Estadísticas con lentes violetas

Enccuesta Nacional de Género, Cuba 2016. Portada. Imagen: ONEI.

¿Cuánto trabaja realmente una mujer? ¿Qué significa tener “tiempo libre” cuando se trata de ellas? ¿Crece la proporción de jefas de hogares? ¿La reducción de la brecha digital avanza pareja para ambos sexos? ¿Qué aporte hacen a la economía las llamadas amas de casa? Y, sobre todo, ¿qué significan exactamente todos esos números posibles, vistos desde perspectivas de igualdad?

Debatidas a menudo en entornos académicos e investigativos, esas y otras muchísimas interrogantes han alimentado una necesidad cada vez más evidente de nuestro tiempo: urge mirar las cifras con “lentes de género”.

La estadística ha sido, históricamente, una herramienta poderosa para promover cambios, sostener políticas y proyectos o tomar conciencia de la realidad social que nos rodea. Nadie lo duda. Pero cuando esa realidad se complejiza y diversifica, comienzan a hacer falta otros cálculos para describirla y entenderla.

“Al ser contados nos hacemos visibles", decía Ban Ki-moon, quien fuera hace unos años secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La frase, aunque en su momento aludía al valor enorme de los censos de población, describe como anillo al dedo la creciente necesidad de datos precisos, claros, para visibilizar las desigualdades entre mujeres y hombres.

No se trata solo de desagregar la información por sexo, sino de contar con indicadores complejos, combinados, que permitan identificar la situación de unas y otros en la economía, la política o la sociedad. En el camino de escudriñar la cotidianidad desde otras perspectivas, tener información por sexo vendría a ser solo el primer paso para construir datos que ayuden a comprender las brechas de género.

La economista Teresa Lara Junco, pionera en la producción de este tipo de estadísticas en Cuba, lo “descubrió” no solo por su labor profesional, sino también por “su experiencia personal cotidiana”.

"Me atrajo la posibilidad de reflejar, a través de los números, realidades de la cotidianidad de las mujeres cubanas que no siempre eran visibles", dijo hace unos años en entrevista con SEMlac.

"Esas tres o cuatro jornadas de trabajo que puede tener una mujer no se entienden hasta que no se realizan ", confesó la experta, quien fuera durante varios años una de las directivas de la actual Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI).

Adentrada ya en la búsqueda de indicadores que permitieran evaluar toda esa problemática, Lara confirmó la necesidad de metodologías comparables, que ubicaran a las mujeres en el contexto social de sus países y regiones.

Fue en 1975, durante la Conferencia Internacional por el Año Internacional de la Mujer realizada en México, donde se logró por primera vez el apoyo de los gobiernos a la necesidad de contar no solo con estadísticas sobre asuntos de mujeres, sino con cifras que mostraran las diferencias entre la población femenina y masculina.

Veinte años después, en 1995, la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing urgió a los servicios de estadísticas nacionales, regionales e internacionales a asegurarse de que los datos fueran recopilados, analizados y presentados por sexo y edad. Sin embargo, el desglose de las cifras entre mujeres y hombres sigue siendo una asignatura pendiente en muchas zonas del planeta. Ni hablar de los soñados indicadores de género.

Juan Carlos Alfonso, actual vice jefe de la ONEI y el demógrafo que ha conducido a buen puerto los dos últimos censos nacionales de población en Cuba, reconoce esa necesidad de construir datos más profundos, más reveladores.

"Hay que tener claro que los de género son indicadores construidos. Existe la noción equivocada de que sexo es igual a género. Eso es un error. Las estadísticas se dan por sexo y luego se procesan y se construyen los indicadores", dijo.

Las estadísticas son cifras. Responden a preguntas como ¿cuánto? ¿cuántas?  ¿cuántos? y aportan información desagregada en números, tasas o proporciones. Los indicadores, en cambio, se construyen a partir de varios datos y brindan información relevante para aclarar problemas del área económica, demográfica o social. Cuando se les suma el apellido “de género” significa, también, que deben reflejar las múltiples diversidades de mujeres y hombres y la manera en que estas se relacionan. Y tener en cuenta los estereotipos y las herencias culturales que marcan los sesgos de género.

En Cuba, una de las primeras experiencias en este tipo de cálculos fue un trabajo conjunto de la hoy ONEI con la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), a fines de la década de los ochenta del pasado siglo, que evaluó el cumplimiento de las estrategias de la Conferencia Mundial de la Mujer de Nairobi, de 1985.

Luego, entre 1997 y 1999 se incorporaron otras cuentas que incluían el tema de género, a raíz de los acuerdos de la cita mundial de Beijing. Pero probablemente la Encuesta sobre el Uso del Tiempo, en 2001 y, más recientemente, la Encuesta Nacional de Igualdad de Género (ENIG), realizada en 2016, resultan los resultados más trascendentes en materia de estadísticas de género en el patio. Estas investigaciones muestran, entre otros datos relevantes, la diferencia entre hombres y mujeres con relación al uso del tiempo y las cargas laborales, remuneradas o no, un asunto que ha sido casi focus delirante en este espacio.

Desde otros espacios investigativos del país, como el Centro de Estudios Demográficos (CEDEM) de la Universidad de La Habana, también se han registrado aportes. Este colectivo, en los últimos años, ha puesto la lupa sobre las estadísticas diferenciadas del cuidado, el bono demográfico y el de género, o las intersecciones múltiples de la fecundidad adolescente, por solo citar algunos ejemplos.

En los tiempos que corren, construir indicadores de género también puede aportar luces a los diferenciales múltiples que atraviesan la infección por SARS-CoV-2.

Este domingo se hablará mucho de estos temas en el archipiélago cubano. Como cada 6 de septiembre, quienes trabajan con cifras y números recibirán merecidos aplausos. Será su día, en recuerdo de aquel de 1970 escogido como momento censal del primer Censo de Población y Viviendas realizado después de la Revolución.

No será un homenaje formal, pues hay razones para celebrar. Las estadísticas que se producen en este lado del mundo han sido reconocidas como sólidas y confiables por organizaciones internacionales como las Naciones Unidas o la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Sin dudas, habrá un reconocimiento muy especial para la batería de profesionales que se bate, literalmente, con las estadísticas de salud en Cuba, en medio de las tensas condiciones que les ha impuesto esta pandemia sin precedentes. Y también para quienes desde la matemática y la demografía; la física, la epidemiología o la geografía, por solo enumerar algunos campos de estudio, se han articulado en frente común para producir datos que guíen el combate contra la COVID-19. Desde estas Letras… nos sumamos al homenaje.