A las 2:30 am, Laura –enfermera de guardia, veintiún años– despierta a los doctores Lissette y César. Hay una paciente desmayada en la puerta del cuarto; también es médico, por cierto, y estuvo todo el día disculpándose por las “molestias”. Con cada “gracias” yo solo atinaba a decirle un tímido “aquí estamos, doctora”.
Tras estabilizarla, vuelve la normalidad. Cuatro horas más tarde, Rita me despierta cuando siente un carro fumigando el hospital. 6:30 am. En 15 minutos sonará la alarma del teléfono. En 45, llegará la camioneta con el desayuno. “Nos vemos ahorita, chamaco”, dirán y arrancarán a la siguiente sala.
Desde aquí se siente el ruido de La Habana, los carros, la sirena de las ambulancias, la Plaza… Tan cerca y tan lejos, pienso. Dos fases distintas: recuperación afuera y batalla aquí adentro.
“El equipo médico cubano hace un esfuerzo sobrehumano atendiendo noche y día a los pacientes sospechosos y confirmados con coronavirus, pero si quienes están en la calle hoy no ponen su granito de arena en esta labor, no rendirán los frutos. Es sumamente necesario que todos se cuiden”, escribe Gabriela vía WhatsApp.
Alejandro "el ruso" y Camila limpian el portal delantero de la sala Mella. Foto: Antonio Pupo.
Hay que halar parejo, reza otra verdad de perogrullo. Ella y Mario son los personajes homónimos a mí y a Rita en la sala “Muñoz”, frente a la nuestra: “los del pantry”. En ese pabellón dos pacientes han sido confirmados con la COVID-19. “Positivo” es una palabra negativa en esta guerra.
Zuneya entra a la cocina y se le aguan los ojos por la sacrolumbalgia: “estar fuera de la casa y sentirse mal es lo peor”. Dice que como único alivia el dolor es poniendo el cuerpo en posición horizontal. Sin embargo, la enfermera apenas lo hace, quizás porque en el prontuario de la medicina cubana puede leerse: asistir al otro, ayudar siempre a los demás, salvar.
Por su parte, Yelena corre con la agilidad de sus diecinueve años cada vez que un paciente está adolorido. Pupo pregunta al paciente de la cama 13 los nombres de las personas con las cuales tuvo contacto antes de comenzar los síntomas. Hay gente que no tiene horarios. “Me quito el sombrero ante ustedes”, señala Alejandro “el ruso”.
Justo a las nueve de la noche, unos niños de las casas contiguas al hospital gritan: “¡Vivan los médicos!”. Aplaudimos. Camila también lo hace y se queja de que anoche su índice de la mano izquierda tuvo un accidente con las aspas del ventilador. Gabriela publica en WhatsApp el diálogo final de este martes con su madre, cuando esta le dijo: “Cambio y fuera. Descansa, soldado”.