Con su lente que mira y atrapa donde otros quizás no vean nada hermoso, el amigo Kaloian atrapó y me hizo llegar imágenes de tendederas en Caibarién, ese pueblo de pescadores al centro de la Isla.
Y no sabe hasta qué punto tan dormido de mi espíritu llegó con su obturador, pues a ese lugar estaba unido por sus raíces mi abuelo paterno, quien, según me han contado, conocía el secreto de la carpintería y los misterios con los cuales se hacían las embarcaciones.
El solo nombre de Caibarién me enternece. Y de especial modo, si de pronto un amigo me muestra a ese universo con sus tendederas al aire libre, como para recordarme que el cubano gusta de orear sus cariños y costumbres leves, sin que por eso sienta la menor vergüenza.
Las ropas en la tendedera son mapas de nuestras voluntades: gritan los colores alegres (así como solemos gritar con la voz, o con los ojos, o con las manos); provocan asombro por la ingeniosidad de que se haya acomodado mucho en poco espacio; y hablan de una pulcritud que a veces no se detiene ni ante un día plomizo.
Llenar tendederas es uno de nuestros actos más recurrentes y placenteros. El ritual se repite una y otra vez, con gran frecuencia, casi siempre con un lugar memorizado en la soga para cada atuendo (por lo general atuendo de las mil batallas); casi siempre con una paciencia que permite llegar hasta la última prenda del hogar.
La obsesión del cubano por el buen olor, por una limpieza a prueba de todos los golpetazos del trópico, tiene uno de sus puntos cardinales en ese cordel que sujeta las telas en las cuales dormimos los sueños, o con las cuales nos vestimos para trabajar, festejar, amar.
Las tendederas son como partituras que lucen sus notas en los espacios más urbanos y congestionados, y también en los más tranquilos y recónditos. Estarán siempre ahí, hasta el final de los tiempos, balanceándose en los escenarios del día a día como iconos invulnerables de la humildad y la transparencia.