Alamar, en el municipio Habana del Este, es un punto de salida desde la capital hacia la provincia de Matanzas. Foto: Naturaleza Secreta.
Demoré 13 horas de La Habana a la ciudad matancera de Cárdenas. Lo mismo que un avión de la capital cubana a la rusa, al otro lado del mundo. Para ser más preciso, un vuelo de La Habana a Moscú dura 11 horas a 550 kilómetros por hora y 35 mil pies de altura. Yo estaba en tierra, a una velocidad nula y tardé más de la mitad de un día –780 minutos– para recorrer tan solo 150 kilómetros.
Estoy parado en Alamar desde las tres de la tarde. Nunca antes tuvo tan visceral significado el llamado “intermitente” (semáforo) que hay aquí. Los carros que van hasta Matanzas le hacen odas a la flasheante luz que regula el tránsito en esta zona de La Habana. Así son: intermitentes, esporádicos. Es viernes 20 de septiembre de 2019.
Javier, estudiante del Instituto Superior de Relaciones Internacionales y viejo amigo del preuniversitario, me acompaña desde que comenzó el trayecto en la terminal de ómnibus, poco antes de las once de la mañana. Cual chamaco seguro y de decisiones propias me hizo entender que el número 348 en la lista de espera hasta la ciudad de los puentes no era esperanzador. Así que me arrastró consigo a tomar la ruta P11 que conecta municipios separados por el túnel de la bahía.
En Alamar la cola no pasa las 30 personas. La patrulla de la policía detiene todo vehículo estatal que avizoran. Dicen que están aquí desde la 1:00pm y con ellos la gente, que los ve como un ente salvador de la providencia.
“Si para una guagua, una sola, nos vamos todos”, pensé. Y hoy sé que solo fue eso: un pensamiento, una idea tonta y sin sentido, hueca, aunque no carente de lógica.
La cola avanzó de a poco. Dos para Matanzas por aquí, uno por allá, los que quepan en un camión abarrotado a cincuenta pesos… Hubo quien, como nosotros, dejó ir al camión porque el precio del pasaje no era racional, viajaríamos de pie y, por sobre todas las cosas, aún estaba viva la confianza en que algo –no sabíamos qué– iría hasta nuestro destino.
Entre carros para Guanabo, Tarará y Mar Azul se detuvo uno hasta Matanzas y pidió tres personas, justo las que iban delante de nosotros. No sé qué cara pusimos, pero fue, tal vez, la del atleta que roza el podio y termina en cuarto lugar, sin medallas.
A las 5:47pm estábamos en punta. Roxana, una estomatóloga en potencia que había llegado unas horas antes, se encaprichó en comprar dulces cuando toda el agua se había acabado. “Matanzas, tres, aire acondicionado”, repetía como un mantra. Era la tríada perfecta: tres personas a Matanzas, ¡y con aire acondicionado!
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A veces, la solución radica en sacar bien las cuentas. A las once de la mañana una mulata treintona me dijo en la terminal que un tren salía para Matanzas a las ocho de la noche. Son las 8:17 minutos y sigo en Alamar. Lo único que se ve es el intermitente del semáforo, las luces de los carros y la baliza azul de la patrulla. Ingenuo quien pensó que a esa hora estaría en casa.
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Busco en los contactos. Recorro el alfabeto completo y decido llamar a Tony Ávila. Va para Cárdenas, pero lleva el carro lleno. Para. Y traza todas las estrategias que puede, las más variopintas de quien se aferra a no dejar botado a nadie. Pero la física indica que en el espacio del carro no cabe otro cuerpo.
El optimismo, como el de Tony, nos lanzó a Alamar, por donde todo transporte pasa, por donde todo para, si hay policía. El pesimismo, tras once horas de espera, me hace pensar en Junior, que vive cerca. Saco el móvil. Me veo durmiendo en su casa. Mañana me despierto temprano y vuelvo a intentarlo –pienso. Trato de mandarle un mensaje de texto cuando se me apaga el celular porque las baterías, como las personas, también se cansan de tanto ajetreo.
Javier casi no habla. Roxana solo ríe mientras dice: “Matanzas, tres, aire acondicionado”. Y tanto lo repitió que a las 9:12pm paró un carro de alguna empresa que no pudimos identificar. Pide tres personas hasta Varadero. Y viajamos con aire acondicionado. En la cola aún queda gente.