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Lo que el viento no se llevó

Las ventanas de hierro y cristal de la sala se habían desprendido y todo quedó reducido a escombros. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

Aquel domingo, a las 8 y 20 de la noche, mi mundo se derrumbó. Literalmente. Todo cayó a pedazos sin explicación. Fue cuestión de segundos: la lluvia, dejar al niño gateando en la sala, cerrar una ventana, regresar a la sala o intentarlo.

Una insólita oscuridad lo inundó todo. No podía ver más allá de mis pies. Entonces llegó el viento, con un sonido ensordecedor. Ese silbido que recuerdo obnubilando mi juicio. El Apocalipsis, pensé. Y me di cuenta enseguida: no tenía a mi hijo conmigo. No podía verlo, escucharlo, alcanzarlo…

En ese punto estaba medio agachada aguantado a mi mamá. Ni siquiera sé bien cómo terminé en esa esquina sosteniendo sus manos, apretándonos para no irnos con el viento. Solo sé, eso sí, que comencé a gritar por mi hijo. Esos gritos todavía me atormentan.

Las explosiones a lo lejos, en el horizonte, como si fueran relámpagos o bolas de fuego, iluminaban esporádicamente el lugar y permitían ver el destrozo, justo en la sala, y en el comedor, en el cuarto, en la cocina.

Pasó el viento casi tan rápido como se lee esta oración y entonces medio a rastras comencé a escarbar en la tortuosa y exasperante escombrera de techo, puertas, adornos, vidrios y ventanas que quedaba por sala.

Ahí encontré también a mi esposo, haciendo lo mismo que yo. No puedo olvidar el terror y desconcierto en su cara, el mismo que se le reflejó en el rostro cuando nueve meses atrás vio la cabecita del bebé atascada en el canal del parto y la doctora me dijo que si no pujaba bien fuerte el bebé tendría sufrimiento fetal y se iba a morir.

De repente alguien gritó: ¡Aquí está! Y salimos corriendo los dos en busca de las voces.

Las manos me temblaban cuando cargué a mi hijo. Estaba resguardado en el pecho de una amiga, de visita en la casa minutos antes. Lo revisé, lo besé, lo apreté contra mí. Tenía los ojitos asustados pero nada más. Intenté entender cómo había ido a parar con ella dentro de un closet, pero no era momento para pensar, solo agradecer.

Nos miramos todos como quien revisa a último minuto su equipaje y chequea que está bien. No entendíamos qué había pasado pero lo que sí estaba claro que era habíamos sobrevivido.

Lo peor ya pasó”, dijo mi mamá en medio de la oscuridad y el destrozo. Había una lluvia finísima apenas perceptible, pero los chasquidos del viento, arremolinado e imprevisible, le daban al aire una atmósfera de estado de sitio.

Entonces me atreví a preguntar: ¿Qué pasó? Y mi esposo, con su experiencia de guajiro, me contestó: Un tornado.

Recuerdo que mi primera reacción fue la negación. ¿Un tornado en la ciudad?, ¡imposible!, le dije. Pero para ese entonces ya medio edificio estaba en mi casa y la noticia era oficial.

Comenzamos a evaluar daños aunque había poca luz y solo se oían los latigazos del viento contra los árboles y las ventanas de los edificios. Olía a lluvia y a hojas húmedas. Las ventanas de hierro y cristal de la sala se habían desprendido y todo quedó reducido a escombros: las figuritas de Biscuit de mi abuela, las cotorras de Murano, los candelabros de cristal, las mesas de mármol, los budas de la buena suerte, la estatua de terracota de Venus, el cuadro de gobelino de temática versallesca, las fotos de familia. Un cúmulo de antigüedades de herencia familiar.

En la cocina, platos, vasos, cubiertos, copas y el refrigerador Haier que debió haber salido disparado como proyectil porque lo encontramos en la terraza sin puertas, ni gavetas ni nada (tan bueno, lo armamos y, aunque se llovizna bastante, funciona).

En pie quedaron pocas cosas. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

Había sillas y juguetes por el piso, faltaban cristales en las ventanas y no había techo en más de la mitad de la casa. Todo se mojaba a mares.

En pie quedaron pocas cosas. La mesa del comedor, el corral del niño, un sofá y una pequeña Santa Bárbara que mi abuela se trajo de España en los años noventa.

Algunos vecinos nos ayudaron a recoger y a acomodar en los cuartos lo que quedaba. Fuimos al piso de abajo bastante desconcertados mientras llovía.

El resto de lo que pasó esa noche es aún demasiado difuso. Nos acostamos los cuatro en mi cuarto. Recuerdo el sonido de las sirenas de los bomberos y la policía, acercándose o alejándose por las avenidas.

A mitad de la madrugada vi a mi mamá despierta, con la mirada perdida. Le di un beso en la frente y la felicité por su cumpleaños. Era 28 de enero de 2019.

