Aún cuando la cumbre que buscaba salvar al planeta Tierra y a nosotros mismos sobre el agresivo cambio climático haya fracasado, e incluso con un poco de aire frío en la Habana, cosa que agradecemos a la naturaleza porque ni el invierno se ha sentido igual, se puede disfrutar del mundo acuático y en especial de los delfines.
Visitar el Acuario Nacional de Cuba y asistir al espectáculo de los delfines posibilita recrearse de las habilidades a veces no imaginadas que tienen estos bellos animales. Se disfruta ver como escogen un ritmo para bailar y luego verlos alzarse con pasos de Reggaeton, porque también ellos están a la moda. El público no resiste emitir sus carcajadas por tales ocurrencias.
O cuando se deslizan por la piscina donde actúan a gran velocidad y luego manifestar sus destrezas en el agua al jugar como pareja ya fuese en intercambios de movimientos donde se sumergen y con el uso de las pelotas. Logran uniformidad en cada uno de sus movimientos y eso hace más bella la actuación, porque realmente ante todo son grandes artistas.
Se siente la alegría y emoción de los niños al observar como los mismos delfines, una vez más a la par, se impulsan y saltan por encima de una cuerda colocada a más de un metro de altura. Más impresionante es cuando se alzan y tocan con su cola aplanada a unas pelotas que cuelgan a casi tres metros de altura.
Los aplausos durante la presentación de los delfines son inevitables. Las risas y asombros también se incorporar a los rostros de los espectadores aunque la visita sea repetida.
Y para sorpresa de muchos al finalizar la actuación se puede disfrutar de un momento de interacción con los delfines, como lo llaman sus entrenadores. Es maravilloso observar a los niños recrearse sin temor, tocarlos, acariciarlos y hasta darle un par de besitos.
Los delfines retribuyen el cariño de los niños. Y de seguro han de agradecer que junto a los niños luchemos por salvar nuestro planeta.