Y Lola sigue viva

La lectura, uno de los placeres de los cubanos. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate

Hay tanta picardía en los cubanos, que casi nada escapa a ese fino humor criollo que se destapa ante el más mínimo indicio de ridículo, incluso en tiempos de calamidad. Por eso, cuando hace unas semanas anunciaron una marcha que haría temblar a la Isla y que se iniciaría exactamente a las tres en punto, todo el mundo pensó en la muerte de Lola, aquella que fue linchada justamente a esa fatídica hora.

Nadie sabe si los organizadores del patio lo hicieron con ese fin, para luego decir que Lola se murió de nuevo, o es posible que los autores intelectuales del invento, que no son cubanos pero viven al norte del vecindario, no conocieran la historia de la desdichada, como mismo no conocen la historia de Cuba.

La concreta es que hacía rato no había tanta gente mirando las agujas, minutos antes de la hora fijada. Hasta se comenta que la NASA le prestó a la CIA uno de esos relojes atómicos hiperexactos que hacen conteo regresivo previo al lanzamiento de artefactos espaciales. Algunos congresistas norteños y otros de la culta Europa seguían en lo suyo, pero, de vez en cuando, daban una miradita a sus muñecas, donde carísimos artilugios les indicaban que ya la cosa estaba por empezar.

Se suponía que para las tres y treinta ya Doña Lola estaría convulsionando, con estertores y al borde del colapso, mientras que se daba como un hecho que esa noche enterraban a la finada y habría jelengue toda la madrugada, e incluso se extendería el desparpajo por otros diez días en que se podría matar comunistas, ya se llamaran Lola, Fefa, Paco o Yumisisleidi.

Pero algo comenzó a pasar y los nervios se fueron alterando, se armó la llamadera y el “chu chu chu”. Los interesados en ajusticiar a la condenada no entendían ni pitoche y ya no solo les dieron las 3 y las 4, las 5 o las 6; sino que, como la famosa canción de Sabina, también les dieron las 10 y las 11, las 12 y la una, pero Lola seguía viva y donde se anunció velorio había muchachos saliendo de las escuelas, médicos vacunando, algarabía y “a ti no te toca” en la cola del aceite; turistas en almendrones, pañuelos rojos, parranda de jóvenes en la calle 23 y en una pila de parques más.

Nada, que muy bien lo había dicho mi abuela, que por esas casualidades de la vida también se llamaba Lola: “Hay Lolas que tienen muchas cosas importantes que hacer y no pueden estar nerviosas cada vez que sean las tres”.