Fue con la luz del amanecer que tuvimos conciencia real del daño. El ventanal desprendido de la sala había dejado un hueco en la pared de unos tres metros de largo. Como vivimos en un cuarto piso, en la punta de una de las lomas de la Víbora, tenemos una vista panorámica de La Habana.

La Habana, 28 de enero de 2019. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

La atmósfera estaba enrarecida. No llovía pero el cielo estaba gris. Olía a yerba mojada, a llanto, a desastre. Postes de electricidad caídos, árboles desenterrados de raíz, listones de cinc enredados en muros, pedazos de piedras, tejas, ladrillos, tanques rotos, virados, techos caídos, ramas levantadas por el aire. Desolador.

Tras el tornado quedaron familias desconcertadas sobre montones de escombros, carros destruidos, enterrados en concreto, teléfonos muertos, casas a oscuras.

Comenzamos a recoger las cosas que quedaban en el piso, con la pesadumbre de comprobar que el verdadero trabajo recién comenzaba. Dos horas después mi casa era un hervidero de gente ayudándonos a rescatar lo que se pudiera.

Acordé con mi esposo salir de la casa y quedarnos donde su prima, porque en esas condiciones no podíamos mantener al niño. Bajé a la calle con el bebé en brazos y estuve como 30 minutos petrificada en la acera. El árbol frente a la entrada de casa cayó encima del parabrisas trasero de un Peugeot 206, uno de los pocos autos que estaban estacionados en la cuadra. Una fina capa de vidrios cubría casi toda la acera, se mezclaba con las raíces levantadas de los árboles y con los cables de electricidad y teléfono. Tuve que trazarme bien una ruta mental para poder seguir el camino.

Me sorprendió ver bastante gente en la calle. Algunas tenían el gesto serio y concentrado de quien se prepara para una jornada difícil; otras caminaban sin rumbo fijo y hacían fotos con su celular; mientras, más adelante, un grupo de curiosos estaba congregado alrededor de los árboles caídos.

Los fenómenos climáticos en general, y los tornados en particular, generan una sensación de comunidad incluso entre vecinos que no se conocen o no se ven casi nunca.

En la tercera cuadra no pude más y rompí a llorar. Lloré de impotencia, de dolor. Lloré por sentirme afortunada de estar viva con mi hijo en los brazos.  Lloré por lo que pudo haber sido y no fue. Solté lágrimas por los árboles, por los pájaros que vi desfallecidos en las aceras. Lloré mucho, durante meses.

En la televisión, las imágenes eran conmovedoras. Había historias impresionantes en cada reportaje, en cada foto. Por primera vez me sentí parte de algo mucho más grande que el miedo que experimenté aquella noche.

La recuperación comenzó poco a poco. Empezamos a organizarnos, a buscar la mejor variante para levantar aquello que se había caído. Había tanto desastre, tanta gente en peores condiciones que las nuestras, que sabíamos que era un problema que teníamos que resolver por nuestra cuenta, sin sentarnos a esperar.

Un mes más tarde nos otorgaron un subsidio para reparar la casa con esfuerzo propio. Lo de la construcción es una historia aparte, aunque sería oportuno acotar que tras nueve largos meses de ver cómo se encabilla o se funde un arquitrabe, de cambiar varias veces de albañil, de comer bajo las estrellas (literalmente) y de ver el daño que ocasionan el sereno y la lluvia, logramos tirar la placa.

En todos estos meses, adquirimos un status quo de “damnificados del tornado” y eso nos permitió recibir muchas donaciones de cosas útiles y otras a las que todavía les estamos buscando un significado. Recibimos donaciones de gente que ni siquiera conocíamos, de personas a las que no puede agradecer sencillamente porque no sé quiénes son. Aprendimos, eso sí, que la buena voluntad existe cuando tiene la convicción de ser auténtica.

Comprendí, también, que la inconstancia de lo material no suple la fuerza esencial del espíritu, que lo ideal es sentir más y tener menos, que ciertas verdades de la vida son difíciles de conocer, pero, una vez descubiertas, lo importante es comprenderlas.

Doce meses exactos me ha tomado escribir sobre el tema. Preferimos hablar poco sobre ese día. Quizás dentro de unos años se vea como algo distante y difuso en la memoria colectiva.

En mi caso sé que no será así. Algo cambió adentro de mí. Y solo el viento, con su soplo silbante, puro, duro, me permite sentir, dramáticamente, que estoy más viva.

Fue con la luz del amanecer que tuvimos conciencia real del daño. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

Todo quedó reducido a escombros. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

En la cocina, platos, vasos, cubiertos, copas y el refrigerador Haier que debió haber salido disparado como proyectil. Foto: Amelia Duarte de la Rosa/Cubadebate.

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