Textos: Mónica Rivero, estudiante de Periodismo
Una ciudad es una prolongación de cada uno de sus habitantes, es una gran casa que se les parece, que reproduce sus características, que registra en ella su historia -la historia "grande" y trascendente, y también aquella más discreta: la pequeña, cotidiana historia de todos los días-.
Una ciudad es el cuerpo de una idiosincrasia, la dimensión física de una manera de vivir, el plano sobre el que se proyecta la vida, el espacio donde se manifiestan anhelos, sueños, frustraciones, esperanzas...
Una ciudad está viva, tiene personalidad, tiene rasgos que la hacen única y rasgos que la hacen común. Como las personas, tiene memoria; y como las personas, solo sabiendo de dónde viene podrá saber a dónde va.
La Habana es una ciudad.
En los talleres de conservación de la Oficina del historiador pueden verse los rostros de quienes la asisten en su mirada retrospectiva (y no por eso sin proyección de futuro); los rostros de quienes la ayudan a recuperar el brillo, a conciliar lo nuevo y lo viejo, a rescatarse y refundarse; los rostros de quienes, en fin, trabajan por que sea una ciudad de ayer, de hoy y de todos los tiempos.
De vuelta a la vida
Pasado no es sinónimo de olvido. Esto es algo que los arqueólogos tienen muy presente, por eso no cejan en su empeño de revelar misterios y rescatar partes del ayer para devolverlas a la vida, esta vez con un sentido distinto: contar a los contemporáneos la historia de su pasado.
En el claustro de muros y pisos yacen -en silencio y oscuridad, más allá del alcance de la simple vista- restos de momentos que nos han dejado, restos que están fuera de su tiempo, pero que han permanecido en su espacio. Sacarlos otra vez a la luz y darles un nuevo destino es el trabajo que atestiguan estas imágenes:
Antes de que las edificaciones del centro histórico entren en proceso de restauración, se exploran todas sus áreas en busca de objetos de valor arqueológico; la voluntad de rescatar un último mensaje desde el pasado y hacerlo llegar hasta hoy. Foto: Alejandro Ramírez
El trabajo debe ser extremadamente cuidadoso para no dañar las piezas que puedan encontrarse más allá de la superficie. Foto: Alejandro Ramírez
Pedacito de ayer. Foto: Alejandro Ramírez
Equipo. Foto: Alejandro Ramírez Foto: Alejandro Ramírez
Una vez trasladadas desde el lugar de excavación, las piezas se lavan para retirarles partículas de suciedad. Foto: Alejandro Ramírez
Piezas completas o fragmentos de ellas son catalogados para su clasificación y estudio. Foto: Alejandro Ramírez
Fichaje para posterior restauración. Foto: Alejandro Ramírez
Taller de restauración. Foto: Alejandro Ramírez
Con estricta fidelidad a la forma original de las piezas, son compuestas y reparadas. Foto: Alejandro Ramíez
Nueva vida, testimonio que nos llega gracias a una labor de rescate y preservación. Foto: Alejandro Ramírez