En esta plaza de alto valor patrimonial, escucharemos hoy a músicos cubanos de todas las generaciones, quienes heredaron una poderosa tradición sonora donde se funde la esencia del jazz universal con ritmos y melodías muy cubanas.
El jazz, esa mezcla liberadora de todas las músicas; ese género nacido en Nueva Orleans, Estados Unidos, en el siglo XIX, con el cual el dolor y la opresión de los negros esclavos, transmutó en el vuelo liberador de los cantos que dieron curso a los sentimientos y emociones de los discriminados.
En Estados Unidos y en Cuba, los músicos dialogan sin cruzar palabras, de un modo fluido y natural, cuando brota desde lo más íntimo esa lengua común de arpegios y compases. Entonces el amor cruza las fronteras y desbroza los prejuicios; favorece el diálogo; abre las puertas al entendimiento y nos encontramos los de aquí y los de allá anudados en lo más humano del ser.
Pero si, por el contrario, suenan las trompetas de Jericó desde el Norte imperial; en Cuba el bramido de la hostilidad nos llega como una clarinada de combate. Fuerza y sabiduría la de los artistas, escritores e intelectuales de nuestros países que siempre han sabido derribar las fronteras y salvar desde la creación lo que nos une. Como lo hizo el Padre Félix Varela, el presbítero de los pobres neoyorquinos; como José Martí, quien, en su condición de poeta y político, encontró en la nación norteña amigos prestos a apoyar su lucha por la independencia patria, o como nuestro Nicolás Guillén, que halló en la amistad con Langston Hughes, las claves para entender una cultura poderosa en la poesía coloquial del barrio multicultural de Harlem.
Fue en ese sitio de Nueva York donde Fidel Castro encontró abrigo y amistad en 1960, cuando en su viaje para una reunión en la ONU comenzó a recibir presiones y lo expulsaron de un hotel en Manhattan. Todavía los vecinos más viejos recuerdan cómo en Harlem lo aclamaron y recibieron en el Hotel Theresa, y se produjo el encuentro con Malcolm X quien, años después, escribió: Fidel “logró un golpe psicológico sobre el Departamento de Estado de los Estados Unidos cuando lo confinó a Manhattan, sin imaginar que se quedaría en Harlem y causaría tal impresión entre los negros”.
Corren tiempos difíciles para nuestro país y nuestro pueblo sufre cada día las políticas bárbaras del gobierno imperial de Estados Unidos que intenta ahogarnos como nunca y arrecia un bloqueo criminal, privándonos de combustibles, medicamentos, insumos de todo tipo, para aplastar la independencia que nos costó siglos conquistar. Esgrime entre sus pretextos el ridículo argumento de que Cuba representa una amenaza para esa nación que es una gran potencia militar y nuclear. Es por eso que hoy pedimos desde esta plaza sitiada, a los artistas e intelectuales estadounidenses, a los amigos y amigas entrañables, a los hombres y mujeres de buena voluntad que viven allí, que alcen sus voces desde la creación y expresen su condena enérgica ante un genocidio que ya dura casi setenta años.
Nuestra amiga querida, la tan afamada novelista estadounidense Alice Walker, ha denunciado en reiteradas ocasiones que el gobierno de Estados Unidos sólo desea dominar a Cuba y destruir su ejemplo y ha confirmado que de ninguna manera perdona la crueldad de la administración de su país hacia el pueblo cubano.
Recordemos hoy la definición de Alice Walker sobre Fidel, el estadista, el intelectual admirado hasta por sus enemigos que logró la unidad nacional y el triunfo revolucionario. Multipliquemos su descripción del líder de la Revolución en el año de su centenario cuando lo comparó con “una secuoya, viejo árbol gigante”. Mientras “otros han sido segados, él sigue en pie”.
Alice conoce nuestra historia, sabe de las apetencias intervencionistas que ya en 1889 José Martí describió con claridad en diversas misivas a su amigo Gonzalo de Quesada: “Una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?” “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, —para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más soberbia no la hay en los anales de los pueblos libres: —ni maldad más fría”.
Desde la creación artística y literaria seguimos y seguiremos en pie. No renunciaremos jamás a nuestros sueños de justicia; a devolver la cultura al pueblo, porque es del pueblo su patrimonio; ni a defender la independencia nacional y la Revolución socialista. Llevamos nuestras obras, danzas, cantos y poemas al pueblo cubano en convencida vocación de servicio. Y creemos en la paz, la vecindad civilizada, los valores que nos unen, la victoria de los buenos y justos, y el respeto a los derechos de cada nación en su necesario camino de emancipación y desarrollo.
Y antes de que esta tarde se haga la música —porque es la música el mejor antídoto contra las bombas genocidas que lanza el imperio por el mundo—, pido a Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, sus versos de amor por Cuba, de gran vigencia en tiempos donde crece la amenaza de una agresión militar a la tierra que nos vio nacer:
“Carta de una madre cubana a una madre norteamericana”
Madre de ojos azules,
madre de Norteamérica:
mis hijos son pacíficos,
trabajan, cantan, sueñan,
aman bajo la verde
sombra de sus palmeras.
Robert, tu joven rubio,
¡qué feliz se sintiera
jugando al béisbol con mi alegre Juan
de cabellera negra!
Sin embargo, los turbios mercaderes
que a tu pueblo gobiernan,
quieren que Robert asesine a Juan
bajo su propio cielo, sobre su propia tierra.
Mi Juan es noble,
pero cuando le ofenden su bandera
salta como un león, y sus palomas
luchan como las fieras.
De madre a madre te lo digo:
dile a tu hijo que no venga.
Los piratas que tocan esta Isla
se quedan en sus costas, y vivos no se quedan.
Tú llorarías sin orgullo
lágrimas de vergüenza.
Por el contrario yo,
si Juan muriera,
como la madre de un patriota
tendría una orgullosa pena.
Pero es mejor, querida mother Mary,
que Juan y Robert vivan cada uno en su tierra,
y que sólo en estudios, en deportes y en arte
entablen amorosas competencias.
Te prometo que Juan jamás será agresor.
Lo enseñé a respetar soberanas enseñas.
Pero si Robert viene y le dispara,
Juan tiene, mother Mary, derecho a su defensa.
Madre de ojos azules,
madre de Norteamérica,
por la vida de Robert de cabellera de oro
y la vida de Juan de cabellera negra,
cantemos a la paz
dulce canción fraterna.
Y no dejes que turbios mercaderes
que piensan en el oro y en tus hijos no piensan,
manden a Robert, a tu joven rubio,
a matar y a morir en mis palmeras.
De madre a madre te lo advierto:
dile a tu hijo que no venga.