Villavicencio, quien en prisión soñó con sus hijos

Orlando Cardoso Villavicencio junto a su familia. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Mientras algunos de sus hermanos, amigos y conocidos disfrutaban la juventud y hasta formaban sus familias, a Orlando Cardoso Villavicencio le tocó una realidad muy distinta, entre rejas e incomunicado totalmente con sus seres más queridos durante años. Tendría que recurrir a la fantasía para no enloquecer y vivir de alguna manera sus sueños. Entre ellos, el de ser padre.

Cumplía su segunda misión internacionalista, esta vez en Etiopía, cuando fue capturado en una emboscada y hecho prisionero de guerra durante casi 11 años en Somalia. Tan solo tenía 20 abriles, mas ya ostentaba el grado de teniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.

Ciertamente muy joven, pero su futuro, igual de incierto. Sin embargo, optó por soñar, porque, -como suele decir él-, “los sueños no hacen daño”. Fue así que empezó a idealizar su porvenir.

“Mi sueño era llegar a Cuba. Pensaba siempre en el Hospital Naval, -yo sabía que tenía serios problemas psicológicos. Pero sabía que eso se iba a resolver-. Del hospital ir para mi casa. Vivir allá en Camagüey, en esa casita de tabla de palma y techo de guano. Ese era mi sueño más querido, el que más frecuentaba mi fantasía. Y de ahí, casarme rápido y tener un hijo. Yo pensaba muchas cosas, pero sobre todo casarme y tener un hijo. Ya después veríamos todo lo demás”.

Normal que en esa etapa de mayor virilidad y de necesidad de trascendencia generacional, en Orlando despertara el deseo paternal, a decir de él, “la ternura de recibir ese primer hijo”.  Quería tenerlos, tenerlos joven, y sobre todo, disfrutarlos mucho.

Villavicencio rememora sus días como prisionero de guerra en cárcel somalí. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Jim, el niño que reavivó sus sueños paternales

Cuenta Villa, como cariñosamente le nombran, que en un medio tan hostil, como sus sueños no podían realizarse, la imaginación tenía que traerle el fruto de esa añoranza. Y empezó a fantasear con una mujer ideal, con hijos espectaculares. Como eran objeto de la ilusión, eran perfectos, como a él le gustaban: tiernos, virtuosos..

Pero fue tanta la necesidad de hacer realidad esa fantasía, que “quería rápido, por lo menos ver un niño, sentir la ternura de un pequeño”. Pero de qué manera sería posible esto en una prisión de máxima seguridad. Cómo vería a un pequeño en aquel lugar. Pues lo logró.

“Era un domingo (viernes para los musulmanes). La celda tenía dos puertas, una de barras de hierro y otra de latón, que los fines de semana la abrían. Un día estaba sentado… Yo sabía que un carcelero tenía un hijo ahí, porque la esposa trabajaba en la cocina de la cárcel y yo sabía que el niño de él andaba por allí. Jim se llamaba.

Bueno, estaba en el piso recostado para coger un poquitico de aire y que me entrara claridad. Eran como las diez de la mañana y leía un libro, pero sentía que una mirada me estaba devorando. Y levanté la vista y estaba el niño, -tenía tres o cuatro añitos-, escondido detrás de la puerta.

Un niño precioso, precioso, precioso, con unos ojos asustados, blancos. Obviamente me tenía miedo y me miraba así porque nunca había visto un hombre de mi color. Y yo lo veía y sabía que era Jim, por supuesto. Jim, ven acá, ven acá, le dije. Al principo no quería.

Yo tenía unos caramelos y otras cositas que me habían mandado de Cuba, (porque en los dos últimos años, a través de la Cruz Roja internacional me enviaban paquetes). Y lo volví a llamar: Jim, Jim, Jim. Y el niño vino, tranquilito. Parece que la tentación de los caramelos era muy grande.

Se los puse así en las manitos, pero en ese momento el carcelero le grito: Jiiiiiim. Él soltó los caramelos y salió corriendo. Pero al final fueron gentiles y recogieron esas cositas, lo trajeron y yo se las di. Después, cada vez que recibía un paquete, llamaba a su papá y le decía: Mira, esto es para Jim”.

El corazón le latió más fuerte y rápido al joven cubano. Uno de sus sueños se había cumplido. Por qué no sucedería igual con los otros, por qué no podría ver el rostro de los hijos que tanto idealizaba.

