Los patakíes entre el tiempo de los lucumises y el tiempo este que corre (II)

(En colaboración con Rubén Zardoya Loureda)

Decíamos que los deslizamientos de sentido, las modificaciones y las alteraciones que opera el tiempo en el tejido discursivo de los patakíes, no quitan el sueño a los religiosos. A lo sumo, preocupan a algunos ancianos celosos de la tradición o a quienes experimentan cierta tendencia hacia la reflexión teológica. Los más, sin embargo, no se entusiasman con la perspectiva de hurgar personalmente en las raíces o intentar restituir la forma original de la mitología y el culto; y la posibilidad de establecer contactos religiosos con la lejana Nigeria suele apenas despertar en ellos un sentimiento de curiosidad por lo exótico. Algunos creyentes, incluso, consideran que, a la manera de lo ocurrido en el Nuevo Mundo con el idioma castellano -que ha atesorado expresiones y giros lingüísticos hace mucho entrados en desuso en España- la religión de los yorubas se conserva con mayor pureza en Cuba que en Nigeria. Carente de fundamento empírico y con una fuerte dosis especulativa, esta suposición, sin embargo, hace patente la importancia que tiene para los religiosos la permanencia de la forma original de sus creencias y su culto.

Existe en la mitología yoruba un meollo resistente que se reproduce sin cesar a través del tiempo y los desplazamientos geográficos y culturales, un contenido simbólico infatigable que perdura a través de todas las mutaciones. Pero la trama discursiva de los patakíes tiende indeteniblemente a volverse otra. Y, lo que es más importante, el mito busca formas inéditas de arraigo y desenvolvimiento en la nueva tierra y el nuevo complejo cultural. De las entrañas mismas de la práctica religiosa y, en general, social, van surgiendo historias frescas que dan cuenta de las más recientes intervenciones de los orichas en los asuntos humanos, de sus virtudes y sus vicios, de sus premios y castigos, de las vicisitudes de sus hijos humanos; historias que se mueven dentro de los patrones y esquemas del mismo modo de pensamiento y se despliegan bajo las mismas pautas del discurso.

Junto a los relatos que no tienen localización temporal -son narrados en tercera persona y están sacralizados por una tradición inmemorial- aparecen historias que se presentan como experiencias personales de los narradores, de sus allegados o de individuos, vivos o muertos, de cuya existencia tienen referencia directa y cuya trama, por consiguiente, puede ser localizada con relativa precisión en el tiempo. Pero, por lo general, a tales relatos -mitología cotidiana y de aparentes pocos kilates hoy, que puede devenir mañana una referencia sacra obligada- no se presta mucha atención en la bibliografía especializada; aunque nos parecen tan legítimos como los de procedencia ancestral, e igualmente capaces de expresar el mundo mítico de los orichas y de los creyentes. No en balde estos relatos, en mayor medida que los patakíes en sentido tradicional, son los que cuecen el pan mítico de cada día en la comunidad, los que con mayor frecuencia narran los padres a los hijos y los amigos a los amigos, los que -a fuer de cercanos e insertos directamente en el complejo económico, político, social y cultural de los creyentes cubanos- se erigen como las más claras advertencias e indicaciones para la vida religiosa y como los reforzadores más eficaces de la fe.

En ellos, por ejemplo, un creyente (o un incrédulo) es castigado por una irreverencia hecha a un oricha, una mujer poseída por Yemayá se lanza a un pozo de agua y resulta ilesa, un hijo de Babalú Ayé sufre las consecuencias de haber sido tomado por hijo de Changó; una persona devota aleja la discordia de su casa, salva la vida, asciende meteóricamente en la escalera de las dignidades o se encuentra una botija repleta de monedas en el lugar que, en sueños, le indicara un oricha. Todas estas narraciones, que no son reputadas por los religiosos como patakíes y que se distinguen de éstos porque no han sido sacralizadas por la tradición ni se refieren al tiempo sagrado de los orígenes, conservan en principio -insistimos- la misma unidad de sentido que aquéllos, revelan una misma organización 1ógica, se integran en una misma estructura discursiva y cumplen funciones análogas en el culto.

Los patakíes perderían su eficacia social y su razón de ser si sólo hicieran referencia a un pasado perdido en las brumas de la memoria, si sólo dieran cuenta de los orígenes del orden, de las instituciones y los modelos primordiales de conducta, si no fueran capaces de devolver los orígenes y asegurar su presencia absoluta en el presente, si no constituyeran, en fin, un recordatorio perenne de las normas primigenias y supratemporales de vinculación del hombre con lo sagrado, y del caos y la anomia que se abatirían sobre la humanidad en caso de infringirlas. En su viaje a través del tiempo, el patakí reproduce un mensaje que procura la atemporalidad en virtud de la transfiguración permanente de la trama discursiva que lo trasmite.