Asi era, concurrido y oscuro, debido a que casi todas aquellas fotos se hacian de noche en las horas de mayor venta. Foto: Habana Radio
Conocí el Mercado Único siendo muy pequeña, gracias al capricho de probar las Medias Noches que allí hacían. Lo que vi entonces, no era igual a lo que se ha inaugurado recientemente. El de ahora es muy superior, se ha resaltado la belleza arquitectónica del edificio y los interiores ni se diga, es como si la mano de un mago hubiese tocado las paredes con su v
arita y dicho: “póngase aquí un Mercado como aquel, con la modernidad de hoy”
Me gustaba escuchar las conversaciones de mami y papi, seguramente porque ya tenía dentro ese chismoso que cada periodista lleva consigo. El caso es que mi padre comentaba sobre el Mercado Único, preguntaba a mi madre qué hacía falta, sacaban cuentas de facturas, en fin se planificaban, y yo escuchando. Pero mis sentidos se expandieron cuando él dijo: “no almorzaré, comí en el Mercado una Media Noche”.
Media Noche, como muchos conocen, en un sándwich que bien hecho es exquisito, lleva jamón –de pierna y suave-, pierna de cerdo asada, queso, pepinillos, mantequilla, y otros aderezos al gusto, con un pan oblicuo y blando. Adoraba -y adoro- la Media Noche, y a partir de ahí crecieron mis demandas por ir al Mercado Único. La vendían en cientos de cafeterías de La Habana, pero yo quería probar esa.
Mi padre insistía en que no podía ser pues él iba a las 5 de la mañana, hora en que yo como niña pequeña, aún dormía. Pero mi papá no sabía resistirse al deseo de un hijo. Asi, un día me llevó Mercado.
No me gustó mucho. Un bullicio enorme, los animales vivos en las tarimas me hacían recogerme sobre mi padre a cada paso, aquello me dio un poco de miedo. Eso sí: había de todo lo divino y lo humano que un consumidor quisiera comprar. Los animales sanos, los pescados, las verduras, las viandas, todos muy frescos.
El aroma del Mercado no alcanzaba –según recuerdo- las pestes de los mercados de hoy, pero la atmosfera a respirar no era agradable.
Había decenas de tarimas de jaulas desde el suelo hasta el techo con aves de corral. Cerdos, chivos, en fin, que del solo pensar que todos esos bichos vivos podían escapar de su cautiverio y venirme arriba, me daba pavor.
Era difícil circular a esa hora de la mañana, muchos tarimeros se retiraban, pues las ventas se hacían en la madrugada. Los comerciantes debían acudir temprano a buscar las mercancías que suministraban sus negocios, pues ya a media mañana los precios bajaban, pero la calidad de los productos también.
Hoy, leyendo una de las geniales crónicas de mi querido colega Ciro Bianchi, puedo explicarme por qué era único, Mercado General de Abasto y Consumo Único, tenía esa condición que le otorgó el término municipal de La Habana. Eso quería decir que se prohibía la apertura de un establecimiento similar en un radio de dos kilómetros y medio y de casillas de expendio —los humildes puestos de viandas y frutas— en 700 metros a la redonda. Por eso debió cerrar el mercado de la Purísima, aunque se permitieron mercados libres en el Vedado y en el Cerro.
Aquella decisión hacia que el Ayuntamiento de La Habana privilegiara Alfredo Hornedo y Suárez, sagaz político y empresario de la época, con una licencia para operar durante 30 años. No podía haber otro establecimiento similar en dos kilómetros. Los que tenían algún puesto de este tipo lo tenían que cerrar. Así era.
Cuando estuve por primera vez no sé bien si era único, pero grande si era. Luego pude comprobar que abarca toda una manzana entre las calles de Monte, Cristina, Matadero y Arroyo, en los límites entre los municipios de Habana Vieja y El Cerro. Su ubicación cerca del puerto y de las principales arterias viales de la ciudad, facilitaban su flujo comercial.
Fue inaugurado en el año 1920, desde entonces con dos plantas y un sótano, donde estaban los almacenes, depósitos y cámaras de refrigeración. El acceso al piso superior era por cuatro escaleras de mármol y seis elevadores. Los puestos de venta se distribuían alrededor de un patio central.
Era un enjambre de viandas hortalizas, puestos para vender carnes. Espacios donde vendían comidas como las rusticas fondas chinas. Cuentan que las sopas chinas más ricas de La Habana se hacían en el Mercado Único. Yo no las probé hasta que fui adulta, pues tenía mis reservas de aquel caldo con hierbas colgando. La ignorancia gastronómica de entonces me limitó de conocer esos magníficos sabores.
Mis tíos me cuentan que era usual terminar una noche de fiestas de madrugada, y llegar a la Plaza de Cuatro Caminos a tomar una sopa china y comer arroz frito, aquello estaba siempre lleno de gente y sobre todo de establecimientos prestos a servir con una amabilidad que hoy no abunda.
El pescado lo recibían directamente de los pescadores, no había intermediaros, traían la pesca que incluía langosta, camarones, pargos, chernas, Serruchos, Sierras, en ruedas o enteros. Los vegetales, frutas y viandas recién cosechados. No se guardaba la mercancía de un día para otro, al final de la comercialización en la mañana, todo se vendía a los carretilleros que luego recorrían La Habana pregonando por los barrios.
También vendían flores y plantas, y había guaraperas, donde ofertaban el jugo de la caña de azúcar con mucho hielo. La calle Monte, una de las arterias que limita el Mercado, siempre fue un espacio comercial enorme que según mi memoria, no era de gran alcurnia, eran más bien pequeños negocios con mercancías muy buenas, quincallas, mercerías, útiles para el hogar, peleterías sastrerías, así hasta llegar al fabuloso Ten Cents de Monte, ya casi en La Habana Vieja.
Estuve allí muchas veces en el Mercado Único en los años 80 a comprar cerdo, carnero, viandas, pero aquel mercado no era ni el de ayer ni el de hoy, era una mezcla de muchas cosas, donde predominaba la venta de artículos y productos usados en ofrendas religiosas. El deterioro de la edificación se veía venir desde entonces. Considero que nada se pudo hacer a las puertas y luego durante el llamado Período Especial. Imagino que gracias a San Eusebio Leal Spengler, esta joya arquitectónica se rescató. Dios le bendiga por eso también!
¿Y qué recuerdo de aquella Media Noche? ¡Espectacular!, pero como mi padre era un comerciante asiduo que compraba allí para su negocio, al parecer hizo alguna recomendación y me sirvieron un sándwich con demasiado relleno y solo pude comer la mitad. Llevo medio siglo lamentándome de no haber guardado la otra mitad. Nunca más he comido una Media Noche igual, si alguien sabe en qué lugar de La Habana la sirven, por favor, avísenme.