Hay un borde donde la esperanza y la tenacidad se dan como prodigios, y donde La Habana tiene sus labios para besar al mundo. Ese es el Malecón, espacio purificado por el aire del mar, y que tanto ha deslumbrado a poetas, a visitantes, y a hijos legítimos de la Isla.
Desde el muro del Malecón se han visto crepúsculos inolvidables. Y desde él se han lanzado flores y preguntas a las aguas; se han vivido abrazos; se han tejido sueños; y se han susurrado promesas.
Así será hasta el final de los tiempos. El muro pardo no dejará de sostener los ímpetus de familias enteras, de enamorados, de amigos que van tras el vaivén de las olas buscando algún consuelo, algún secreto que solo el arrullo conoce, algún alivio para volver tras los pasos, ciudad adentro, hacia calles desde las cuales no se podrá avistar una buena puesta de sol.
Los pescadores quizás sean, sobre el muro, la más viva y graciosa estampa de la espera y el esfuerzo. Rasgan la frialdad del amanecer o el polvillo dorado de las tardes para probar suerte con lo que traerán las olas. Lanzan sus carnadas del buen augurio, y el tiempo se les va como el agua, sin cansancios, y la respiración termina confundiéndose con los espasmos marinos.
"Vas a ver... vas a ver...", dicen tozudos y alegres, porque sobre el Malecón, ensanchada el alma, no se puede pensar sino en grande.
Alguien que haya caminado alguna vez como rey sobre los labios La Habana, si demora en volver a hacerlo, podrá sentir como si algo se le estuviera marchitando muy adentro del pecho. Cualquiera que haya tenido cerca en algún momento de su vida al Malecón, entenderá estos versos de nuestro poeta Jesús Orta Ruiz:
La Habana es una ventana
al mar. Canta en mis pulmones
el aire azul de La Habana.
Lejos de ella, suelo estar
falto del aire preciso:
necesito el mar, mi mar,
mi mar con su Malecón,
el azul con el recuerdo,
la espuma con la ilusión.
No me lleven al Edén,
que si no estoy en La Habana,
no sé, no respiro bien.