La voz de Yemayá es como la de los humanos

Yemayá, Virgen de Regla

Entrevista con la santera Regla

R.M.L.G.: ¿Cómo fue su iniciación?

Regla: ¿Te puedo pedir algo?

R.M.L.G.: Sí, ¡cómo no!

Regla: No me hagas recordar aquellos momentos que, por razones que no tienen que ver con la religión, pasé muy mal. Por favor, no sé si entiendes...

R.M.L.G.: No hay problema, discúlpeme... Pasemos a otra cuestión: ¿por qué número usted habla con Yemayá?

Regla: Por el 7.

R.M.L.G.: ¿Y cómo es que lo hace?

Regla: Eso es bastante complicado. Los santeros experimentados tiran piedras y leen. Yo nunca me he dedicado a resolverles problemas a los demás, porque con los míos siempre he tenido más de la cuenta. Entonces, cuando yo he hablado con esas santeras me han contado que sí, que ellas tiran piedras... Espérate, piedras no, cocos, pedacitos de coco. Pero yo no lo necesito, porque lo mío es directo, de tú a tú. Y quiero decirte que las respuestas de Yemayá también son directas. Más directas no pueden ser. A veces yo me quedo impresionada, porque yo le pido tal cosa y de pronto eso está resuelto.

R.M.L.G.: ¿Qué tipo de peticiones son las que le hace a Yemayá?

Regla: Bueno, que cuide por mis hijos; que me dé salud para cuidar a éste [señala al esposo, aquejado del mal de Alzheimer, inmóvil en un sillón]; que mis nietos no salgan descarriados; que me dé fuerzas para levantarme todos los días. Yo padezco hace treinta años de artrosis generalizada. Eso es algo así como un desbarate generalizado, es insoportable.

R.M.L.G.: Y ahora que habla de enfermedades, ¿a quién va a ver cuando se enferma? ¿Yemayá la ayuda?

Regla: Bueno, yo no soy de esas viejas que siempre están enfermas. Mi problema es la artrosis, pero por lo demás, gracias a Yemayá, soy bastante fuerte.

R.M.L.G.: Pero, ¿y cuando se ha enfermado?

Regla: En esos casos, uno tiene sus remedios. Pero para mi artrosis yo a donde voy es al hospital, porque es donde único me dan los calores. Pero la mayoría de las veces se resuelve aquí en la casa.

R.M.L.G.: ¿Y su madrina y su padrino?

Regla: Bueno, los dos son muertos. Pero siempre tuve todo el apoyo de ellos. Eran unas personas muy buenas. Me ayudaron mucho. Tengo muy buenos recuerdos, al igual que de mi madre y mi padre.

R.M.L.G.: ¿Ellos le orientaron usar algún tipo de medicina?

Regla: Sí, para mi madrina lo único que curaba de verdad son los remedios de los curanderos. Ella decía que los hospitales eran cosa de lujo, de los ricos, que para uno curarse, con un buen curandero bastaba. Y eso es verdad, porque yo tengo muchas pruebas, con mis hijos, con mi propia madre y conmigo misma. Ahora, también te digo que cuando no hay remedio, no hay remedio. Cuando ese hombre empezó con su enfermedad, a donde primero yo lo llevé fue a un curandero. Ese señor, que tiene tremenda experiencia, me dijo: "Mira, éste es un caso de médico y de hospital." De primera y pata, yo me resistí. Antes de llegar a los médicos, fui a tres curanderos más. Pero todos me dijeron lo mismo. Entonces fue que me convencí que debía ir de verdad. Pero yo no te voy a hacer los cuentos, porque nunca voy a terminar. El caso es, en conclusión, que ese infeliz no tiene remedio ni por una vía ni por la otra.

R.M.L.G.: Alguna anécdota de su vida que tenga que ver con Yemayá...

Regla: Todo en mi vida tiene que ver con Yemayá, antes de hacer santo y después. Aquí, en esta libreta, que tú ves que es exageradamente gorda, porque está todo lo que tiene que ver conmigo y con mis padrinos... Por acá hay algo sobre algunos ahijados, de lo más interesante.

