En colaboración con Rubén Zardoya
La palabra es divina porque es interpretada por el hombre, la criatura que en su hipóstasis bondadosa es Dios, y en su hipóstasis malévola es Diablo, y que lleva en sí todas las fuerzas del paraíso y del infierno. Por su mediación en el acto de adivinación, la relación cultura-natura reviste la forma de la relación entre lo natural y lo sobrenatural; el rito y el mito se hacen uno en la comunidad religiosa, y el destino infalible cede ante la inteligencia y la voluntad humanas.
Sin embargo -lo sabemos en exceso-, el hombre es un ser imperfecto: su memoria es frágil, es heredero de disímiles tradiciones; sus pasiones lo zarandean, sus habilidades, intenciones e intereses lo mueven por caminos de diverso signo. A caballo entre sus vicios y sus virtudes, el hombre sacramentado interpreta un universo cultural en el cual la idea de lo sobrenatural ocupa un espacio privilegiado frente a la naturaleza, incluida esa segunda naturaleza que llamamos cultura. Al formular su vaticinio, asume el riesgo del error, inherente a su condición humana.
Se acude al oráculo ante la incertidumbre que provoca "la oscuridad del futuro", ante el efecto inhibitorio de la ignorancia y la impotencia sobre la actividad, y, con más hondura, ante la inseguridad que produce el carácter ininteligible e irracional de una parte considerable de las condiciones prácticas en que transcurre la vida cotidiana de los hombres.
"Lo que se sabe no se pregunta", dice Ifá. Pero, de forma igualmente imperativa, lo que no se sabe ha de preguntarse. No son banales las cuestiones que se ignoran o que escapan al control de los colectivos humanos: conciernen a las potencias del clima, la salud y las epidemias, los alimentos beneficiosos y perjudiciales, las coyunturas y los objetos amenazadores, las actitudes peligrosas, los valores y las cualidades morales, el comportamiento social, las pasiones humanas, la familia y el matrimonio, la vivienda, la delincuencia, los ancestros, las sinrazones económicas y las veleidades de la política.
Los sacerdotes, debidamente consagrados y adiestrados, preguntan; las deidades responden y, al hacerlo, impregnan al hombre de fuerzas sobrenaturales, contribuyen a liberarlo de sus limitaciones fácticas vitales.
En vano se trataría de negar todo fundamento real al contenido de estas preguntas y respuestas que la cultura se hace a sí misma por mediación de sus hombres y mujeres. Preguntas y respuestas funcionan como vehículos de fuerzas ideales objetivas en la comunidad religiosa, ni más ni menos objetivas que las comprendidas en las obras de arte, los tratados filosóficos, las predicciones de la ciencia meteorológica y las formas económicas del valor, incluido el dinero. Su realidad es la realidad de lo ideal, vertiginosa, ubicua, multiforme, en perpetua metamorfosis; condenada, sí, a revestir la imagen terrenal de la materia, pero soberana con respecto a cada una de sus modalidades concretas de existencia.
Por medio de las figuras ideales contenidas en estas preguntas y respuestas, los hombres organizan su vida en el presente y la proyectan hacia el futuro.
(Continuará)