Esos mismos muchachos, veinteañeros, abordarán a la mañana siguiente un jet privado que los llevará de compras a Rodeo Drive, tres manzanas de Los Ángeles repletas de tiendas de lujo. Por la noche estarán en Las Vegas, presenciando en primera fila una pelea del boxeador Manny Pacquiao y, al día siguiente, si quieren, si tienen humor, podrán navegar por el Caribe en yate. El resto de los mortales que no han sido bendecidos pueden seguir las andanzas de estos seres divinos a través de la página web Mirrreybook, un lugar que comenzó siendo una galería para ridiculizarlos hasta que los propios mirreyes comenzaron a utilizarlo como plataforma para dar a conocer sus excesos.
Los hay que no se publicitan en Internet pero la prensa se encarga, cada cierto tiempo, de ponerlos en evidencia: el líder del sindicato de trabajadores de Pemex, la petrolera estatal, le regaló a su hijo José Carlos un Ferrari valorado en casi dos millones de dólares. “El mirrey tiene una enorme necesidad de hacerse notar. El resto tenemos que ver que tienen los mejores coches, viajan a los lugares más exclusivos, se visten con la ropa más cara. Esa ostentación le permite pertenecer a un círculo de gente poderosa que los va a proteger”, cuenta Ricardo Raphael, el autor de Mirreynato, un libro que analiza el fenómeno.
Basta con darse un paseo por el aparcamiento de una de las universidades mexicanas más caras para darse cuenta de que hay un puñado de jóvenes que se está dando la gran vida y no tienen ninguna intención de ocultarlo. La corte de guardaespaldas, con la pistola haciendo bulto en el sobaco, aguanta la solana mientras resguarda los coches de lujo hasta que sea la hora de salida. Las estudiantes subidas a tacones Louboutin caminan con poderío por el pasillo que lleva hasta el patio central de la institución.
Es cierto que hay una generación de jóvenes que ha estudiado en los mejores colegios, ocupa un sillón en el consejo de administración de grandes multinacionales y crea las empresas sociales más importantes del país. Muchachos con cabeza que aprovecharon la cómoda posición de sus padres para desarrollar su talento en el mundo empresarial o artístico. Son la otra cara de la clase alta mexicana más púbere. El mirrey, sin embargo, llama mucho más la atención y luce desfasado en una nación con una desigualdad evidente (53 de los 122 millones de mexicanos viven en la pobreza). La mayoría, hijos de políticos beneficiados con contratos públicos y sindicalistas corruptos, cuando no narcotraficantes en ascenso, no tiene recato para exhibir la herencia que les cayó del cielo.
El mirrey tiene figuras a las que admira e imita en la medida de lo posible. El cantante Luis Miguel es una de ellas. Con su bronceado-carbonizado permanente, sea verano o invierno, los dientes blanquísimos y un tupé a prueba de cualquier ventolera, El Sol despierta la admiración de estas hordas de jóvenes. Otros personajes satélites de Luis Miguel, como el actor de telenovelas Roberto Palazuelos, han llevado las maneras del mirrey hasta la caricatura. Hijo de un mexicano y una francesa, se hace llamar El Diamante Negro y, a falta de que un médico lo diagnostique, a simple vista pareciera que sufre tanorexia. En un país donde hay negros, blancos y mestizos, Palazuelos es naranja.
En los últimos años se ha comparado a los mirreyes, los antiguos júniors, con otras tribus urbanas como los hipsters, los emos o los punk. Se veía como una moda más, unos personajes curiosos, incluso por los que uno puede sentir compasión. “¡No!”, dice indignado Ricardo Raphael, “esta es la tribuna que se asume elegida. Es de una enorme frivolidad y es enormemente discriminadora. A mí no me parece un bicho inocente: es una muy mala cara de la sociedad mexicana”. La teoría del escritor y periodista es que los mirreyes son producto del Mirreynato, un régimen donde predomina la desigualdad, la impunidad, la prepotencia y el desprecio por la cultura del esfuerzo. “Es un modelo en el que todos los mexicanos, de alguna manera participamos”, sentencia.
La tarjeta negra de American Express, un grado más que la codiciada platino, tiene algo de leyenda urbana, de objeto preciado casi inalcanzable. Tan difícil de ver como los billetes de 500 euros. “Solo se consigue por invitación”, dice un gerente de la empresa en Londres. La compañía creó el plástico en 1999 con el aura que rodea lo misterioso y lo codiciado, pero no imaginaba que acabaría luciendo, restregada en saliva, en la frente de unos adolescentes pretenciosos que solo quieren emborracharse.
(Tomado de El País)