De cualquier modo –y espero que para alegría de todos—la primera lección que podríamos aprender de la maestría de esta gran artista es algo tan simple y lavado, tan libre de estereotipos, como lo es esa verdad elemental y milenaria que nos alumbra el camino con luz larga cuando tomamos conciencia de que, en las cosas del arte, en primera y última instancia, estamos gobernados por dos categorías capaces de matar fantasmas y derrumbar imperios, de echar a andar el corazón sin un latido de menos; esa verdad como un templo que nos enseña a reconocer dos únicas categorías aflorando como diosas ante cualquier intento, acuñadas en dos extremoss: lindo o feo.
Todo aquello marcado durante los cincuenta años de entrega a la música de Miriam Ramos: la manera de abordar una canción ajena, el arte de componer e interpretar las propias; el diseño, pieza a pieza de una de las discografías más coherentes con que podamos hacer historia; la saludable noción acerca del valor que puede desprenderse de un manejo inteligente y sensible de medios como la radio y hasta alguna excelente incursión en el camino de la actuación, amenaza con recargar la balanza hacia un nuevo diseño donde todo el peso se ha inclinado siempre hacia un solo lado que es el de lo lindo, lo bueno, lo preciso, lo impecable.
Precisamente a la altura de esta conmemoración, Miriam Ramos nos está haciendo entrega de una descomunal pieza discográfica con esa trilogía abarcadora del devenir de la canción cubana, justamente nominada para los premios que otorga el certamen Cubadisco 2013. Más allá del buen deseo y los votos por una justa valoración al respecto, lo más lindo que merece el primer capítulo de esta serie motivada por los cincuenta años de entrega total de Miriam Ramos a la música, será el agradecerle su empeño en legarnos una obra como la suya, sin aspirar a otra cosa que darle forma, sentido y figura para luego hacernos una entrega amorosa y digna. (Continuará)
Almendares, 12 de mayo de 2013
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