Se ha comentado que la innovación es una actividad ubicua. Podemos innovar en todas las facetas de nuestra vida. Todos pueden innovar, aún aquéllos que no tienen una formación científica, y en cualquier parte, aún fuera de un laboratorio o taller especializado. Por ejemplo: un maestro primario que quiera introducir a los niños en una verdad tan evidente como la existencia de los elementos químicos, y comenzar a desarrollar en ellos el pensamiento abstracto desde bien temprano podría innovar haciéndolos jugar de variadas formas para construir una tabla periódica de los elementos, simplemente jugando con letras. El espíritu innovador es una forma de vivir y de hacer progresar a una sociedad.
Innovar recuerda mucho lo de “cambiar lo que debe ser cambiado”, lo de ser revolucionario.
Sin embargo, en la medida que los humanos hemos ido alcanzando más y más conocimientos, y los hemos almacenado como información para socializarlos, ciertas facetas de la innovación se han visto limitadas a los que saben hacerlo. También puede ser preciso saber cómo funcionan los escenarios especializados de muchas actividades contemporáneas. Alguien sin nociones de como interactúa la luz con las superficies de los materiales para hacer que los electrones puedan ser transferidos no está en buenas condiciones para innovar en la recuperación de la energía de la luz solar. En casos como este, la innovación tiene que proceder de la ciencia o de la tecnología. Y lo natural es que la generen los expertos en cada objeto de estudio.
Ocurre que ser “experto” tiene muchas manifestaciones. Los que llamamos expertos deben poder acumular y hasta reproducir correctamente muchos conocimientos. Se es experto si se conoce y se puede explicar como funciona una celda fotoeléctrica. Pero existe una habilidad, también puede decirse una virtud, que hace a un experto capaz de crear conocimientos en el área que más conoce. La creación de conocimientos implica a la investigación de un objeto dado, físico o social, para enterarse de algo que no se conocía antes o el desarrollo de una nueva tecnología para tener un procedimiento mejor, que no se seguía antes.
En nuestro caso sería no solamente conocer cómo funciona la celda fotoeléctrica sino crear y probar, por ejemplo, un nuevo material que permitiera duplicar su eficiencia en la conversión de luz en electricidad. Esta virtud de creación es esencialmente una habilidad individual (aunque se forme en medio de la cooperación y para cooperar) que en muchísimos casos requiere aprendizaje y entrenamiento: alcanzar la capacidad de investigar independientemente, por la propia iniciativa.
Una definición bastante aceptada internacionalmente de lo que en Cuba llamamos “doctor en ciencias” (en otros países es PhD, Dr.rer.nat., Doctor, etc) es precisamente la denominación de las personas que han alcanzado una calificación y entrenamiento que les permite investigar, crear conocimientos, de forma independiente.
Nuestra lengua española es clara en definir a un doctor como alguien que sabe mucho de algo. Nosotros titulamos a nuestros médicos, nuestros estomatólogos y a nuestros veterinarios como doctores. Y lo son.
Sin embargo, desde los principios del siglo XIX en Europa, a partir de experiencias como la de Justus Liebig en Giessen, Alemania, la formación de doctores en ciencias se convirtió en una necesidad multidimensional del sistema de la ciencia, la tecnología y la innovación de un país que progrese o quiera progresar. Y decimos multidimensional porque como sistema tiene muchas ventajas en muchas dimensiones: la científica y económica obteniendo resultados novísimos que transforman el panorama del conocimiento; la social, humana y también económica de formación de investigadores eficientes con costos mínimos, muchas veces autofinanciados por sus resultados; la humana y social de permitir a los científicos maduros que puedan llevar a cabo ideas a través de sus estudiantes de doctorado para lo que ellos mismos no pueden intervenir directamente por diversas causas y la social de contribuir al enriquecimiento científico de la institución patrocinadora. Ganar, ganar. Todos ganan con la formación doctoral si lo que se persigue es el desarrollo humano y económico de un país.
Muchos científicos que no han alcanzado el grado de doctor en ciencias son en verdad investigadores independientes y lo han alcanzado por sus propias experiencias, aunque no tengan el título. Los hay también que siendo doctores en ciencias no practican la investigación independiente, por algún motivo. Pero en la organización de la educación y la ciencia de los países que han demostrado éxito económico en el mundo actual nunca falta un sistema eficiente, constituido y promotor de la formación doctoral. Y además esos sistemas bien montados confieren bien ganados grados de doctor en ciencias, la mayoría de las veces, a personas que se lo obtienen con menos de 30 años de edad. La tercera década de la vida de una persona es de las más, si no la más creativa. Es la que permite además a la mujer igualdad de condiciones con el hombre para esa creación, cuando la maternidad se planea para que ocurra en la cuarta década, alrededor de los 35 años.
¿Necesitamos doctores en ciencias? La experiencia universal indica que si queremos ser socialistas prósperos y sostenibles tenemos que formar y emplear doctores en ciencias, y que esa actividad se financia socialmente a sí misma, y con creces. Sobre todo, la formación doctoral en las edades tempranas adecuadas es un motor de desarrollo humano, que es probablemente uno de los aspectos en los que la Revolución Cubana ha demostrado ser más exitosa.