Mucha sangre ha corrido por esta tierra para que vuelvan a disfrutar de las mieles del poder los que menos se han sacrificado. Foto: Archivo CD.
La República que se fundó en Cuba a principios del siglo XX, y que fue fruto de la lucha independentista contra el colonialismo español y de la intervención estadounidense en la contienda, es hoy parte de ese pasado en disputa permanente que tiene trascendentales efectos en el presente (y acaso lo tendrá en el futuro también). Debatida entre la caricaturesca crónica, plagada de epítetos facilistas, y la tozuda —o simulada— nostalgia por aquellos años “liberales y clásicos”, esa época de la nación cubana sigue generando polémicas.
Lo primero que hay que decir es que esa República nació con un mal congénito, un tumor maligno que solo se extirparía con la radicalidad revolucionaria de la Generación del Centenario: la Enmienda Platt, un instrumento jurídico cuya esencia sobreviviría incluso a su propia derogación en la década del 30. La facultad que dicha enmienda otorgaba al gobierno estadounidense de intervenir militarmente en Cuba cuando lo entendiera pertinente convirtió a la Isla, de facto, en un protectorado. Puede que no goce de consenso entre académicos pero a favor de la tesis de que nuestro país no fue un Estado siquiera después del 20 de mayo de 1902 se puede esgrimir que carecíamos entonces de un rasgo fundamental, constitutivo de cualquier Estado-nación: la soberanía.
En su recién publicado libro titulado “Charlas sobre la cultura cubana”, el historiador Moreno Fraginals sentencia que los reformistas (luego devenidos autonomistas) usufructuaron el rédito político obtenido por sus rivales, los independentistas. Y la República independiente, al menos en lo formal, se convirtió en una máquina al servicio de esa clase que abogaba por la “evolución”, en contraposición de los ánimos revolucionarios —y peligrosos— de los mambises. Y en ese sentido hay que decir que, además de la influencia estadounidense, el 20 de mayo fue un éxito para los que no deseaban transformaciones profundas de la sociedad: sacar de la ecuación a la Corona española, sí; pero no alterar la jerarquía clasista, no trastocar la arquitectura socioeconómica de la nación.
Para eso, los reformistas/autonomistas se prepararon con eficacia, sobre todo durante el último cuarto del siglo XIX. Mientras Martí, Gómez y Maceo organizaban la Guerra Necesaria, sus rivales políticos domésticos ganaban espacio en la administración pública, creaban partidos que eran reconocidos legalmente, aprendían a jugar a las elecciones, a ejercer autoridad a nivel micro. Los mambises sabían de la tea incendiaria y de la carga al machete, pero una vez libre Cuba de la opresión española, los reformistas/autonomistas se quedaron con el monopolio de la realpolitik.
Los discursos de un personaje tan interesante como desconocido llamado Eliseo Giberga, recogidos como parte de los debates de aquella Constituyente, ilustran a la perfección el credo de esos hombres que metabolizaron a su favor el resultado de la guerra que otros habían luchado. La Revolución, según Giberga, había terminado: solo se había hecho para vencer a España. Y nada más. ¡Atrás, jacobinos trasnochados! La libertad está bien… hasta un punto. Volver a Cuba un experimento social era demasiado peligroso. Lo mejor era imitar las formas y costumbres de los benefactores norteños, para alcanzar su “prosperidad metalizada” —al decir de Martí.
Y a Martí, precisamente, la República que nació entonces le guardó la suerte que, según Lenin, padecen los íconos revolucionarios, que son fagocitados por las élites después de muertos, quitándoles su filo subversivo, removiendo el riesgo de su prédica más honesta para el statu quo. Martí se convirtió en Apóstol, en hombre santo, y del mismo modo que pasara con Jesucristo, se le reservó un culto religioso, basado en lo más básico de su moralidad, y se ignoró su discurso contra el Imperio (Estados Unidos o Roma, más o menos da igual), se soslayó su afán de justicia social, su pasión por los pobres de la tierra.
Ese 20 de mayo se puso en marcha un modelo político viciado por la injerencia imperialista, que no se puede considerar poseía soberanía; un modelo del que se apropiaron los líderes más reaccionarios dentro y fuera del Ejército Libertador: los generales y doctores en los puestos más visibles y las eminencias grises, como Giberga, en los estratos medios, en los puestos de asesoría, de la intelligentsia.
No obstante, sería un crimen decir que todo fue fracaso: sería injusto para con los hombres y mujeres honestos que apoyaron ese doloroso parto, por imperfecto que fuera el resultado. Pero no por compadecernos haremos de la historia un relato edulcorado, en el que no hay retrocesos, traiciones e intereses espurios que triunfan circunstancialmente. Mucho menos nos haremos eco de las pasiones restauracionistas, que pretender retrotraer a Cuba a esa época rebasada.
¿Y qué buscan los que hoy celebran el 20 de mayo, los que sin haberse leído nunca la Constitución de 1940 la exaltan como documento jurídico “vigente”? ¿Qué buscan los que muestran el contraste de La Habana en los cincuenta, llena de casinos y carteles lumínicos, con el deterioro acumulado en la ciudad? ¿Por qué el romanticismo de algunos en las modernas redes digitales, cuando se asoman al pasado, y por qué entonces se soslayan todos los males que enfermaban a Cuba en sus campos, en sus fábricas, en sus zonas fuera de la burbuja financiera que pagaban mafiosos y magnates?
Es sencillo: como los políticos hábiles que triunfaron a principios de este siglo, hay quienes insisten en promover la idea de que la Revolución terminó. Hay quienes insisten en la idea de que Cuba fue un paraíso, que solo necesitaba salir de Batista —como se salió de España— y nada más. Hay quienes quieren usufructuar el rédito político que puedan ganar otros, da igual si vienen en helicópteros o portaviones yanquis, y ser los funcionarios oscuros de una nueva y otra vez sumisa república neocolonial burguesa. Y para ellos tienen argumentos que van desde la más burda realpolitik: si no podemos vencer a Estados Unidos entonces cedamos, unámonos a ellos; hasta la retórica genocida y fascistoide que clama por bombas desde la segura distancia.
En cualquier caso, no pequemos de excesivo pundonor revolucionario y hagamos leña con todo y la palma: la República que nació el 20 de mayo de 1902 merece ser estudiada, merece ser recordada. Pero no pequemos del exceso contrario: su estudio y su recuerdo no implican que celebremos lo que fue Cuba y no podrá volver a ser jamás. Mucha sangre ha corrido por esta tierra para que vuelvan a disfrutar de las mieles del poder los que menos se han sacrificado; mucho se ha muerto en este país para que vuelva, mansamente, a ser protectorado o neocolonia.