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La posesión como obligatoriedad estética es la gran mentira del fútbol. El asidero estadístico como recurso para ensalzar el “buen juego” y la necesidad casi impuesta de llegar al arco luego de una sarta infinita de toques constituye, además, un cáncer que condiciona de forma nefasta el gusto de hinchas y entrenadores actualmente. Suena tajante, pero tantas variantes tiene este deporte que desechar todas para venerar solo una representa un auténtico sacrilegio.
Guardiola, con su obsesa cualidad de generar ocasiones de gol a partir de un idilio innegociable con la pelota, legó a la humanidad un fútbol excelso, casi perfecto, disfrutable incluso para aquellos que hincaron la rodilla enfrente suyo. Pero Pep, que tras su salida del Barcelona ha trastabillado —consecuencia lógica, desde luego, de perder a los artistas con que contó en una generación sin igual— para hacer su tan consentido estilo, nunca más ha vuelto a rozar la perfección como lo hizo en las vértebras de Can Barça.
El técnico catalán del Mánchester City, a quien debemos agradecer, más allá de estar o no de acuerdo con su ideario futbolero o su capacidad innata para generar polémica delante de los micrófonos, también ha hecho, quizás sin querer, un “flaco favor” a este deporte. Aunque no es él. Son sus fieles partidarios. Son aquellos que veneran las formas por encima del fondo y que distribuyen sus conocimientos más hacia la construcción de un discurso elitista y excluyente a partir del clásico poder de manejar la pelota que de comprender el fútbol como un baúl cuyo interior guarda miles y miles de maneras.
Si todos los equipos jugaran igual, el fútbol no fuera el deporte más hermoso del mundo. Sería, en todo caso, el más aburrido. Si todos los equipos jugaran como el Barça desde la llegada de Setién, en los pasillos de los estadios construirían sillones y no butacas, para aliviar el soporífero impacto de un estilo ramplón y predecible, tan necesitado de la paciencia que pende de un hijo finísimo en la búsqueda del éxito.
Quique Setién no engaña a nadie. Ni quiere, de hecho. Si algo positivo puede reconocerse en la figura del cántabro resulta su franqueza, ir de frente aun cuando pueda generar dudas por su inflexibilidad. Aunque parezca, en sus palabras expresa realmente un criterio del cual está convencido: para él la posesión es indispensable, no concibe el fútbol de otra manera y prefiere llegar al arco tras 50 toques a la pelota que tras cuatro o cinco.
En declaraciones ofrecidas a la prensa tras desembarcar en el Barcelona, su frase más contundente señalaba la inconformidad que le ocasionaría una victoria 1-0 sin jugar bien. Pero, ¿qué es realmente jugar bien? Para Setién, probablemente sea el contacto con el balón más de mil veces en 90 minutos, como ya ha hecho su equipo, y no dejar al rival ni oler el tufo de la esférica. Su hermeticidad en torno a esto podría ser, como sucedió en su etapa en el Betis, la espada de Democles que reposa sobre su cuello.
Defensor de las ideas cruyffistas, la directiva culé le eligió por representar un exponente del famoso “ADN Barça”. Sin embargo, el juego entretenido, característica cruyffista por antonomasia, va más allá de la posesión estéril. Entretenido es el vértigo, la ida y vuelta, la variedad de opciones y armas, el ahogar al contrario a partir de la solidaridad con el balón y los desmarques para apoyar las decisiones del compañero, el toque corto y sorpresivo, enloquecer a las defensas contrarias con lo impredecible o derribarlas pacientemente, pero sin acomodamientos.
En Mestalla, el sábado último, vimos a Quique Setién asumir, ante la ineficacia de su planteamiento, ciertas posturas similares a las propugnadas hace poco por Ernesto Valverde. ¿Quién lo diría? El futuro es incierto, pero dos cosas resultan claras: para forjar un estilo se necesita tiempo y para tener éxito con dicho estilo se necesita flexibilidad. Dicho esto, creo que la situación del Barça supera el banquillo y constituye la consecuencia de un manejo grotesco de su directiva durante muchos años.
La frase:
“Yo sé que todo el mundo quiere ganar de manera inmediata, pero a veces para tener resultados, continuidad y estabilidad necesitas otras cosas” (Quique Setién)