Apuntes de viaje… ante una canción extraviada

¿El escenario? El trayecto en una ruta 69 rumbo a una impostergable reunión de trabajo. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

¿Cuántas reflexiones caben en un recorrido de apenas 30 minutos entre Santos Suárez y Playa? ¿Cómo hilar por escrito los múltiples pensamientos –no precisamente agradables- que puede provocar una canción? Esas y otras interrogantes, casi todas confusas, alteraron mi amanecer este jueves. ¿El escenario? El trayecto en una ruta 69 rumbo a una impostergable reunión de trabajo.

Cuando logré subirme en la guagua, la tercera desde que llegué a la parada, mi primera reacción fue de agradecimiento. La espera no había sido excesiva y en las bocinas del ómnibus –a un volumen aceptable, la verdad-, sonaba música cubana de la buena. Son, salsa, boleros… un menú variado y de calidad, sobre todo si se compara con la chabacanería rampante que asedia en una buena parte del transporte público capitalino.

Pero la sensación de paz duró poco. En medio del hasta ese momento agradable repertorio, apareció, reciclada desde alguna esquina del pasado reciente, una “joyita” de la creación musical machista que yo creía superada por las modas y -con suerte- por alguna apropiación incipiente de los discursos de equidad e igualdad de género.

“Dios bendiga a las mujeres/ Que le dan su fruto al mundo/ Con sacrificio profundo… / Si por esta razón difieres / Sacrificando el deber/ Sentenciada debes ser… / Dale a tu hijo querido el derecho de nacer…” Los versos me congelaron el espinazo. Mi primer pensamiento coherente fue para recordar a Vilma, cuyo natalicio celebramos justo ayer y que tanto batalló porque las mujeres de esta Isla tuvieran acceso libre, seguro y gratuito a las interrupciones voluntarias de embarazo.

“Malas las mujeres /Que abandonan niños / Se ponen a hacerlo con mucho sabor / Mira…/ Y después los dejan pasando frio”. La segunda reflexión apuntó al tremendo contraste entre los versos de marras y los titulares que por estos días capitalizan mucha de nuestra prensa, originados en las bien argumentadas propuestas del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) para construir ejercicios responsables de maternidad y de paternidad. O sea, tareas de equipo en la formación de una familia.

Entre acorde y acorde, a mis oídos llegaban las frases cortadas por el bullicio y los motores. Y a mi cerebro, una interrogante puntillosa. ¿Es que acaso no había padres en el universo de referencia del compositor? ¿No existían allí, en su mundo, hombres que abandonaron a sus hijas o hijos? ¿O que le dieron la espalda a su pareja ante un embarazo lamentablemente no deseado?

Hasta hoy, quizás por la renovación constante de las preferencias musicales, no me había detenido a pensar hasta qué punto puede llegar a ser misógina y machista una canción. El derecho de nacer, del venezolano Oscar D'León, clasifica como francamente agresiva si la miramos con los necesarios lentes violetas.

Por un lado, sublima la maternidad y encadena a las mujeres a la función reproductiva. Sin opciones. Por el otro, “bendice” a las mujeres “buenas”, sentencia a las que abortan y vuelve sobre el cliché maniqueo de culparlas por supuestas “infracciones”, “delitos sentimentales”, que más habitualmente de lo que se piensa suelen ser obra de dos, como el abandono infantil o la decisión de interrumpir una gestación imprevista. Al final, condena sin medias tintas, de forma clara y directa, la aprobación de esas normativas, tan luchadas en nuestra región, que legalizan el aborto.

Así, como si nada, la melodía de marras pone sobre el tapete público cuestionamientos muy imbricados en el discurso de los movimientos fundamentalistas que tanto daño han hecho –están haciendo- a los procesos encaminados a la igualdad social y el pleno ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos.

Obviamente, el “pollo del arroz con pollo” no está en la canción misma. Compuesta y popularizada hace décadas, poco podemos hacer desde el presente para cambiarla o desaparecerla. Lo preocupante es que esos mensajes profundamente patriarcales se están diseminando de forma acrítica desde el transporte público en un país como el nuestro -laico y de derechos según la más reciente Constitución-, que está echando rodilla en tierra por la igualdad y el respeto a la diversidad desde todas las acciones que importan.

Una mirada al escenario latinoamericano confirma cómo la emergencia de los movimientos fundamentalistas ha obstaculizado no solo la legalización del aborto en muchos países, sino empeños tan humanos como la educación integral de la sexualidad que previene embarazos adolescentes y hasta la propagación del VIH/sida y otras enfermedades de transmisión sexual. Por supuesto, en la mirilla de estos grupos permanecen, cual focus delirante, una tenaz oposición al matrimonio igualitario y al reconocimiento de las diversidades sexuales.

El debate tampoco es nuevo en este archipiélago caribeño. Especialistas en el tema, desde la academia y diversos espacios de diálogo social, han venido reflexionado y alertando sobre los peligros del posicionamiento público de estas ideas. A fines de 2019, el III Simposio de violencia de género, prostitución, turismo sexual y trata de personas, organizado por el propio Cenesex incluyó no una, sino dos mesas de trabajo para el análisis de movimientos y posturas antiderechos, justo por la importancia que le otorgó a esta creciente amenaza.

Manuel Vázquez Seijido, abogado y subdirector de este centro, detalló que el artículo 42 de la Constitución de la República reconoce la dignidad humana como valor supremo para interpretar los derechos humanos consagrados en el texto constitucional. “Ahí radican las herramientas para regular el espacio público, que es una manera de respetar la laicidad del Estado y los derechos humanos", precisó.

Más cercano en el tiempo, el Espacio Feminista “Berta Cáceres”, del Instituto de Filosofía, llamó “a vivir en tiempos de mujeres” con motivo del 8 de marzo de 2020, en un encuentro que apostó por poner en común ideas y acciones frente a la emergencia de las posturas antiderechos. “Vivamos en tiempos donde no aceptemos que las mujeres cubanas seamos víctimas de cualquier forma de violencia, y nadie decida sobre el control de nuestros cuerpos y nuestras vidas”, exhortaba la Declaración presentada en aquella ocasión.

No han sido las únicas experiencias, ni los únicos debates. Apenas son dos momentos que recordaba mientras escribía estos apuntes sobre ruedas. Casi a las puertas del referendo nacional para suscribir un Código de las Familias, en plural, con toda la inclusión, pero también con toda la responsabilidad que ello implica, no podemos darnos el lujo de enviar señales equívocas. Sobre todo, porque las leyes y la razón están de nuestra parte. Pero cada pequeño espacio que cedemos, cuesta.

El derecho al aborto y el empoderamiento de las mujeres como protagonistas son conquistas ganadas a pulso desde el triunfo de 1959, y refrendadas por estos días en el Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres. Una vez más estamos ante el desafío de integrar, de articular estrategias comunicativas múltiples, de cerrar filas para seguir conquistando espacios y derechos.