Orlando Cardoso Villavicencio, abraza a su compañero de prisión, el etíope, Assegid (ya fallecido), cuando regresa de visita a Etiopía. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

Cuando Amalia nació, Villa "huyó"

Asertó este hombre irremediablemente romántico, al aferrarse a la fe de que regresaría y al confiar a ciegas en Fidel, de quien no había recibido comunicación directa alguna, -porque el régimen somalí no se lo permitía-, pero en quien tenía su esperanza.

No supo cómo, pero Fidel había hecho algo. Tras una década, siete meses y unos días en prisión, Orlando Cardoso Villavicencio volvió a Cuba. Estuvo aproximadamente un año de recuperación médica. Y después, como lo había planeado, los hijos no demorarían: dos hembras y un varón.

Cuenta que el día que le nació Amalia, su segunda hija, quien ya tiene 31 años, se asustó muchísimo y le dio por irse para una finca militar en San Felipe, en vez de quedarse a acompañar a su esposa. Luego trató de “limpiarse” mas…

“Ella estaba ingresada. Yo sabía que ese día debía parir. Pero estaba asustado y me fui, me dio por eso. Cuando me llaman: Felicidades, yo no sabía qué hacer. Todo el mundo empezó a abrazarme, a felicitarme. Ahí sí me desprendí en el carro para allá.

No se me olvida nunca, que allá donde estábamos, me hicieron rápido un ramo de Isoras. Y cuando me bajo que voy a entrar al González Coro, que miro, toda la parte de enfrente del hospital estaba sembrada de ese tipo de flores. Y yo pensando: ¡Que clase papelazo!

Me dejaron entrar a recuperación. Allí estaba mi esposa, muy débil. Y mi Amalia... Le puse así por Amalia Simoni”.

Orlando Cardoso Villavicencio, Héroe de la República de Cuba, sufrió prisión durante casi 11 años en Somalia. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

“¿Detendría mi padre el Granma por mí?”

A Villa la prisión le dejó huellas en su cuerpo y mente, sin embargo no le arrebató la ternura. De hecho, fue en ella cuando descubrió su romanticismo. Fantaseaba una y otra vez con su futuro, con los hijos que tendría, con lo que encontraría de regreso, con lo que haría su padre para sacarlo de allí.

A él aprendió a quererlo desde niño. Había nacido casi junto con la Revolución, en 1957. Y escuchaba hablar de ella, que era lo mismo que hablar de Fidel. En pocos años, aquel niño-adolescente a quien su padrastro solo podía dar, ocasionalmente, algún dinerito para pagar el cine y la guagua, un día pudo comprarse un pan con croqueta, luego un heladito, estudió, se hizo militar, luchó en Angola, Etiopía…Y todo, gracias a papá Fidel.

Aunque estuvo durante años incomunicado, sabía que su Comandante haría algo por su liberación. Pasaban los días, los meses y los años en un reclusorio, sin embargo “tan seguro de Fidel”. Sufría la soledad, el hambre y otras penurias en la cárcel, pero nunca preocupado por su familia, porque confiaba en que el Estado cubano se ocuparía de ella.

Solo una duda pesaba en su mente: qué haría Fidel para sacarlo de allí. Entonces empezaba a romancear con la fantasía. Se acordaba de la travesía del Granma y cómo el líder cuando Roque cayó al agua, detuvo el yate, y hasta que no estuvo a salvo, no continuó el viaje.

“Yo tenía ese sentimentalismo, ese romance de querer que él me rescatara a mí también”.

“Fidel era tan importante en mi vida, que al llegar a Cuba, tenía la duda: ¿detendría mi padre, el Granma por mí? (…) A fin de cuentas, quien me enseñó a ser internacionalista fue él. Y siempre pensé que se iba a ocupar personalmente de mi situación. Ya yo había tenido la experiencia en Angola. Sabía que él se había ocupado de los combatientes que habían participado allí. Pero no veía lo que él había hecho por mí.

Marcelo ronda al abuelo, mientras este conversa en la sala de la casa. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Gabo, el mensajero 

Esperaba la respuesta a su pregunta al llegar a Cuba, pero no la encontró. Fidel era tan modesto, que cada vez que se veían, era incapaz de hablar de eso, eran créditos que para él no existían. Y Villa jamás se atrevió, por respeto, a preguntarle. El día en que el Comandante le encendió la llama eterna a los Héroes de la Patria, se disiparon las dudas.

“Ese día estoy ahí. Entre los invitados estaba Gabriel García Márquez. Yo había leído sus libros estando en la prisión, y para mí era lo máximo. Yo adoraba a ese hombre, lo amaba, no solo por su literatura, sino porque era amigo de Fidel, -ese es mi padre-. Y soñaba con un día conocerlo.

