Aficionados del Espanyol. Foto: Marca.
Dios creó al ser humano para habitar el planeta y siglos después creó al fútbol para robarle horas de tiempo en algo apasionante. Ideó una cancha rectangular con 22 tozudos persiguiendo un balón y luego apoyó con una parafernalia a su alrededor increíblemente emotiva. Dio alas a la gente cuando vio su entusiasmo.
Y agregó luego un mejunje de sensaciones: belleza, talento, desazón, ira, sutileza, vehemencia, tensión. El brebaje le supo a gloria y así lo ofreció a la gente.
La tensión es a este bendito deporte como la sonrisa al ser humano. Indispensable. Espontánea. Seductora. Podría decirse, incluso, que constituye una característica inherente. Imaginen un partido sin nervios, con las uñas intactas y los pensamientos navegando por tantos temas distintos al balón que va y viene sobre el pasto. Sería soporífero.
Los derbis estimulan los sentimientos del fútbol a un porcentaje extraordinario. La hinchada los vive como si el mundo fuera a terminar tras 90 minutos de rivalidad pura, descarnada, casi cruenta entre dos ideologías diferentes, entre dos colores cuyas diferencias son mucho menores de lo que piensan sus devotos. Las discrepancias aparecen comprimidas en una misma ciudad, con dos equipos radicados en el mismo suelo, pero enemistados por razones poco conocidas. El amor por un escudo resulta casi siempre un legado de familia y cruzar a la franja contraria se considera se puede considerar traición.
Y así, resulta tarea sencilla descubrir la quinta esencia del fútbol en un graderío el día que visita el rival de ciudad. En Sevilla, por ejemplo, la oposición Betis – Sevilla ha parido uno de los enfrentamientos más emocionantes del mundo, cargados de arte y de “sevillanía”, de chistes y de tretas, de música y de sentimiento. En Madrid, colchoneros y merengues casi construyen un muro simbólico entre dos clubes con tradiciones opuestas.
En Roma, la Lazio propugna valores que constituyen la antítesis de su siempre detestado vecino romanista. En Glasgow, los católicos del Celtic y los protestantes del Rangers han aparcado su ferviente hostilidad en el campo de la religión y en Argentina, entre los barrios de la alta y baja sociedad bonaerense, los niños al nacer tienen todavía dos grandes opciones: River y Boca. El día en que eligen, media urbe les sonríe y la otra les da la espalda.
Este fin de semana, a escasos kilómetros del Camp Nou, los pericos les aguaron la fiesta a sus nunca queridos compañeros azulgranas. El Espanyol – Barcelona ha sido por décadas el partido más importante de Cataluña y, pese a la notable diferencia de presupuesto y títulos entre ambos equipos, cuando los culés llegan a Cornellá encuentran uno de los ambientes más hostiles que enfrentan durante toda la temporada. “No sois un rival, sois el enemigo”, rezaba este sábado una pancarta en el estadio blanquiazul para darles la “bienvenida” a los de Valverde, que dejaron dos puntos finalizado el encuentro.
Sobre el césped, el Txingurri abrió con todo. A excepción de Ter Stegen (en este preciso instante, con el permiso del sublime esloveno del Atlético, Oblak), el mejor arquero del mundo, los principales jugadores saltaron a la grama. Con la inédita Supercopa de Arabia Saudita esta semana y tantísimos compromisos por delante en el calendario, quizás algunos pensaron en la posibilidad de rotar. Pero no. En los derbis, ya lo decíamos, nadie quiere perder. Y el Barça fue, sobre la yerba del estadio perico, el mejor Barça posible. Al menos en papeles.
En la trinchera local, los blanquiazules ubicaron una línea de cuatro en el fondo (también inédita tras la constante zaga de tres mientras Pablo Machín fue su entrenador), además de cinco en el centro para asfixiar la circulación de balón azulgrana. Abelardo, nuevo entrenador del Espanyol, enjauló a Messi y propuso un partido sin balón casi impecable. Presión inteligente, bandas cerradas y defensa en bloque, fueron sus bazas para frenar la superioridad notable en plantilla de su ex equipo.
Tan grande es el fútbol que el Barça, líder de la Liga, casi cae en el campo de sus vecinos modestos, últimos en la tabla. El conjunto de Valverde sigue siendo un conjunto predecible con la pelota y solo cuando tiene espacios luce realmente peligroso. Ni Messi, su salvador tantas y tantas noches, pudo marcar la diferencia en Cornellá. Quien sí lo hizo –por fin- fue Luis Suárez, cuyas acciones individuales rompieron el muro periquito para silenciar las gradas. Aunque, cuando encomiendas tu destino a acciones personales, difícilmente consigas el éxito. Y el Espanyol, que sí funcionó colectivamente, terminó empatando para el delirio de sus parciales.
Así las cosas, el Barça vio al Real Madrid abrazarse a la cima de la tabla y los pericos siguen hundidos en el sótano, aunque ahora con el pecho henchido tras aguar la fiesta de sus rivales más poderosos. Pero sin importar su estatus, ambos regalaron un derbi barcelonés para el recuerdo. Goles, garra, miedo, valentía, intensidad, faltas duras, protestas innecesarias y vehementes a los árbitros, bufandas al viento, gargantas a todo dar.
Al fútbol le sobran fichajes y le faltan besos en el escudo, promesas de fidelidad e historias como la de Iniesta y Jarque, uno culé y el otro espanyolista, ídolos en aceras opuestas, amigos incondicionales y cuyos nombres estarán ligados para siempre. Al fútbol, indudablemente, faltan derbis tan pasionales como el de este sábado.
La frase:
“Hay que aprender el oficio para ser el mejor, no vale solo con el talento”. Cristiano Ronaldo.
Captura de Superdeporte.
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Captura de Súperdeporte.
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