Ilustración: Edilberto Carmona Tamayo/ Cubadebate.
Relato seleccionado de la convocatoria titulada "Lo que me contaron mis padres", un incentivo de Cubadebate para recopilar las historias de nuestras familias, de sus vidas, la memoria de la Revolución.
- TM.61 dijo:
Según el registro notarial, mi padre nació en un lugar llamado Tiguabos, en la actual provincia de Guantánamo, en el 1926. Este dato no es fidedigno pues, según sus hermanos mayores, mi padre ya caminaba cuando un personaje que hoy llamaríamos “gestor de votos”, y que creo que por entonces se le llamaba “sargento político”, llegó al cafetal donde en ese momento, de manera itinerante, se encontraba mi abuela, descendiente de canarios emigrados, viuda, y con siete hijos sobre sus enclenques hombros, una hembra y seis varones (de los que mi padre era el menor).
Acompañado de un juez, por tan solo el módico precio de las cedulas de todos, y un peso o dos de “compensación”, inscribió a la mitad de los muchachos. Ganando así mi abuela unos cuatro pesos para garantizar comer caliente los próximos dos o tres días, sin saber que a cambio aseguraba, con la elección de otro politiquero, que su situación de penurias se perpetuase en el tiempo. Me cuenta mi padre que entre los diferentes lugares por los que mi abuela “rodó” estuvo el llamado Realengo 18.
Pasó un tiempo hasta que mi abuela, con lo poco que logro reunir y la ayuda de alguna buena persona (que en Cuba siempre las ha habido), logró hacerse de un terrenito pequeño en el pueblo. En la calle Santa Rita, creo que Norte. Me cuenta mi padre, aún vivo con sus 92 y medio junios, que recuerda pasar días sin que a la casa hubiese llegado nada para echar en el fogón. Por supuesto, con tanta desnutrición acumulada no eran hombres fuertes, por lo que difícilmente “clasificaran” en esos sorteos que se hacían en las esquinas cuando los capataces de obras buscaban mano obrera entre el inmenso ejército de desocupados.
Mi padre y los hermanos más pequeños, en lugar de ir a la escuela, salían desde temprano a desandar las calles del pueblo cargados de alpargatas fabricadas por los mayores, a 5 centavos el par, y generalmente viraban por con la carga sin vender. Yo no podía evitar recordar ese pasaje cada vez que oía la canción de El Gibarito.
Mi padre enamoró a mi madre cuando tenían apenas 19, él, y 16 ella. Mi madre era hija de negra descendiente de africanos y de un español emigrado muy joven que había logrado hacerse, con mucho trabajo y sacrificio, de dos bodegas pequeñas. Se había arruinado tiempo después, no solo por causa de la competencia de los grandes almacenes sino también por las cuentas sin pagar de los no pocos pobres a los que el buen gallego les fiaba. Mi abuelo, bastante mayor que mi abuela, murió y la dejó con deudas y ocho hijos que mantener. Mi madre, la mayor, tuvo que dejar sus estudios de bachillerato (preuniversitario de hoy), para ayudar confeccionando flores o cociendo para la calle.
Mis padres se casaron y tuvieron su primer hijo en Guantánamo. La situación de miseria persistía. Quien hubiera sido mi hermano mayor murió a los dos años de edad. Contaba mi madre que le dio una fiebre muy alta con convulsiones. Los llevaron a la casa de socorro y un médico les recetó un medicamento que costaba dos pesos, pero no aparecieron los dos pesos. Cuando uno de mis tíos pudo aparecerse con los dos ansiados pesos, ya era tarde, el niño había muerto. Por supuesto, ninguno de mis hermanos ni yo conocimos al primogénito, mas a mí siempre me impresionó como a mi madre, ya anciana, se le aguaban los ojos cuando recordaba aquel momento.