Estaba yo con el General de Ejército, Raúl Castro Ruz y alguien más. Y Raúl le dice: “Gabo, ven acá. Mira, te presento un futuro intelectual”. En el momento que me voy a parar para darle un abrazo, él, indiferente me dio la mano y me dijo: Mucho gusto, y salió corriendo. Me dieron ganas de darle un cocotazo. Que dolor me dio eso. Yo hasta había soñado en prisión con enviarle una carta para que me ayudara.

Él siguió y se reunió con el Comandante. El compañero que está conversando conmigo me dice: Mira para allá. Creo que están hablando de ti. Cuando miro están hablando de mí y señalándome. Y de momento, García Márquez se lanza corriendo en dirección donde yo estoy, da un brinco y se me abraza al cuello.

No me digas que tú eres el hombre que estuvo 11 años preso en Somalia. Tú no te imaginas la cantidad de cosas que hizo Fidel por tu libertad. Yo era su mensajero.

Ahí ya sentí, por supuesto, como un alivio así graaande, como si un peso muy grande que yo tenía encima de mí se hubiera desmoronado. Y pude ver que sí, que Fidel había parado el yate Granma y me había sacado de la prisión”.

Orlando Cardoso Villavicencio, junto a su compañero de prisión, Assegid (ya fallecido), y su familia. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Una familia hermosa

Mientras converso con el Héroe, Amalia atiende a Marcelo, su hijo de seis años, que juega a ser cibernético y a armar robots; habla de su consulta médica, pues trae otro varoncito en el vientre, e intercambia charla con su mejor amiga. En un momento hace saber que el esposo aterrizó sin problemas en algún lugar. ¿Piloto?, preguntó yo. Sí, él y ella (Amalia) también, corea la familia.

Niurka, la mujer de los sueños de Villavicencio, -así lo asegura el esposo romántico-, se encarga de la comida en los calderos, que ya huele; del nieto que no se está quieto ni un momento; de dar afecto a su mami; de aclarar fechas de viajes; Niurka se encarga de todo; de hacernos sentir bienvenidos en su hogar.

El hijo más pequeño de edad (22), no de tamaño, Orlandito, quien trabaja como fotógrafo en la Revista Verde Olivo aprovecha que tiene el colega en casa y aclara dudas de la especialidad, inyecta un pajarito, le pasa la mano en señal de afecto a uno de los perros. Le dice al padre que va a salir a alguna gestión, y ahí mismo, el progenitor aprovecha: ¡Pues trae tú el pan! Ambos sonríen, con complicidad.

La casa es amplia, ventilada, decorada con sencillez y buen gusto. A veces la mirada posa en un recuerdo que han entregado a Villa en diferentes países y dentro del territorio nacional: una bebida, una pequeña escultura, una diploma, una pintura…

Afuera, un jardín con flores, plantas ornamentales, algunas de tipo medicinal. También un pequeño huerto familiar, con ají (sembrados en cajas plásticas), fruta bomba. Me dice Niurka que en los últimos meses logró gran cantidad de tomate cherri.

El espacio es agradable, como el ambiente que se respira. Es hora de la broma propia del cubano; Villa habla de la suegra, que al parecer está de visita en casa. No falta el regaño para Marcelo que no quiere hacer caso, ni la evocación del Héroe a su “supermadre”, que lo crió dignamente a él y a otros siete hermanos. Tampoco, la anécdota de ella que siempre lo emociona.

“La vieja hacía una comida que le decían sopón. Que se coge una latica de arroz, una de frijoles y eso se cocina todo junto ahí, y crece cantidad. Cuanto más agua le echaba, más crecía, pero a mí no me llenaba. Entonces un día le dije: “mamá, pero dame a mí el arroz y el frijol aparte”. Y mi mamá me miró y empezó a llorar. Pensé: Qué habré hecho yo. Entonces me di cuenta que no alcanzaba la comida.

Ahora el sabor ese a sopón, a rancho como también le dicen, a mí me fascina. Ahora sé que fue ese ambiente maternal y filial tan fuerte que existía en mi casa y en ese reparto extremadamente pobre de Camagüey, donde nací, (La Mascota), lo que conllevó a esa herencia de amor que me persiguió toda la vida".

 

Villavicencio pronuncia un discurso en homenaje a los internacionalistas cubanos caídos en combate durante la guerra de liberación de Etiopía. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Orlando Cardoso Villavicencio, regresó a Etiopía, invitado por el gobierno, años después de su liberación. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.