R.M.L.G.: ¿Me puede prestar la libreta?

Regla: No es posible. Yo te puedo prestar cualquier cosa, pero esta es mi vida. ¡Imagínate! Como te decía, cualquier cosa en mi vida tiene que ver con Yemayá...

R.M.L.G. Alguno de esos acontecimientos...

Regla: Mira, un día yo estaba con mis tres hijos en una casa de mi familia que está cerca del mar, allá en Cienfuegos. Por la noche, el día que llegué me acosté temprano, porque llegamos cansados, y empecé a soñar cosas muy raras. De repente, una imagen se me apareció. Esta imagen no era de ningún santo y me retumbaba en el oído una frase que repetía constantemente: "Regina, vete, vuelve a La Habana..." Yo te digo que no sabía por qué me estaba alertando, porque otras veces uno se da cuenta de las cosas y hace caso de los consejos. En esta oportunidad, yo no sabía por dónde venía. Bueno, en fin, yo no me fui, porque fui hasta allá, a casa de mi familia, para pasar unos días, que hacía tres años que no los veía. Y el resultado fue que, por estar yo y mis hijos en casa de mi hermana, mi cuñado tuvo que ir a dormir todos esos días a casa de un hermano suyo, porque no cabíamos.

El segundo día, con la crecida del mar, producto de las lluvias que estaban cayendo, mi cuñado resultó ahogado mientras dormía. Te puedes imaginar, nadie pensó que los culpables éramos nosotros. Sólo Yemayá me dijo en otro sueño que hay desobediencias que cuestan caro.

R.M.L.G.: ¿Yemayá tiene voz?

Regla: Siempre ha tenido voz. Si no, ¿cómo pudiera comunicarse con nosotros?

R.M.L.G.: Pero voz tienen los hombres...

Regla: Y los santos también.

R.M.L.G.: Entonces, ¿es humana o semejante a los humanos?

Regla: No, no. Yo hablo con mi sopera y ella me contesta. Si no, ¿para qué voy a hablar? Pero jamás me he imaginado una cara como la de nosotros. Pero la voz sí es como la de nosotros.

R.M.L.G.: ¿Qué usted siente cuando oye hablar a Yemayá o se da cuenta de su presencia?

Regla: Imagínate, mi hijita, es algo que no te puedo explicar. Es algo muy grande.

R.M.L.G.: ¿Y usted nunca usa caracoles para hablar con ella?

Regla: No. Algunas amigas mías sí. Pero como los problemas que yo hablo con ella son siempre personales, no me hace falta. Mis amigas sí, porque ellas consultan, se dedican a eso. A mí Yemayá me responde cuando yo le pregunto.

R.M.L.G.: ¿Me puede precisar cómo usted hace para hablar con ella?

Regla: Sí, me paro frente a la sopera y le digo o le pregunto lo que quiero. Porque casi siempre es algo que yo quiero saber. Y me dice siempre lo que yo quiero. Claro, yo soy una hija muy preocupada, siempre la estoy atendiendo y preocupándome por ella.

R.M.L.G.: ¿Siempre se dirige a ella en español?

Regla: ¿Y en qué idioma le voy a hablar?

R.M.L.G.: En yoruba...

Regla: Mi hijita, pero yo no soy africana, yo soy cubana.

R.M.L.G.: ¿Yo podría oír la voz de Yemayá?

Regla: Claro, te pones y hablas con ella, y ella te responde siempre.

R.M.L.G.: Pero yo nunca la he oído...

Regla: ¡Ah...! No te habrás puesto para ella.

R.M.L.G.: ¿Y qué tengo que hacer?

Regla: Hablarle tú, porque ella no va a venir de gratis a decirte... ¿qué cosa? Tú le hablas, le pides, le conversas tus problemas, te concentras y oirás cómo te dice lo que tú necesitas. Claro, tienes que ponerte delante de ella.

R.M.L.G.: Pero yo no tengo una Yemayá en mi casa...

Regla: No importa. Vienes aquí. O vas a cualquier otra casa de algún hijo de ella, y le pides y le hablas, y ya tú verás.

(Quinta parte y final)