Teatro Tacón, litografía de 1856.
Cuando Francisco Marty y Torrens construyó el Gran Teatro Tacón se erigió en vida su propio monumento.
Inaugurado en 1838 y edificado con trabajo de presos, el coliseo de la esquina de Prado y San Rafael, fue en su tiempo uno de los mejores del mundo, al punto que la eximia bailarina Fanny Elssler, que actuó en su escenario, lo comparó con el San Carlos, de Nápoles, y la Scala, de Milán, “y no creo que sean mucho más grandes ni más elegantes”, en tanto que la Condesa de Merlin, lo vio en 1844 como un salón que no desentonaría en Londres ni en París. Muchos viajeros se resentían al encontrar en la Colonia lo que no existía en metrópoli. El palco destinado al Gobernador lucia mejor adornado que el que se destinaba a los reyes en algunos países. Ochenta ventanas y 22 puertas ventilaban la estancia y su acústica era insuperable. En 1878 admitía a 2 287 personas sentadas y otras 750 podían colocarse de pie detrás de los palcos, aunque se dice que en sus inicios tenía capacidad para unos 4 000 espectadores. Su lámpara central, en forma de araña, constituía, según la copla popular, uno de los tres elementos distintivos de la ciudad: “Tres cosas tiene La Habana / que causan admiración: / son el Morro, la Cabaña / y la araña del Tacón”. Una lámpara que solo era superada en tamaño por las de la Ópera de París y el Palacio Real madrileño.
¿Quién fue su constructor y empresario? ¿Quién es ese Francisco Marty y Torreens —don Pancho Marty—? Fue un catalán que llegó a Cuba más pelado que una rata, en alpargatas y con un baúl enorme de ilusiones que logró materializar pues se convirtió en uno de los hombres de mayor caudal e influencia de su tiempo, con acceso libre y directo al entorno íntimo de los Capitanes Generales. Estos cambiaban de cuando en cuando, pero la ascendencia de don Pancho no sufría menoscabo. Y es que fue uno de los más grandes traficantes de esclavos y una concesión del gobernador Miguel Tacón le permitía explotar en su provecho el trabajo de los reclusos de la Cárcel de La Habana.
Fue empresario además de los teatros Diorama y Principal, lo que le permitía esquilmar a los autores que en ellos veían representadas sus obras. Poseía, entre otros bienes, varias fincas rústicas y extensas propiedades inmuebles, así como dos astilleros donde se reparaban buques destinados a la trata negrera. Ejercía asimismo el monopolio del pescado en La Habana, privilegio vitalicio concedido por Tacón, pese a las protestas del Ayuntamiento habanero. Para ello contaba con la pescadería El Boquete, con nevería y locales para el expendio de productos del mar y avíos de pesca, y donde, pese a todo su dinero, tenía su casa, antes de radicarse en el Paseo del Prado entre Ánimas y Trocadero. El Boquete abrió sus puertas en 1836, detrás de la Catedral de La Habana, y estuvo allí hasta 1895, muchos años después de la muerte de Marty, que falleció el 29 de mayo de 1866.
Digamos, de paso, que fue hombre de ocurrencias insólitas y desbordadas, como aquella que incluye Álvaro de la Iglesia en una de sus Tradiciones cubanas y que da cuenta del regalo que hizo don Pacho a la Princesa de Anglona, esposa del Capitán General. En ocasión de su cumpleaños le obsequió un pargo relleno de… monedas de oro.
El cronista encontró una buena semblanza de este personaje en el tomo 1 de La Habana artística; apuntes históricos, de Serafín Ramírez. Es una edición del Museo de la Música, de La Habana, dedicada al doctor Eusebio Leal, en ocasión de su 75 cumpleaños, y que se enriquece con las notas de Zoila Lapique.
¿Quién eres tú?
Dice Ramírez que a Marty nunca se le vio vacilar en la realización de sus planes. Tenía vista de lince para los negocios, si bien carecía de ilustración y no era adicto al ceremonial de las costumbres de la época. Era agradable en su trato. Su llaneza no afectada daba mayor realce a su chispeante conversación. No ocultó nunca su oscuro origen, antes bien alardeaba de sus humildes comienzos para demostrar hasta dónde podían llegar los caprichos y veleidades de la fortuna.
