A principios de 1962, la caña estaba a tres trozos.
Para los que acabábamos de estrenar el plan de 50 mil becas ofrecidas por el Gobierno revolucionario a los alfabetizadores, la educación cívica y política iban juntas, y transcurría más bien fuera que dentro de las escuelas. En vez de clases de moral y cívica, como las que me tocaban en mi antiguo colegio presbiteriano, de adquirir “valores y buenos sentimientos” sentados en las aulas, o de informarnos nada más que leyendo noticias, aprendíamos a pensar y a actuar viviendo, participando y discutiendo cada día.
Por supuesto que buena parte de lo que aprendíamos transcurría en las escuelas. Para el año que recién se iniciaba, el Gobierno había destinado 14.57 % del presupuesto nacional total a la educación, la ciencia y la cultura; se había puesto en vigor la reforma universitaria; y después de la nacionalización de las escuelas privadas, incluidas las religiosas, seguía habiendo muy buenos maestros, profesión que se había hecho aún más prestigiosa y que atraía a decenas de miles a dedicarse a la enseñanza.
Además de maestros que nos ayudaban a usar la cabeza, interpretar la realidad circundante y analizar sus problemas, los acontecimientos en el gran teatro del mundo en que vivíamos nos mantenían en tensión dinámica.
Ese aprendizaje incluía las lecciones de cívica y política que impregnaban las intervenciones públicas, casi diarias, de los líderes de la Revolución, más cargadas de razonamientos que de consignas, y a menudo muy desafiantes.
Esa capacidad de argumentación y poder de convicción de Fidel alcanzaba a los no revolucionarios, como el ilustre profesor de Filosofía Jorge Mañach, impresionado por lo que él calificaba como “el ángel de Fidel”.
A quienes éramos todavía muy jóvenes, todo aquello de la Revolución nos apasionaba, porque tenía el arrastre de una aventura, que ocurría fuera de las cuatro paredes de nuestras casas, patios escolares, antiguas iglesias y barrios. Una aventura no programada, sin la tiesura formal de una asignatura; ni la índole de una descarga moral o pedagógica improvisada, como las que pululan hoy en las redes.
En aquellos meses de 1962 que precedieron a la Crisis de los misiles, tenía lugar la promulgación pública del embargo de EEUU por JFK, y la implementación secreta del plan Mangosta, cuyo impacto en el auge de la contrarrevolución armada impregnaba la vida cotidiana en todas partes; junto con la denuncia de Cuba en los organismos internacionales sobre la inminencia de un ataque contra la isla. Como se había demostrado hacía menos de un año en Playa Girón, el sentimiento de defender la patria iba más allá de ideologías, credos o generaciones.
Hay que decir que no todo eran movilizaciones y alarmas ante la amenaza de los enemigos. También gozábamos de escapadas y libertades propiciadas por la participación en el delirio colectivo de la Revolución; y cogíamos para festejar hasta las consignas de las recién creadas ORI, el partido único en que se habían fundido las principales organizaciones políticas unos meses antes, y que nosotros convertíamos en congas.
O sea, que arrollábamos en el patio de las secundarias o en medio de la calle cantando “somos socialistas, p´alante y p´alante/y al que no le guste, que tome purgante”; o “la ORI es la candela/no le diga ORI, dígale candela”.
Tampoco los discursos de Fidel o el Che iban dirigidos siempre contra el enemigo, la contrarrevolución, el imperialismo y sus aliados latinoamericanos. Recuerdo como si fuera hoy aquella intervención por la TV, donde vimos a un Fidel enardecido emplazar a miembros de la dirección de esas mismas ORI, por practicar una política sectaria. Palabra que se quedaría grabada desde entonces en nuestro vocabulario político.
Volver a leer hoy aquel alegato contra el sectarismo, que cumple 64 años hoy 26 de marzo, podría resultar útil para identificar la genuina cultura política de la Revolución, nublada hoy por la confusión ideológica reinante y las disquisiciones magisteriales que la tocan de oído.
