Probablemente habrá que reanudar las principales ligas del fútbol europeo porque, según dicen sus principales responsables, la pérdida económica sería cuantiosa. Foto: ABC.
No era difícil imaginar, en tiempos sin pandemias, ni confinamientos, ni cuarentenas forzosas, que el fútbol, más allá de su quintaesencia lúdica y pasional, estaría siempre amarrado a su ya inobjetable responsabilidad económica. Necesitábamos una prueba, de todas formas, para abrir los ojos y palpar la evidencia. Así de recelosos somos a veces los seres humanos cuando defendemos lo que amamos y este deporte, que ha asumido los principios básicos de la modernidad con mucha vehemencia, va camino de traicionar la confianza que le hemos depositado.
Aclaro, no es el fútbol. Más bien, en lugar de referirnos a esta acepción en tono despectivo, deberíamos mencionar a los verdaderos culpables de este absurdo: los dueños del fútbol. Resulta tan cruel hablar en estos días de una posible vuelta a los terrenos, como la propia espera de millones por regresar a las canchas y abandonar de una vez esta situación anormal a la que obliga el coronavirus. Pero las atrocidades, muy frecuentemente y como es el caso, son escondidas bajo un manto monetario.
Directo al grano: probablemente habrá que reanudar las principales ligas del fútbol europeo porque, según dicen sus principales responsables, la pérdida económica sería cuantiosa y no están preparados para asumir semejante derroche. Nótese, en esta breve afirmación, la primera barbarie. Parece una ironía. Los clubes, que ventana por ventana, veranos e inviernos completos se las pasan contando los millones para fichar, que han chupado el dinero de la gente en abonos costosísimos a inicios de temporada y han convertido la pasión de los hinchas en un lujo, no están listos para la crisis.
En todo caso, puestos a pensar con espíritu comprensivo, sería incluso aceptable que esto suceda. Tras la erradicación del coronavirus —no hay que ser experto en economía para vaticinarlo—, las consecuencias económicas serán funestas en todos los campos de la sociedad a nivel mundial. Por ende, quienes puedan resarcir parte de los daños, deberán hacerlo, aunque asumiendo una postura colectiva y facilitando beneficios para el resto de los sectores. El fútbol, volviendo a las canchas, llenaría las ávidas carteleras de televisión con un producto jugoso, y esto le permitiría recuperarse del golpe.
Lo realmente sórdido llega al descubrir que la reanudación de la actividad deportiva está prevista para junio y que las condiciones para su cumplimiento son, cuanto menos, muy irrespetuosas con las sociedades en que van a suceder. Por ejemplo, en España se comenta que a todos los jugadores se les realizará la prueba rápida ¡cada tres días!, además de a todos sus familiares antes del inicio, en aras de convertir a los equipos en pugna en un “círculo sin riesgos”, que se ocuparía solo de entrenar y jugar, con único contacto entre ellos y con hoteles rentados para su aislamiento.
Lo mismo sucede en el resto de las potencias europeas. En Italia, por ejemplo, el número de personas fallecidas sin haber sido diagnosticadas siquiera es elevadísimo. Los test rápidos no están al alcance de todos los enfermos y, pese a ello, los dueños de las grandes cadenas televisivas aspiran a emplear cientos de estos para mantener vivo un fútbol sin aficionados, que es, además, un fútbol mutilado.
En los próximos días será tomada la decisión final, pero cuando el río suena, piedras trae. Habrá que ver si, entre la sensatez y el dinero, lo segundo es lo primero. Todo indica que sí. De suceder lo previsto, en junio probablemente volvamos a asistir al show que representa un partido sin música, casi muerto entre los sonidos que chocan con las paredes vacías. Pero esta vez será diferente. Tendrá un aderezo humano inaceptable. Negarse a ser partícipes de este dislate mientras muchos de los hinchas que han amado sus colores con denuedo mueren, sería un paso honorable por parte de los equipos.
No obstante, ya nada sorprende. Cuando los principales clubes dejaron de jugar en sus viejos estadios, aquellas construcciones vetustas con olor a tabaco en el aire y gradas de pie, para construir los majestuosos escenarios donde hoy venden sus “productos”, el mensaje fue muy claro: el deporte moderno y el antiguo nada tienen que ver el uno con el otro. Habrá quien lo comprenda y vea todo esto como un reproche sin fundamento. Pero a veces, solo a veces, el fútbol, nuestra religión, merece que le demos la espalda. Sería la primera vez.
La frase:
“Todo lo que sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, Albert Camus.