Mi padre, en cambio, me solía decir que después del triunfo de la Revolución, cuando supo que los seres humanos pueden y deben vivir de otra manera, sentía vergüenza y culpa al recordar la resignación con la que había acogido la pérdida de ese primer hijo: “Ese es el designio de Dios. Somos pobres, qué vamos a hacer. Dios no quiso que encontrásemos esos dos pesos a tiempo. Ahora mi hijito es otro angelito”.
Mi madre estaba embarazada de mi hermana mayor cuando perdieron su primer hijo. Entendieron que no había opciones de mejora en Guantánamo en esos tiempos. Habían oído de otros coterráneos que habían marchado a La Habana en busca de fortuna y se oían rumores de que había más oportunidades de trabajo. Él partiría y desde allá le mandaría la ayuda en dinero a mi madre.
En el ‘54 mi padre decide partir a La Habana. Un conocido de la familia le había prometido ayuda una vez que llegara. Los primeros tiempos el amigo de la familia le consiguió un lugar donde dormir en una pensión a cambio de que limpiara el establecimiento y ayudara en la cocina, entre otros menesteres. No ganaba nada. Salía a buscar empleo en lo que fuese: fregar carros, limpiar botas, vender periódicos y, muy raras veces, en la construcción. Logró hacer unos pocos pesos a los casi cuatro meses de estar en La Habana. En ese tiempo jamás llamó a mi madre, ni envió un telegrama para ahorrar lo máximo posible. Para cuando se vino a comunicar, ya allá, en Guantánamo, las habladurías decían que la había abandonado, lo cual no era raro que pasase.
No fue hasta el ‘56 que mi viejo decidió que mi mamá viniese con él para La Habana y dejara a mi hermana con mi abuela materna allá, hasta que no se asegurasen en la capital. En su rodar vivieron en la Ermita de los Catalanes (no eran pocas las historias que me contaban de ese lugar).
Mi mamá me contaba que en una ocasión estuvieron alquilados en un cuartico muy pequeño donde apenas si les cabía una pequeña cama y una mesita, y no cabía ni el pequeño reverbero, por lo que cocinaban afuera. Todas las mañanas el dueño de la cuartería pasaba frente al cuarto con una vaca que sacaba a pastar, y cada mañana, contaba mi madre, la vaca daba una tángana porque quería meterse dentro del cuartico donde vivían. Una vecina del lugar, al ver cómo se ponía mi madre de molesta con el animal, le contó que antes de que el dueño lo habilitara para alquilar, ese cuarto era el establo de la vaca.
En otra ocasión, luego de casi haber perdido las esperanzas de conseguir algún dinero que les permitiera comer algo en el día, se apareció mi padre con unos centavos que hizo y gracias a eso compraron un poco de “mondongo” (vísceras) de cerdo y un poco de papas, y con eso mi mamá cocinó un “compuesto” en el reverbero, afuera del cuarto. Dos perros con tanta hambre como ellos, en un descuido de mi madre, se fajaron por comerse aquello y en la bronca terminaron virando la cazuela sobre el fango del lugar. Mi padre me hacía el cuento, yo grande ya, y sonreía, pero me decía que la tristeza y el desaliento que sintieron fue tan grande como la pérdida de un ser querido, al ver cómo aquellos animales devoraban los pedacitos de carnes que ellos ilusionados esperaban comer.
A decir verdad, no sé cómo mis hermanos habrán interiorizado estas vivencias, pero a mí no me es difícil llegar a sentir esa misma hambre y esa misma desesperanza al ponerme en su piel, mucho más aun después que fui padre.
En el ‘57 le comenzó a sonreír la fortuna a mis viejos. Desandando las calles conoció a un viejo que le propuso trabajar como ayudante de encargado en el edificio que está justo frente al Capri. La plaza en realidad seguiría a nombre del viejo, lo que este le daría una parte del salario a mi padre para que este fuera el que hiciera el trabajo. A golpe de disposición para hacer cualquier trabajo, además de los centavos extras que se buscaba por hacer encargos a los inquilinos del edificio (no eran gente de poca monta, entre otros, mi padre conoció ahí a Jorge Negrete y a Korda, este último tenía un estudio fotográfico).
