberanía española.

En nuevo gobernador, Ambrosio Funes de Villalpando, Conde de Ricla, lo confirmó en el grado de coronel, esta vez de tropas regulares y le confió la organización de un regimiento de milicias.

Murió en La Habana el 16 de diciembre de 1776.