Valores evangélicos y elecciones 

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Un proyecto político que sigue los valores evangélicos comienza por la centralidad de los pobres. Esa es la primera pregunta que un cristiano debe hacer ante las urnas: ¿quién pone a los pobres en el centro de su proyecto? Jesús no dice “tuve hambre y examinaste mis credenciales ideológicas”. Dice: “tuve hambre y me diste de comer.” El Evangelio no aprueba la indiferencia para con quien pasa hambre, no acepta que se considere la pobreza una fatalidad, y no transforma la riqueza en señal automática de bendición divina,

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe combatir el hambre. No hay coherencia entre profesar la fe cristiana los domingos y defender, en la política, medidas que condenan a millones a la inseguridad alimentaria. El cristiano no puede limitarse a preguntar cuánto le cuesta una política pública al Estado; debe preguntar cuánto le cuesta al pobre. La economía existe para servir a la vida y no para exigir que la vida se sacrifique en beneficio del mercado.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe defender el trabajo y a los trabajadores. Jesús vivió en una familia de trabajadores. El trabajo no es una mercancía descartable ni puede tratarse al trabajador como un gasto a reducir para aumentar las ganancias. Un salario digno, derechos laborales, jubilación, empleo, fin da la escala 6x1 y protección social no son favores gubernamentales. Son instrumentos de justicia.

Un proyecto político que siga los valores evangélicos debe combatir la desigualdad. Jesús fue particularmente severo con los que acumulaban riquezas mientras ignoraban a los necesitados. La parábola del rico y Lázaro sigue siendo actual: un hombre se banquetea diariamente mientras que un pobre llamado Lázaro espera a la puerta por las migajas. El problema no era el banquete, sino la indiferencia. Una sociedad en la cual unos pocos acumulan fortunas mientras millones luchan para sobrevivir hace necesario preguntarse de qué lado está.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe garantizar una educación pública de calidad. El hijo del pobre tiene el mismo derecho a soñar que el hijo del rico. Un niño no escoge nacer en una favela o en la periferia. Le corresponde al Estado asegurar que su origen social no determine su destino. Invertir en la escuela, la universidad, la ciencia y la cultura es una forma concreta de multiplicar talentos y oportunidades.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe defender el Servicio Único de Salud y la salud pública. Al encontrar un enfermo, Jesús no le preguntó si tenía seguro de salud. Se acercó, lo toco y cuidó de él. Una sociedad cristiana no puede aceptar que alguien deje de recibir tratamiento médico porque no tiene dinero. Defender la salud pública es defender la vida de quienes más lo necesitan.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe acoger al extranjero, el refugiado y el migrante. “Yo era extranjero y me acogiste”, dijo Jesús. Por tanto, transformar al emigrante en chivo expiatorio, estimular prejuicios o tratar al extranjero como una amenaza permanente contradice frontalmente el Evangelio. El cristiano no escoge quién merece humanidad.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe defender la democracia. Jesús nunca enseñó que la verdad necesita censura, persecución o violencia para triunfar. La democracia permite que convivan diferentes opiniones y que haya alternancia de poder sin derramamiento de sangre.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe rechazar el culto al líder. El cristiano no puede transformar a un candidato en mesías, a un presidente en salvador de la patria o a un adversario en encarnación del demonio. Solo hay un Mesías, Jesús. Los políticos son seres humanos sujetos a errores, intereses y tentaciones. La democracia exige ciudadanos, no fanáticos de un partido.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe defender la paz. “Bienaventurados los que defienden la paz”, enseña Jesús. Por tanto, estimular el odio, celebrar las armas, glorificar la violencia o tratar a los adversaros como enemigos a ser eliminados es incompatible con el Sermón de la Montaña. La política democrática presupone el conflicto de ideas, no una guerra civil permanente.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe proteger la Creación. Los más pobres son los primeros que sufren con las inundaciones, las sequías, los incendios, la contaminación y la destrucción ambiental. Defender la Amazonia, los ríos, los bosques y a los pueblos indígenas no es una extravagancia ideológica. Es defender la vida. Y quien dice defender la vida debe defenderla también cuando esta se encuentra en una aldea amenazada, una periferia empobrecida o una familia que perdió su casa.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos debe hacer de la política un servicio y no un negocio. El poder público no puede utilizarse para favorecer a amigos, familiares, grupos económicos o intereses particulares. Jesús lavó los pies de los discípulos. Esa es una imagen desconcertante para quien imagina que gobernar significa mandar a los demás. En el Evangelio, autoridad significa servicio.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos también debe orientar el voto. Católicos y evangélicos no están obligados a votar por determinado partido o candidato por pertenecer a determinada iglesia. Sino que justamente por tomarse en serio su fe deben confrontar a los candidatos con los criterios del Evangelio: ¿Quién combate el hambre? ¿Quién defiende a los vulnerables? ¿Quién amplía derechos? ¿Quién protege la democracia? ¿Quién promueve la paz? ¿Quién acoge a los excluidos? ¿Quién cuida del medioambiente? 

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos no se reconoce por el tamaño de la Biblia que carga el candidato, ni por el hecho de que pronuncie el nombre de Dios con frecuencia ni por la cantidad de templos que visita durante la campaña. Se reconoce por los frutos. “Por los frutos los conoceréis”, advierte Jesús. Por tanto, a la hora de votar es menos importante preguntar quién habla más de Dios que verificar quién actúa más de acuerdo con lo que Dios nos pide, según el Evangelio. “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era inmigrante y me acogiste”.

Un proyecto político que sigue los valores evangélicos exige, en fin, que no se use la fe como un arma electoral. Dios no pertenece a ningún partido. El Evangelio no es un cabo electoral del candidato. Pero sus valores permiten distinguir los proyectos políticos: hay los que amplían la vida y los que multiplican privilegios; los que incluyen y los que excluyen; los que promueven la paz y los que alimentan el odio; los que fortalecen la democracia y los que coquetean con el autoritarismo.

En las urnas, el cristiano debe votar de acuerdo con su conciencia iluminada por los valores del Evangelio.

Nota:

* Frei Betto es autor, entre otros libros, de la tetralogía sobre los Evangelios Jesus militante, Jesus rebelde, Jesus Revolucionário y Jesus amoroso (Vozes).