¿Quién dijo que todo está perdido?

Cuando empieza el programa De zurda por teleSUR, ya estoy en mi cuarto, con el aire acondicionado a toda máquina. Hace unos días me reí con un intercambio de Maradona y Victor Hugo, me estiré seguidamente y ¡crac!, sentí el músculo intercostal con un dolor agudo.

De nuevo ante un peso o un movimiento no habitual, comenzaba una osteocondritis. Me ha sucedido tres a cuatro veces en los últimos lustros, desde la primera vez que se instaló en medio de una Feria Agropecuaria en la Plaza de la Revolución, cuando al resbalar hice una contracción en el tórax.

Esta vez empecé a dormir sobre mi codo izquierdo, por un resbalón hecho trizas tres años atrás, que no puede ser operado y cada cierto tiempo me da su guerrita, como ahora.

No puedo ingerir ningún antinflamatorio (hines) porque interactúan con la warfarina (un anticoagulante, no el ron casero ¡el otro lo puedo beber!) que tomo a raiz de mi operación del corazón.

¿A que viene todo esto? A la necesidad que tengo de usar medidas terapeúticas alejadas, siempre que pueda, de los fármacos. Así, durante unos diez años usé una mantica eléctrica que me regaló un amigo, y mi vecino el ingeniero Raúl Mariño, sin cobrarme un centavo, me arregló una y otra vez, a pesar de tratarse de una resistencia práctiamente sellada. Ya no existe, y con la torcedura reciente hice lo lógico: llamé a las farmacias internacionales, y sí, hay mantas, ¡a 74 cuc!. ¿Cuántas cuartillas tengo que escribir para ganar esa cantidad? No creo que medicamentos u otros artefactos para la salud deban estar sometidos a un gravamen que les hace multiplicar los precios. Una manta electrica para mi es una necesidad, no un lujo. Que el precio está subido me lo demostró alguien que vendía una a nueva en 25 cuc, pero ya no la tenía, ¿entonces?

Pero bueno el por qué de esta historia viene ahora: escribí un correo electrónico a una parte de mis contactos y no esperaba tener tal respuesta ¿quién dijo que todo está perdido? ¡La solidaridad sigue existiendo! He recibido cerca de setenta mensajes, algunos solo diciendo que lo sienten, que no tienen; otros que ni saben lo que es; algunos sugiriendo otras curas, tres con ofrecimiento de préstamo de sus mantas particulares y yo ¡cómo no estarlo! un poco emocionada, ante tanto cariño y desprendimiento de amigas y amigos que están ahí aunque no los vea sistemáticamente.

Mis padres me enseñaron, con su ejemplo, a pesar de que eran pobres, a compartir y ayudar a vecinos, amigos y conocidos. Recuerdo a mi madre repartiendo un poquito de dulce, o a mi papá regalando un cigarro cuando solo quedaban dos en la cajetilla.

Cuidar ese sentimiento de dar, que para muchos es mejor que recibir, es una tarea de todas y todos. Cuba fue desde su fundación como país, una nación solidaria. Esa aptitud se consolidó a nivel de Estado con la Revolución.

Pero los cambios en la sociedad, necesarios desde el punto de vista económico, pueden poner en peligro ese sentido de entrega que identifica a cubanos y cubanas como un pueblo alegre, noble, dadivoso y solidario. ¡No perdamos ese tesoro que aún está entre nosotros!