La crítica al sectarismo dentro de las ORI denunciaba con nombres y apellidos a quienes las habían convertido, a todos los niveles, en una instancia que concentraba y usurpaba poder a las instituciones del Estado y demás organizaciones; en una cofradía que repartía “favores, mercedes y daños”; y “al Núcleo [de las ORI] en un cascarón de revolucionarios,… que quitaba y ponía funcionarios, y en consecuencia no iba a estar rodeado por el prestigio que debe tener un Núcleo revolucionario, emanado única y exclusivamente de su autoridad ante las masas”, y a cuyo alrededor “se iban creando las condiciones para formar una corte de aduladores que no tienen nada que ver con el marxismo, ni con el socialismo”.
Según la meticulosa explicación de Fidel, no se trataba de errores causados por la falta de educación o de experiencia en los cuadros de base, sino de una política trazada desde la secretaría de Organización, que excluía a quienes no formaran parte del antiguo PSP, con el pretexto de que no tenían el dominio del marxismo-leninismo ni el nivel político y la experiencia necesarios para conducir la Revolución; es decir, no eran confiables, aunque hubieran combatido en la lucha contra la dictadura.
Ese sectarismo, “implacable, insaciable, incesante, aparecía por todas partes, desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio”, porque era promovido desde arriba de manera consciente y deliberada, por el secretario de Organización, Anibal Escalante.
Se manifestaba en “el sectarismo de la vieja militancia”, en “restregarles a la gente los tantos años de su presencia en los centros de trabajo”. Y no era solo una cuestión “de palabras…, sino que para recibir un trabajo de dirección de personal, de determinadas funciones en la empresa, los trabajos mejor remunerados, había que militar en aquella secta”.
Sin embargo, aquella crítica al sectarismo no se limitaba a la responsabilidad de unos cuantos dirigentes del antiguo PSP; ni a un problema de personalidades. En su larga intervención aquella noche de lunes de 1962, Fidel también criticaba el “sectarismo serrano”, o sea, el de los combatientes de la sierra. A quienes lo practicaban, “los criticamos duramente…no fuimos tolerantes con ese sectarismo; censurábamos toda la ridiculez de aquel que se ponía a restregarles en la cara a los demás su sectarismo serrano”.
Así que la crítica al sectarismo iba más allá de denunciar errores puntuales, y de separar de sus cargos o emplazar públicamente a los sectarios. Lo que estaba en juego era la calidad de una política revolucionaria y una organización donde, además de la unidad entre las fuerzas políticas que habían conquistado el poder, se crearan las condiciones que permitieran “la existencia y el funcionamiento de un verdadero partido de vanguardia”.
A partir de ese día, comenzaría la construcción desde abajo un Partido Unido de la Revolución Socialista, que no fuera nada más un partido de cuadros. Sus miembros tenían que haber sido seleccionados por los propios ciudadanos de la manera más democrática, considerando sus méritos, además de la lealtad ideológica, especialmente sus actitudes patrióticas, cívicas, morales y personales a lo largo de la vida.
El vínculo entre el partido y el pueblo era el eje político que lo distinguía de otros partidos leninistas. Más que una correcta “política de cuadros,” ese eje iba a representar un mecanismo que pudiera prevenir el resurgimiento de políticas sectarias en su seno; pero sobre todo, que el prestigio de pertenecer al partido formara parte de la cultura política del socialismo cubano.
Esta condición era esencial en una organización que no se fundó para tomar el poder, sino desde el poder –como apuntara Fidel en este propio discurso—, para asegurar el curso de la Revolución.
Habiendo documentado algunos detalles de esta historia en artículos anteriores, quiero reflexionar acerca de las contribuciones de aquel discurso sorprendente, al margen del sectarismo “escalantista” o “serrano”, a la cultura política de nuestro socialismo, que siguen teniendo una profunda actualidad.
Estas contribuciones se refieren a una visión dialéctica y antidogmática de la cultura y la historia de la Revolución propia de su pensamiento. Aclaración oportuna en este año de su centenario, dado que algunos magísteres tocadores de oído la confunden con las del marxismo-leninismo soviético, típicas de los partidos comunistas latinoamericanos de aquella época.
Son los que trastocan sus frases unitarias, dándoles un sesgo sectario, como cuando repiten “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”, cambiando el sentido de la frase original. Y que en esa misma cuerda, tildan como heraldos del “capitalismo del desastre”, o sea, contrarrevolucionarios, a quienes plantean la necesidad de repensar el socialismo, sobre la base de nuestra propia experiencia histórica, de los errores y fallas comprobados en su práctica concreta, y de considerar esa revisión también como una premisa de la defensa nacional ante el enemigo principal, para fortalecer nuestra capacidad de resistencia, y que la soberanía e independencia no dependan solo de las armas y disposición a pelearlas, sino de la viabilidad real de nuestro sistema.
