Foto: Xinhua.
El “neoliberalismo” es como le llamamos hoy al capitalismo convencional de libre mercado. Este había entrado en crisis para las mayorías en el mundo desarrollado a la altura del final de los 60 del siglo XX por muchos motivos que ya sabemos que son intrínsecos a cualquier sistema, natural o social, que se deje evolucionar espontáneamente. Esos fueron años de desorden y levantamientos populares en todas partes.
Por otra parte, a la altura de tiempos los beneficios sociales de educación, salud y seguridad ciudadana universales solo se habían logrado aceptablemente en los países “comunistas”, liderados por la URSS. Esto hizo verdaderamente peligroso para las élites que las mayorías populares buscaran para si lo que ese país de entonces parecía haber alcanzado por la vía de la toma del poder. ¡Muy peligroso!
Las clases dominantes de cada país lo resolvieron cada una como se les ocurrió para mantenerse como tales en la siguiente década de los 70. Ya sabemos que en Nuestra América dio lugar a una oleada de feroces y sangrientas dictaduras de derechas, más o menos expuestas públicamente, que lo mismo desaparecían a sus opositores, que los destituían a cañonazos, que los mataban masivamente en una plaza pública. Todo se hacía para cuidar la “democracia” y la “libertad”. Ninguno de esos países fue sancionado o bloqueado por potencia externa alguna ante acciones tan salvajes.
La solución que se encontró en Europa y los países afines en cualquier parte del mundo (más encubiertamente en los EEUU) fue la de desarrollar un “estado de bienestar” para todos. Ya Bismark en la Prusia decimonónica lo había ensayado con éxito para mantener la monarquía. Todo consistía en que las clases pudientes aceptaran repartir una parte de la plusvalía social para beneficios de todos a través del estado y gracias a los impuestos. Así se reducían las contradicciones internas del sistema capitalista a niveles no explosivos y gestionables. Era mejor repartir un poco que tener revoluciones que podían conducir a guillotinas.
Una vez estabilizado el sistema en esa década, los poderes reales del capitalismo decidieron optar por volver al salvajismo en los subsiguientes años 80, porque a algunos les resultó incómodo pagar tanto por la estabilidad social. Pensaron que si lo hacían bien no iban a tener mayores problemas. Reagan tomó el poder en los EEUU y la Thatcher en el Reino Unido y fueron sus gobiernos los que implantaron una especie de capitalismo primitivo, pero con mucho cuidado y control. Hablaban en contra del dominio del estado, pero ninguno renunció ni a un ápice del control de la sociedad, aunque usando métodos más sofisticados. También desarrollaron aún más un aparato mediático formidable universalizando la televisión para darle las elegantes vestiduras de democracia y libertad a un sistema que concentra el poder real en unos pocos y somete a toda la sociedad a la voluntad de esas minorías privilegiadas.
Por su parte, el experimento revolucionario que había sido denominado como socialista y comunista en la URSS se debilitaba irremisiblemente desde adentro. No podía esperarse que las mayorías aprendieran de un primer intento a desarrollar una forma de gobernar y gestionar la economía más libre, democrática, y que también fuera próspera y sostenible, por grande y rico que fuera el país que lo ensayaba. Los muchos y graves errores de voluntarismo cometidos en su construcción y conducción lo autodisolvieron después de un poco más de siete décadas.
Para muchos fue una confirmación de la superioridad del capitalismo salvaje sobre el socialismo. Y también muchos lo siguen creyendo. Las principales imágenes mediáticas e informativas están hasta hoy en día en las manos de los que tienen el poder económico para hacerlas crecer e imponerse, aún en las supuestas condiciones de libre acceso que hoy proporciona internet. Son capaces de hacer que una parte importante de los explotados apoyen masiva y apasionadamente a sus explotadores y voten por ellos.
Las teorías del neoliberalismo habían surgido durante la década de 1930 después de una depresión económica global que ocurrió a partir de 1929. Siguió los vaivenes de la economía mundial al compás de lo relatado anteriormente y entonces se les hizo aparecer brillante y triunfantemente ante el colapso de la URSS.
Claro que no suele decirse toda la verdad. En esos mismos momentos, otros experimentos socialistas estaban floreciendo muy sólidamente en China y Viet Nam porque se habían liberado de dogmas inventados en torno al marxismo, manteniendo sus principios. Tanto han florecido que hoy China es la segunda economía mundial y el bienestar de todo el pueblo chino ha crecido varias veces, aunque aún deba hacerlo mucho más. Y no se detiene, sigue progresando. Tanto que ya se ha decidido ponerle trabas para ello por parte de los poderes del capitalismo mundial. Es un ejemplo muy conveniente para los pobres de este mundo y nada para los beneficiarios de esa pobreza.
El neoliberalismo como doctrina política suele simplificarse en lo siguiente:
- − Privatización, desregulación económica, libre comercio y austeridad del gasto público.
- − Aparente limitación del papel del gobierno.
- − Establecimiento del sector privado y los mercados como mecanismos superiores para el desarrollo económico con una limitada intervención gubernamental.
- − Favorecimiento del individualismo y la responsabilidad personal por encima de la responsabilidad colectiva o los programas de bienestar público.
- − Globalización del comercio internacional mediante la eliminación de barreras comerciales entre naciones.
- − Hacer la eficiencia, la utilidad y las ganancias como propósitos sociales en lugar de la distribución equitativa de los recursos o el bienestar social.
Estas recetas se aplican siempre a discreción y nunca, absolutamente, en perjuicio de las élites de poder. Tiene muchos mitos, como que, si se rebaja el impuesto de los más ricos, estos entonces invierten más en el desarrollo y la producción de riqueza, con el consiguiente aumento del empleo y el bienestar de los que trabajan. La vida demuestra que esto de decidir entre un nuevo yate en el Mediterráneo y una nueva fábrica casi siempre se inclina al yate.
Nuestra economía actual ha evolucionado desde un esquema absolutamente centralizado que se implantó con diversos matices en 1962, que fue reformado en 1968 y posteriormente adaptado al esquema del CAME durante los años 70 del pasado siglo. Hoy el escenario nacional es mucho más diverso y probablemente una de sus principales contradicciones consiste en que la irrupción del mercado como elemento de importancia en la gestión económica no está en sincronía con su gobierno. Pero está claro que ni la medida más novedosa que se pueda haber anunciado para deshacer los entuertos actuales tiene olor a neoliberalismo. Sin embargo, siempre queda la pregunta: si algunas de las definiciones anteriores del neoliberalismo las reconformamos para beneficiar a las mayorías en lugar de las élites, ¿qué tendríamos?