Un genio, un loco y un “vasco” mexicano

Marcelo Bielsa. Foto: Marca.

Marcelo no estaba tan loco todavía. Zinedine apenas podía controlar su imberbe furor. Eran otros tiempos. Por aquel entonces, el uno tenía las ideas tan claras como agua de manantial, soñaba con tatuar en sus equipos una marca propia; el otro gozaba con la pelota y no veía más allá del siguiente partido, de salir a la cancha y encantar a la gente. Bielsa, el argentino, quería estampar desde el banquillo un estilo firme basado en la elegancia y el sacrificio a partir de la perfección táctica. A Zidane, el francés, le bastaba con pisar el césped y dejarse llevar.

En Marsella, casi 20 años después, que son muchísimo (perdóname, Gardel), Marcelo Bielsa —consagrado maestro— recibió a Zinedine Zidane —dilecto colega—. “Al final del entrenamiento puedo explicarles el procedimiento, no lo vean como algo vanidoso, pero ya que están aquí…”, dijo con expresión timorata. Ofreció una charla como quien ofrece una nadería. Una vez más subvaloró su figura y la espontánea humildad del loco provocó la sonrisa de Zizou.

El Leeds era un club dormido. Si antaño su idilio con los trofeos constituía la envidia de toda Inglaterra, hace muchos años la afición había asumido con normalidad el trascurrir de las temporadas en la mediocridad de las zonas tranquilas de la Championship. Hasta que llegó Marcelo. El gran mérito de la directiva fue convencer al arisco entrenador argentino, que pocos meses atrás dejó plantada a la Lazio después de comprometerse, o en 1998 había abandonado tras seis partidos al Espanyol para responder al llamado de la selección albiceleste.

Luego todo sería cuestión de tiempo. Los entendidos dudaron de Bielsa. No conoce el campeonato, afirmaron convencidos de sus criterios. Marcelo les ofreció a todos un repaso de cada uno de los equipos que componían el certamen, el más exhaustivo análisis que muchos habrían imaginado jamás. Y en la primera campaña lavó la imagen del club. Despertó la ira de una fiera moribunda. Los hizo jugar bien, pero además los motivó a ganar. No ascendió a la Premier tras permitirle a un rival anotar un gol por icumplir sus jugadores con el fair plair (juego limpio). El honor nunca estaría por debajo de la necesidad del éxito. El honor, para Bielsa, es la clave del éxito. Este año lo demostró. El Leeds, después de 16 años, es equipo de Primera.

Zinedine Zidane todavía llevaba las riendas del Real Madrid Castilla cuando visitó Marsella. Luego recorrió Europa, captó los mejores consejos en las principales academias y volvió a Madrid más nutrido que antes. Escuchó a los sabios como si él jamás hubiera hecho nada en el fútbol. Siempre quiso ser entrenador. Y cuando Florentino Pérez decidió que había llegado el momento, comenzó la aventura con el ímpetu de antes. Levantó a un conjunto envuelto en las penurias y ganó tres Champions consecutivas. Muchos le achacaron su éxito al destino, a las flores, a la eterna suerte, a los favores arbitrales. Es un alineador, se jactaron en asegurar.

Luego el Madrid volvió al fondo del pozo y aquellos osados que antes restaban méritos a Zidane, volvieron a la carga y le retaron: “ahora es cuando puede demostrar su capacidad como entrenador”. Detrás de la sonrisa, el genio esconde un temperamento fortísimo. Volvió. Y esta vez, sin Cristiano, pocos pueden decir que la solidez de su equipo no responde a la eficacia de
su trabajo. Si la defensa del Madrid apenas recibe goles será, en cierta medida, por los métodos empleados en los entrenamientos para solidificarla. Es cierto: el Real Madrid no juega como los dioses. Sin embargo, gana. Luce fuerte, capaz de superar a los contrarios más poderosos. Ha ganado otra vez la Liga. Con Zizou, parece más grande todavía.

Ayer descendió el Leganés. En Leeds todavía derraman cerveza. En Madrid la gente ha vuelto a saborear la Liga e incendia las redes de burlas en sus clásicas disputas con los enconados oponentes culés. Todos ensalzan a Bielsa y Zidane (hasta sus incisivos detractores). Algunos también sufrieron porque el Lega, un equipo pequeño que hizo dos puntos de 12 al comenzar la temporada de la mano de Mauricio Pelegrino, no pudo mantener la categoría tras luchar
denodadamente en la última jornada frente al potente campeón, con perjuicio escandaloso incluido por parte del árbitro. Y alaban la inmarcesible capacidad de transformar el rostro de sus equipos de Javier Aguirre.

El Vasco tampoco es el de antes. Tiene más canas y menos ambiciones. El mismo carisma, eso sí. Cuando clasificó a Osasuna a Champions, muchos le concedieron una plaza en la élite. Luego alzó otra vez al Atlético durante su estancia cerca del Manzanares. Siempre ha sido respetado en España. No juega al tiki taka, no fue un futbolista de la talla de Zidane, ni quizás un estudioso
como Bielsa. Sin embargo, sus clubes enamoran. Y motivan el cariño de la gente porque batallan hasta el último minuto, porque se parten la cara y suelen ser el David que esquiva los golpes de Goliat, pero nunca se amilana. Hace años andaba por otros lares, disfrutando experiencias exóticas. Esta campaña le abrieron una vez más la puerta en España. Aguirre creía que estaba demasiado viejo. Iluso. La Liga y el fútbol le necesitan más que nunca.

La frase:

“Cuando empecé en Rosario Central teníamos prohibido gritar un gol de penal, porque un gol de penal lo hace cualquiera”. César Luis Menotti (ex seleccionador de Argentina).