Esos sectarios de hoy son los acusan de voceros del capitalismo a quienes identifican las formas de producción no estatales; como parte orgánica del socialismo; aunque estas hayan sido avaladas como parte orgánica del socialismo por la Constitución, aprobada por 86 % de los votantes en el referéndum de 2019. Son los que meten en el saco de agentes del enemigo y quintacolumnistas a quienes simplemente discuten y analizan criticamente nuestros problemas, incluso en medios establecidos dentro de las instituciones del sistema.
En efecto, la autorreferrencialidad propia de la cultura de las redes, junto a la vagancia intelectual y la superficialidad propias de esa misma cultura, ha predominado sobre la revisión de las fuentes y la constatación de los hechos, hasta el punto que, incluso en textos tan restaurados e investigados en los últimos años como Palabras a los intelectuales (1961), se siguen repitiendo estereotipos y consignas, de un lado y de otro.
“Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” no era un mensaje excluyente, sino un llamado a la participación democrática, no solo de los intelectuales y artistas, sino de la gran masa de ciudadanos no revolucionarios, que Fidel identifica como esa mayoría de los cubanos para quienes se está haciendo también la Revolución.
A pesar de que este llamado ocurre apenas unos días después de constituidas las ORI, el sectarismo las fue penetrando desde arriba en los próximos meses.
Para argumentar esa visión realista, no dogmática ni ideologizada sobre la política y la historia, Fidel vuelve, en esta misma intervención contra el sectarismo, a cuestiones de la estrategia revolucionaria, que, en su momento, levantaron polémica, como el asalto al Moncada o la expedición del Granma.
“Puestos nosotros en esta situación, otra vez, si lo habríamos hecho asi o de otra forma….con la experiencia de entonces, es posible que volviéramos a hacer lo mismo”. Pero deja abierta la posibilidad de tácticas alternativas, concebibles “con la experiencia de ahora”. Porque “quien ignore que los hombres actúan precisamente con lo que saben, acordes con las condiciones, puede ponerse ahora tranquilamente a analizar tácticas mejores.”
Ese enfoque desacralizador, realista, despojado de didactismo, ajeno a dictados ideológicos propios de la doctrina de la fé religiosa y a la actitud inquisitorial dentro de las propias filas, afirma la necesidad de aprender de la experiencia y de devolverle su lugar al estudio ecuánime de la historia y al pensamiento crítico, por encima de la doctrina: “¿Se puede ser tan ciego, tan miope y tan idiota que no cuente para nada la lección de la historia? ¿Y que de la historia no se saquen las lecciones que hay que sacar?
La gente …muchas veces se pone a discutir sobre lo que no saben y sobre lo que no entienden. La historia es una sola y no se puede venir subjetivamente a rehacerla…Todas las historias subjetivas que se hacen tienen que deshacerlas de nuevo, para darle paso a la historia objetiva, a la historia real.”
Según ese razonamiento, aprender las lecciones de la historia, sin velos ideológicos, resulta clave para una cultura política revolucionaria. Por oposición a hacerle caso “a cualquier bachiller que hablara más papagayamente sobre cuestiones del marxismo y del leninismo.”
Por si estas reflexiones sobre los males del sectarismo para la política, y para pensar, entender y aprender de nuestros errores y experiencias resultaran remotas para algunos, quisiera terminar por donde empecé, recordando las circunstancias de suprema gravedad y peligro para la existencia misma de la Revolución que se estaban viviendo.
En aquel momento, estábamos más amenazados que nunca por los EEUU, cuyos buques de guerra nos rodeaban y hacían ejercicios de desembarco en isletas cercanas; lanchas artilladas basadas en su territorio atacaban a las nuestras; aviones de guerra de EEUU violaban con frecuencia el espacio aéreo de Cuba, en medio de un estado de guerra civil con numerosísimos grupos armados que ellos suministraban; el Pentágono aprobaban planes titulados Razones para justificar la intervención militar de Estados Unidos en Cuba (9 de marzo de 1962); se juzgaba (y se transmitía por TV) el juicio y condena a 1200 invasores de Playa girón; desde la base naval de Guantánamo se asesinaba a pescadores; lanchas de la CIA ametrallaban el Hotel Sierra Maestra, cerca de donde vivíamos los becados; EEUU prohibía ayuda económica a todo país cuyos barcos y aviones transportaran petróleo u otros productos a Cuba.
