En tiempos pretéritos ser un ñame con corbata era un insulto; se trataba de una categoría filosófica en la cual estaban incluidos todos aquellos cuya inteligencia o talento brillaba por su ausencia aunque hubiesen alcanzado altas posiciones económicas o administrativas y tuvieran colgado uno o más títulos en las paredes de su casa.
Fulanito es un ñame con corbata era una lápida dictada por las acciones del aludido.
Ahora que hago memoria, sin embargo, no recuerdo por más que lo pienso, que el calificativo se aplicara a una mujer: existe la madre de los tomates, esa señora que aunque se supone sea un vegetal ¿u hortaliza? ejemplifica al conjunto de la humanidad: “eso lo sabe hasta la madre de los tomates” dice uno y todos entienden.
Pero nunca se ha escuchado una referencia a la madre de los ñames y hay que preguntarse si se trata de una discriminación de género, que la progenitora del tubérculo vive tan avergonzada de su retoño que prefiere el anonimato, o a que los ñames no tiene madre y son el primer bebé probeta jamás conocido.
Pero ha llegado el momento de la reivindicación; una coyuntura histórica en la cual el ñame, con toda la grandeza que es capaz de contener sus cuatro humildes letras, está pasando a ocupar un lugar cimero en la historia de la contemporaneidad.
Soy testigo de ese viraje desde que tropecé con una evidencia palmaria en el mercado agropecuario de 17 y K, en la barriada del Vedado, donde la alianza obrero-campesina es un concepto tan abstracto que ni se menciona y los pesos se desvanecen a un ritmo tan dinámico que da vértigo, sobre todo a mediados de mes.
Del mercado que está en 19 y A, en el mismo distrito, ni me atrevo a hablar porque todos sabemos que los productos que allí se expenden son traídos de otra galaxia, lo que explica el brillo de los boniatos, la existencia de chirimoyas, extinguidas en nuestro planeta, y los altos precios de la carne y las verduras, consecuencia de que los viajes intergalácticos demoran mucho y son caros.
Y por lo tanto que las malangas, tomates, yucas y mazorcas de maíz que se venden en ese emporio de maravillas están hechas de una sustancia celestial que los mantiene inertes por siempre jamás, lo que explica que nunca bajen de precio: o están prístinos, o no están, el ser o no ser del Hamlet dinamarqués cantado en tiempo de tonada campesina.
Pero a lo que iba: me percate de la variación en el status de la vianda en cuestión cuando el dueño de la tarima con su mejor sonrisa me pidió 18 pesos: un día de salario; ocho horas de mi vida,por el privilegio de hincarle el diente a un ñame que ni siquiera había alcanzado la adolescenciarazón por la cual le faltaba madurez para ser el ñame nuevo.
El acto de desembolsar los billetes de banco fue en sí una epifanía: comprendí de un duro y doloroso golpe que durante cientos de años el ñame había sido vilipendiado, discriminado y relegado por causas oscuras aún por determinar.
Pero llegado está el momento de la reivindicación.
Por ello, en lo adelante, cada vez que me encuentre con un ñame, con o sin corbata, lo saludaré con la correspondiente reverencia y, si por alguna de esas afortunadas circunstancias tengo la oportunidad de hablarle, lo haré como corresponde, con una reverencia versallesca y llamándolo Mi ilustre y nunca bien ponderado Don Ñame.