Marty nació en Barcelona el 11 de junio de 1786. Con 20 años sentó plaza de artillero y sirvió en el ejército hasta que su quebrantada salud lo obligó a licenciarse. Corría ya el año de 1809 cuando vino a La Habana. Una vez que superó un ataque de fiebre amarilla, carenó buques en Casablanca hasta que con mucho esfuerzo y a costa de grandes sacrificios y privaciones logró adquirir una embarcación de pesca que le permitía, expresaba, “hacer algo”, y que ya en 1812 abastecía de agua la casilla del Morro.
Hacia 1817 abrió una fonda en la esquina de Reina y Galiano. Dos años más tarde, Marty hizo reproducir en una de las paredes de su modesto establecimiento la imagen del buque Neptuno, la primera embarcación a vapor que circuló en los dominios españoles, y aquella casa de comida comenzó a ser conocida por El Vapor, nombre que a la larga adoptaría la plaza en la que estaba enclavada y donde se erigiría el mercado de Tacón.
No levantaba cabeza nuestro personaje. Las cosas le iban de mal en peor. Murieron de fiebre amarilla la esposa y la hija. Abrió una pequeña bodega en la esquina de Consulado y Virtudes y se la destruyó un incendio, con lo que quedó en la más completa miseria. No se amilanó por ello. Hombre de espíritu indomable y de una constancia a toda prueba, con 500 pesos prestados levantó de nuevo su comercio, pero la mala suerte hizo que otro incendio lo devorara.
Volvió entonces a la pesca, y con las ganancias que obtuvo de ella adquirió un terreno en la calle Virtudes, escenario de sus desdichas.
Todo cambió a partir de entonces. Lo nombraron subdelegado de Marina de La Chorrera y aunque su jurisdicción se extendía entre la Punta y la playa de Santa Ana, se le veía aparecer, en servicio del Apostadero e implacable con los defraudadores del fisco, en cualquier lugar de la costa. Fue tan eficiente en su gestión que el Conde de Villanueva, Intendente de Hacienda, lo autorizó a perseguir contrabandistas y a confiscar lo que intentaban introducir en la Colonia, así como sus medios de transporte. Se le autorizó además a moverse a Cayo Hueso en “diligencias propias”, lo que no fue más que un ardid para facilitarle la vigilancia y el apresamiento del balandro La Tonta, capitaneado por Antonio Mariño, desertor de la Cabaña y prófugo de la cárcel de Santiago de Cuba, que sembraba el terror y la muerte en poblaciones costeras. Marty lo sorprendió en cayo Cruz del Padre, el 2 de enero de 1831. El enfrentamiento fue violento entre las partes y Mariño cayó fulminado cuando intentaba escapar del tiroteo.
Este hecho, unido a su enfrentamiento al contrabando, valió a Marty un grado militar y todo género de consideraciones y la más decidida protección y confianza del Gobierno, lo que le permitió operar con plena libertad en lo que al tráfico de negros y yucatecos se refiere. Murió lleno de honores y condecoraciones: capitán de navío honorario, Gran Cruz de Isabel la Católica, Comendador de la Orden de Carlos IIII, secretario de cámara de Su Majestad, ayudante militar del distrito de La Chorrera…
Entre otras muchas propiedades, legó a sus hijos unos dos millones de pesos. En cuanto al Teatro Tacón, que les legó también, dispuso que su propiedad nunca saliera de la familia. Ya con el edificio en posesión de los herederos se decidió que el primogénito, Francisco Marty y Gutiérrez, se hiciera cargo de su dirección y administración. En definitiva, terminó por comprarles las acciones a sus hermanos y, a su muerte, ya poseía el 94 por ciento de las que estaban en juego. Se disolvió al fin la sociedad anónima. Compró la familia Marty la totalidad de las acciones y la operación la sumió en la insolvencia. Petra Pérez Carrillo, viuda de Marty Gutiérrez, no podría cumplir el deseo de don Pancho de que el coliseo se mantuviera siempre dentro del dominio de los suyos. En enero de 1899, junto con todas sus edificaciones anexas, lo vendió por solo 300 000 pesos a una compañía norteamericana.