Nada de eso impidió que aquel proceso contra el sectarismo, y aquella exposición de nuestras diferencias ideológicas y políticas internas se ventilara públicamente. Fidel estaba consciente de los peligros que se derivaban de hacerlo, y también de los que se corrían si no los hacíamos nosotros mismos, sin esperar por “el momento adecuado”.
Así lo dijo aquella noche por la TV, en una intervención que he querido glosar in extenso, porque, a pesar de constituir un hito en la historia de la Revolución que se menciona con frecuencia, resulta muy difícil de encontrar hoy en ninguno de los sitios digitales que archivan y permiten acceder a sus discursos e intervenciones públicas.
El lector me preguntará, con razón, si gracias a aquella intervención memorable, las organizaciones y el proceso mismo se vieron libres de sectarismo en lo adelante. Naturalmente que no.
¿Y por qué? ¿Se trata de errores o desviaciones que pudieron ser rectificados luego, asociados a personalidades y preferencias ideológicas? ¿De circunstancias históricas que los favorecieron? ¿Culpa de la URSS, del marxismo-leninismo de los manuales, del síndrome de la fortaleza sitiada? ¿De pugnas interburocráticas o sectoriales? ¿O se trata de una cultura política y cívica transversal a grupos sociales, ideologías y posturas, que emerge en los sucesivos procesos de cambio, con raíces en la historia nacional desde el siglo XIX y XX, y llega hasta hoy?
Una cultura política donde se reúnen cualidades y rasgos que pudiéramos llamar emancipatorios, junto a otros más bien enajenantes y contradictorios con la diversidad y unidad nacionales.
He reservado para el final un párrafo de su intervención “para informar al pueblo” aquel lunes 26 de marzo, por la TV, dedicada precisamente a la naturaleza de una revolución.
No la cito a la manera ritual, para celebrarla y consagrarla, como se suele hacer con sus frases y las del propio Martí, sino por su lucidez y realismo, cualidades que los distinguían a ambos, como líderes e intérpretes de nuestra historia. La cito también por su utilidad para pensar a Cuba hoy tal como es; para entender las causas de las cosas, antes de creer que podemos erradicar sus males de un plumazo. Incluido el sectarismo.
Dice así: “La Revolución es un proceso muy complejo, porque en una revolución intervienen multitud de factores variados, una cantidad de pensamientos, de ideas, de hombres, muy distintos. Una cantidad infinita de circunstancias que van condicionando el proceso. Porque el proceso se construye sobre la realidad, no de una manera idealista, en la cabeza de los hombres. El proceso se construye en una realidad viva, sobre una realidad económica, social y política determinada.”
Discutir y actuar ante esa realidad viva y determinada, requiere revalorizar el pensamiento crítico y el sentido de saber nuestra historia, sin atavismos sectarios ni mala conciencia.
Requiere, por ejemplo, cuestionar la tendencia a la descalificación política y personal del que no piensa como uno, el uso del anatema en lugar de la argumentación para debatir, las actitudes de rechazo y exclusión a priori de otros enfoques y alternativas basados en evidencias que ignoramos, la cerrazón mental ante lo que implica revisar acontecimientos y juicios establecidos, y considerar opciones, por prejuicios o simple repugnancia personal ante quienes los sostienen, reaccionar y tomar partido de entrada sin escuchar y razonar primero dejándose arrastrar por creencias arraigadas… Requiere también que los antisectarios se cuiden de replicar los hábitos mentales y actitudes de sus contrincantes.
Esos atavismos sectarios de hoy, distintos, naturalmente, a los de aquel grupo de Anibal Escalante, tienen el mismo efecto divisionista en las filas de quienes defienden el interés nacional. Filas que, como afirmaban las Palabras a los intelectuales, incluían a revolucionarios y a no revolucionarios, y solo excluían a los “irremediablemente opuestos a la Revolución.”
Aspirar a desarrollar esa cultura que nos haga más libres, también de nosotros mismos y nuestras creencias arraigadas, puede ser más vital que nunca antes para preservar ese interés nacional en su realidad viva y actual. Circunstancia en que, una vez más, se decide nuestro futuro.