El hombre que regresó de la muerte (II)

La tarde buscaba la noche cuando comenzó a llover en San Antonio de Baja. Uno de esos aguaceros de verano caribeño, que llegan con ínfulas de tormenta. Sólo el repercutir de la lluvia y algún trueno provocador, interrumpe el silencio del campamento. En el centro hablan en voz baja Calixto García y Félix Figueredo

Debemos desterrar la idea de un espacio despejado donde todos pueden verse. El lugar, como lo describió Félix Figueredo, era un terreno cubierto de grandes plantas de malvas, algunas de las cuales sobrepasaban la altura de un hombre. La visibilidad limitada favoreció lo que sucedió.

Habían arribado después de ocho días de marcha por terrenos difíciles y anegados en agua. La comida estaba “muy apretada” según la expresión mambisa. “Yo traía ochenta”, recordó Calixto, “pero los había mandado a buscar viandas al Zarzal”. En total no pasaban de veinte hombres. Fue exceso de confianza, criticó Enrique Collazo, quedar tan expuesto un jefe tan importante para la revolución.

El sargento Villareal cubría la posta del rastro. En medio del repiquetear de la lluvia sobre la vegetación, creyó sentir un ruido. Pensó que eran sus compañeros que regresaban con la ansiada comida.

La guerrilla montada en el rastro

El teniente Ariza era el jefe de la guerrilla asentada en el pueblo de Veguitas, lugar cercano a donde se encontraba Calixto García. Tuvo noticias de que había postes del telégrafo derribados.  Evidencias del paso de algún grupo de insurrectos. Nada más sabía Ariza.

Como correspondía, salió a explorar. No le fue difícil encontrar huellas en tierra tan húmeda por las lluvias de esos días. Se montaron en el rastro y así llegaron a San Antonio de Baja. El guía señala el montecito de plantas de malvas salpicado con algunos árboles. Con un gesto, el jefe de la guerrilla, ordena a la vanguardia que avance. A pasos lentos llevan las bestias para amortiguar el ruido.  El resto preparados con las armas en la mano.  La lluvia ayuda a confundir los sonidos.

Lo que escuchó el sargento Villareal, no fue a sus compañeros que volvían. Era la guerrilla de Veguitas.

La sorpresa

En el centro del campamento Calixto escuchó un disparo de Remington y la respuesta de una descarga cerrada. Luego un silencio. Todos buscan la reacción del general. Los pocos disparos y el silencio que sigue lo confunden. Piensa que la posta confundió a sus compañeros que regresan y cruzaron tiros entre ellos. Pero los centinelas llegan corriendo con la noticia. El enemigo está asaltando el campamento. El teniente español ordenó abrirse en alas a los suyos con la intensión de rodearlos. El rastro le hablaba de más de 60 hombres. Desconocía, que en esos momentos eran menos de 20.

Calixto comprende que los quieren copar. “Rabi, páralos, mientras nos retiramos.” A Figueredo: “Espéreme en la sabana”, Jesús Sablón Moreno, conocido como Jesús Rabí, con seis hombres intenta detener al enemigo. Pero este ya se desborda por varios puntos del campamento. Es una refriega dura. Un asistente le trae el caballo al general, pero los tiros espantan al animal antes que pueda montarlo. Rabí ni puede acudir en ayuda del general porque el enemigo se ha interpuesto entre ellos.

Pocos metros separan a mambises y guerrilleros. El capitán Planas es herido en sus dos piernas. Su ayudante, Joaquinito Castellanos, casi un niño, lo recuerda Fernando Figueredo, muere protegiendo al general. Calixto García no ha dejado de hacer fuego con su colt 44 regalos de Emilia Casanova Villaverde.  El tiempo se le acaba. Lanza desafiante una última mirada a la vida. Quizás, en ese instante, recordó a su tía Matilde cuando le trajeron el cuerpo sin vida del hijo caído en combate. “Lo prefiero muerto que prisionero”. Está decido a dar el salto hacia el gran misterio.

Colocó el revólver debajo de su barbilla. Nadie notó el leve temblor de su voz, ni la rápida palpitación de su nariz. En medio de la refriega lanza el grito, que se pierde en medio de la algarabía del combate: “¡Viva Cuba!”, y un disparo.

La sangre brota de la frente, la nariz y debajo del mentón. Un gran orificio dejó el plomo calibre 44 al salir entre ceja y ceja El agua de lluvia se mezcló con la sangre y juntas por el rostro y la guerrera. Un color violáceo se extiende por el rostro, que comienza a inflamarse.

¿Quién es ese hombre cubierto de sangre?

William Shakespeare

Cuando cesó el encuentro los guerrilleros escudriñaron el lugar en busca de botín. Entre la vegetación hay algunos muertos. No los 36, que puso en telegrama el eufórico jefe de la guerrilla de Veguitas. Pero uno de ellos valía por cientos. El teniente Ariza pide que le identifiquen el cadáver de aquel hombre alto y rubio, que por su indumentaria, debe ser un oficial. Le traen al comandante Juan L. Quesada, uno de los cuatro prisioneros que han logrado. “Ese hombre era el mayor general Calixto García Iñiguez”, dice el cubano haciendo un esfuerzo por ocultar la impresión que le causa la escena.

Sabía Ariza todo lo que ese trofeo podría significar para su carrera militar. Había dado muerte al jefe cubano de toda la provincia de Oriente. Él, sin la participación de oficial de mayor grado, que pudiera arrebatarle el mérito. Comprende debe moverse con prontitud. Era de pensar, que un oficial de tan alto grado debía tener fuerzas mayores en los alrededores. Ordena cargar sobre una bestia el cuerpo. Pero, ¿cuál no sería su sorpresa, cuando al intentar cargar el supuesto cadáver, descubrieron que Calixto estaba vivo?

Con tiras de telas cubrieron las heridas para detener el abundante sangramiento, que manaba de los orificios de las heridas. Por las fosas nasales la sangre brotaba sin cesar. ¿Por qué un jefe de guerrilla, los peores enemigos de los mambises curan a Calixto García y no lo rematan o lo dejan morir como era común para ellos? La muerte de un jefe tan importante le daría méritos y recompensas, piensa el teniente Ariza, pero entregarlo prisionero, ¿es de mucho más valor? Así la aspiración a una medalla deja en ese momento con vida un gran hombre.

Ascender por la escala del dolor

Muchas veces llegó Calixto García Iñiguez al umbral de muerte. Si impactante fue que no muriese de inmediato, no menos asombroso es que en ese estado, con el único cuidado de un rustico vendaje, soportara los 16 kilómetros de mal camino, que separan a San Antonio de Baja del pueblo de Veguita,

Cuando se recuerda este suceso, el análisis se concentra en el aspecto épico. Poco se habla del sufrimiento del ser humano. Durante el resto de su vida, Calixto García padeció las secuelas de esa herida. Dificultades para comer. Su voz quedó fañosa, como decimos popularmente. El orificio de salida del plomo se convirtió en una fistula por donde brotaba. Esa fue su otra guerra.  No sólo se venció las maniobras del enemigo, también supo vencer el asedio de su cuerpo.

En la próxima entrega hablaremos del proceso de curación y operaciones a las que se sometió el León holguinero. Lo haremos con el apoyo de doctores para que, desde la ciencia actual, nos expliquen ese proceso, que también es historia.

Vea además:

El hombre que regresó de la muerte (I)