Que se les oiga es lo que más necesitan

R.M.- Yuriel, tenemos varios tópicos en el tintero, le parece si hoy conversamos sobre...

Y- Si usted me lo permite, le presento a un amigo, religioso también, que me visita con frecuencia. Su nombre es Remigio. Es médico. Tiene cuatro misiones internacionalistas ahí donde usted lo ve.

R.M.- Mucho gusto. Claro que acepto. Entonces con más razón podríamos dedicar este encuentro a la comunicación. La comunicación que se establece entre las personas que vienen necesitadas de restablecer su salud y ustedes.

Y- Sí, bueno, pero de comunicación podemos hablar en varios sentidos, y no sólo en el acto o en el proceso de la curación.

Es interesante probar cómo las personas lo que más necesitan, cuando vienen a nosotros, es sentirse escuchadas. Es que se les oiga. Un oído receptivo. Y creo, que de tenerse en cuenta este aspecto, la relación entre los individuos mejoraría en extremo, no sólo aquí entre nosotros, sino en sentido general. Pero, también podemos intercambiar sobre la comunicación, la palabra, en el sentido de que esta religión, por no estar institucionalizada y no tener para su conservación y difusión, uno o varios documentos escritos, nuestra manera de mantener la memoria ancestral, es a través de la palabra. Es la oralidad nuestra fortaleza.

R.M.- Interesantes ambas propuestas. Pero, me parece no debemos desaprovechar la presencia de Remigio para conversar sobre la primera.

Y y R- Como médico le puedo asegurar que es uno de los tópicos más cuestionados en la medicina en este momento. No sé si conoce que en la actualidad hay consultas médicas por Internet, por teléfono y hasta por televisión y radio. No me estoy refiriendo a consultas didácticas para enseñar a la población como debe actuar en tal o mas cual situación. No. Se trata de consultas individuales, donde el enfermo dice lo que padece y el especialista responde con tratamiento o simplemente consejos a seguir. En Cuba por suerte, no tenemos estas situaciones. El asunto es muy preocupante, porque si no se tiene el contacto directo con la persona a la que vas a atender, nunca consigues el diagnóstico acertado. La manera en que la persona se proyecta ante el médico o el curandero, y las miles de preguntas que surgen a partir del contacto directo, es una experiencia única e irrepetible, y que brinda mucha información a la hora de cerrar un dictamen.

Le voy a relatar una experiencia que tuve en una de mis misiones en Suramérica.

La población que nosotros atendíamos, por supuesto, era muy pobre, pero a nosotros podía llegar cualquier persona con otras posibilidades económicas y era atendida sin distinción. Un día, viene a mi consulta un señor algo instruido, con buena presencia, con señales de desesperación. Venía a pedirme que lo visitara en su casa, pues allí tenía una hija que ya no podía caminar, que cada día iba más para atrás, y que se le estaban haciendo todos los remedios ordenados por el médico, que él no comprendía, etc. etc. El sorprendido era yo, y a la vez sentí curiosidad por el caso. Ese mismo día casi al anochecer me aparecí.

La muchacha afectada, de 19 años, estaba acostada en su cama desde hacía casi siete meses, y era su madre quien la aseaba y malamente la obligaba a comer. A los pocos días de creada esta situación en la casa, la madre intenta por todas las vías buscar ayuda. En el hospital local, conversa con un médico que le dice que no es necesario que llevara a la muchacha, que comenzara a darle unos relajantes musculares y unos somníferos, pues los síntomas (que describió la madre) son muy comunes en los jóvenes de esas edades y que ya él había tratado varios casos similares en la zona.

Cierto es que este antecedente me daba muy poca información acerca de la paciente. Intenté varias veces conversar con ella, pero la resistencia era total. Decidí que si no hablaba con la muchacha poco y mal podía ayudar, porque tampoco se dejaba auscultar ni acercársele. Estuve visitando aquella casa diez días consecutivos. El día once, como por "magia", aquella joven rompe a llorar frente a mí y me mira, como suplicando que tuviera paciencia, que ella me necesitaba. Esa fue mi interpretación. Pasaron otros quince o dieciséis días más, hasta que en el borde de su cama y con voz muy baja me empieza a contar, que a su amigo lo mataron delante de ella, que aquella noche la violaron seis hombres y que ella no quería seguir viviendo.

La familia lo desconocía todo.

No crea usted que esta información la obtuve en un solo día. En eso estuvimos como un mes. No soy psicólogo, pero me propuse que aquello lo resolvía, costara lo que costara.

La paciente sufría una parálisis de los miembros inferiores, provocada por el shock tan fuerte que experimentó el día de los trágicos sucesos. Y pudo llegar a ser peor.

Este fue un caso mal tratado desde el principio, nunca debieron creer los padres que tales rechazos de la hija a querer hablar y levantarse, iba a buen puerto. Pero, el médico actuó irresponsablemente, pues era el único capacitado para traducir todos los síntomas en un diagnóstico de valor. La mirada y las palabras de la joven no podían ser sustituidas por nada. El diagnóstico real sólo se podía generar en ese tope.

Me siento orgulloso de ser médico cubano, pues aquel padre vino a buscarme por la opinión que se manejaba en la comunidad acerca del trabajo de nosotros.

En la curandería popular sucede exactamente lo mismo. Creo que el elemento de la comunicación se fortalece, pues las personas cuando escogen visitar al curandero, casi siempre vienen con afecciones vinculadas a su cotidianidad, más aún a la pérdida del equilibrio de esa cotidianidad, entonces, es preciso alimentar un ambiente de confianza y comunicación para brindar el apoyo necesario. No es poco lo que debemos intercambiar para comprender todo lo que pasa en y alrededor de la persona, y encausar su estabilidad. Que se les oiga es lo que más necesitan.