Fila de auto esperando poder alcanzar combustible. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate
Cómo anhelaba poder subirlas a un carro. Con el brazo en alto, desafiaba el paso de los vehículos que podían salvarlas, mientras que con el otro abrazaba las mano de su hija, tan pequeña que apenas contaba cuatro años.
Allí, junto a tantos otros, era una estatua de carne y hueso, pero a la vez una ola inquieta en el mar de gente que cada mañana se arroja contra la Vía Blanca en busca de un destino incierto.
Nadie sabe cuánto tiempo había estado allí, rogando por un milagro que las arrancara de ese infierno. El sol le castigaba la piel y el sudor le empapaba la ropa. La niña se quejaba de sed y de cansancio, pero ella no podía hacer nada. Solo mirar con angustia los carros que pasaban llenos o vacíos, sin detenerse.
Se sentía impotente y culpable.
En estos días de escasez de combustible y transporte en Cuba, me pregunto por qué algunos prefieren encerrarse en sus burbujas de cristal y ocultarse tras un vidrio oscuro, en vez de compartir el espacio con sus hermanos.
Veo pasar guaguas vacías de organismos estatales, mientras la gente espera horas en las paradas, aguardando un milagro que los lleve a su destino. También veo conductores particulares que ignoran a los que piden botella, como si no les importara la situación que vivimos.
No quiero generalizar, porque también hay personas solidarias que paran y ayudan a los demás, que saludan al inspector y que colaboran con la solución. Pero duele ver que hay quienes actúan con indiferencia y egoísmo, olvidando el espíritu de unidad y apoyo que nos ha caracterizado como cubanos.
No es fácil enfrentar esta crisis, ni vivir con la incertidumbre de no saber si podrás llegar a tiempo o si tendrás que hacer colas interminables para conseguir un poco de gasolina.
No hay poesía en el sufrimiento. Solo quien aguarda por días en una fila interminable o quien desembolsa una fortuna para adelantar unos pasos conoce el amargo sabor de esta realidad. También duele la desorganización y el silencio que nos obligan a peregrinar de cola en cola sin esperanza de solución. Pero no podemos dejar que el egoísmo nos consuma y nos haga olvidar quiénes somos. Como canta Silvio Rodríguez, aspiremos a ser un tilín mejores y mucho menos egoístas.