Crónica demorada del Clásico

El Real Madrid gana 2-0 a Barcelona. Foto: Marca

El sudor baña la arena. Empapado, el Bernabéu desprende brasas que se ven a kilómetros de distancia. Es casi una señal de humo: lo observan los esquimales en sus fríos iglúes y los nómadas del desierto. No hay calor más potente y abarcador que el de un Clásico. El mundo entero en vilo. En la guardarraya, vacía y mustia como pocas veces, titilan los imparciales ¿Los imparciales? La imparcialidad es la gran mentira del fútbol.

Real Madrid y Barcelona. Ambos frentes arden: el de los tirios, blanco y pulcro, escudado por miles de gargantas; el de los troyanos, blaugrana y furioso, siempre con la daga lista. El Clásico es un invento fenomenal. Lo esperas intenso y te devuelve una música instrumental. Recuerden la primera vuelta y aquel 0-0. Ayer, cuando muchos aguardábamos un trance soporífero y la consecuencia del mal estado de ambos equipos, nos espetó un bofetón de 90 minutos electrizantes. La sorpresa extasía.

Esta vez, sin embargo, el Clásico evitó traiciones. De inicio leyó su guion y lo siguió de manera escrupulosa. Un intercambio constante de golpes. Ni respeto, ni temores. Nada. Solo vimos cautela en la banda, con la imagen sobria de los entrenadores: “cálmense, chavales”, dirían para sus adentros. Pero los chavales, que muchos se saben los mejores futbolistas del mundo, decidieron taponearse los oídos. Y lo intentaron, ora en una franja del campo, ora en la otra. Ida y vuelta. Me das y te doy. Courtois y Ter Stegen pegando alaridos. Los porteros, esos seres aislados, casi siempre pagan las culpas.

Tácticamente, Setién cerró con 4-4-2 las embestidas del Madrid. Pero ese cuarto hombre en el medio, Vidal, estorbó en ataque. Cuando retrasó su posición y pudo al fin Messi buscar un socio más “socio”, fluyeron las ocasiones y, si los visitantes no lograron gritar un gol, fue por los renacidos reflejos del portero madridista. En la otra orilla, Vinicius comenzaba a inquietar: a los rivales, víctimas de sus constantes tropelías por la banda que, aun sin amenazar con seriedad, mantuvieron preocupados a los defensores; a los suyos, presas del desespero cuando, tras hacerlo todo bien, culminaba regalando la pelota.

El descanso siempre suele deparar un cambio en el libreto. Es la hora de los cautelosos. Zidane, eterna sonrisa, abandonó los senderos de la mesura. Quique, con toda la lógica, apostó por la continuidad. El Barca, hasta entonces, había pegado los mejores golpes.

La osadía de Zizou dejó alelados a los culés. El Madrid incrustó sus líneas de presión en la nariz de Ter Stegen. Ahogaba, pegaba, susurraba en el oído de los blaugranas que les robarían la pelota. La grada se percató. Subieron los decibelios. Empujó más. Ale, ale, aleeee. No hay arma táctica tan filosa en el fútbol como la fe. Y la fe premió a Vinicius, el más perseverante de todos. En sus caracoleos, encontró un pase galáctico de Kroos y logró rematar. Sus balones casi nunca van dentro. Piqué lo rozó y ayudó.

Arrullado por el delirio de encontrar el juego perdido, el Madrid encerró al Barca cerca de su arco. Vio al rival herido, tambaleándose y con el físico magullado. Su mayor virtud fue la desconfianza. Aun con su cicatriz, los culés siguieron lanzando disparos. Busquets, el Busquets de antaño, el sublime mediocentro blaugrana, guio a los suyos como antes. Semedo, el vilipendiado, cargó por la banda derecha la debilidad de Alba por la izquierda. Y con orgullo pelearon hasta el final.

A falta de dos minutos, Zidane dio entrada a Mariano. Una ofensa al dominicano, comenzaba a tejerse en los cintillos de los diarios. Pero los triunfos son para los que persisten. Entre lágrimas, el goleador celebró el 2-0. El fútbol, reitero, es una cuestión de fe. Ya lo dijo en su libro Enric González, ese balón de oro de las letras.

Mariano lloró como lloran los niños los días en que sus equipos pierden. Lloró como lloran los hombres los días en que ven un atisbo de luz entre tanta negritud. El fútbol también es de los que lloran. Y de los que creen hasta el final. Amén.

La frase:

“Quiero que seamos tan guapos como Brad Pitt cuando tengamos el balón y tan feos como yo cuando defendamos y tengamos que recuperarlo”. (Gennaro Gattuso, entrenador del Napoli)

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