Llegó el momento en que el encargado principal le ofreció ocupar la plaza de encargado, pues él ya se iba a retirar. Estando en ese edificio había aprendido a manejar y el dueño del edificio (un hombre que había sido, o era, senador de la república, y que los estudiantes universitarios lo tenían catalogado como uno de los mayores ladrones del erario público, de apellido Suárez-Rivas) le propuso que fuese chofer de su esposa. Para ese entonces, mis padres vivían en un barrio de pobres que existía en las márgenes del río Almendares.
Mi papa recuerda aún con rabia que en una oportunidad, en que por razones que no recuerda hubo de manejarle el carro al senador, era por tiempo de Reyes Magos y él le dijo a mi viejo que lo llevara a El Encanto para comprar una muñeca para su prostituta del momento como regalo de Reyes. Al llegar a la tienda, mi padre le propuso que le adelantara la paga del mes porque quería comprar una bicicleta para mi hermana, que ya estaba en La Habana con ellos (mi segunda hermana ya estaba nacida aunque pequeña). Aquel hombre millonario, con voz paternal, le puso una mano en el hombro a mi padre y le dijo:
–Ñikito, Ud. es un hombre honrado y trabajador, no acostumbre a sus hijas a tener más de los que su salario puede comprar.
Y no le adelantó el salario, y entró y compró una muñeca que le costó 200 pesos de la época.
Este señor, Suárez-Rivas, estuvo en Cuba hasta después del triunfo de la Revolución. Para ese entonces ya mi padre se había incorporado a las milicias, y como miliciano estaba perennemente con el uniforme, y con este puesto continuaba manejando para el exsenador, quien para ese entonces, viendo los giros que había dado Cuba, estaba más comunicativo y humilde.
En una ocasión en que mi padre conducía el chevrolet impala para el bufete del “patrón”, al pasar por una de las calles donde gente del pueblo demostraba su efervescencia revolucionaria, con sus uniformes de milicias, sus armamentos y su disposición de defender la Revolución contra cualquier agresión, el Dr. le comentó a mi padre:
–Esto que está haciendo Fidel es Comunismo, y es increíble cómo el pueblo puede apoyarlo para que él logre hacer eso. Verás cómo el país va a ir para peor. Le quitarán los hijos a los padres y ya tú no podrás criar a tus hijas como tú hubieras querido.
Mi padre, un hombre sin letras pero con una inteligencia natural que pudo haber dado para mucho más, le contestó sin dejar de atender al timón:
–Dr., si usted está amarrado en un tanque que se está llenando de agua, y usted sabe que va a morir ahogado, y de repente llega otra persona que le dice que lo va a sacar, pero quien ya lo tenía le dice que tenga cuidado, que lo va a matar, ¿qué Ud. haría, se quedaría en el tanque a esperar a ahogarse, o se iría con ese que lo saca, aun corriendo el riesgo de que lo mate?
Después de la victoria de Girón, el exsenador, un hombre para nada bruto, se convenció de que acá no le quedaba más que hacer y partió.
Mi padre combatió en Girón y luego en las dos limpias del Escambray. Después se incorporó a la Policía Nacional Revolucionaria (yo nací en el ‘61 y lo recuerdo manejando la patrulla cuando eran los Ford heredados de la policía anterior). Tuvo que dejar la policía en los tiempos en que el salario que le pagaban lo tenía apretado para mantener a la familia y pasó a trabajar en el puerto pesquero de La Habana.
Militante del Partido desde esos tiempos, hoy me regaña cuando entiende que no estoy haciendo todo lo necesario para garantizar que tiempos como aquellos que él vivió no vuelvan jamás a esta tierra.