Goles son amores: Nostalgias

Brasil celebra el triunfo. Foto: Reuters

Brasil juega mal hasta que, por pudor o algo más allá del pudor -si existiese- acaba volviéndose una selección nostálgica. Entre la nostalgia y la necedad hay, ya lo sabemos, un espacio mínimo y jugar mal es, desde hace años, una idea sobrevalorada. Jugar mal puede ser, incluso, una virtud ocasional: desata la confianza del otro que es, muchas veces, solo eso. La confianza es, a fin de cuentas, una especie de resignación.

Brasil se vuelve nostálgico por la derecha de Willian, que ha sido un recurso furtivo. Willian, en realidad, no había sido Willian. Willian, antes de México, había sido un derivado trivial de la era Dunga: un tipo latente, tan recóndito como los extremos sacrificados que son algo menos que extremos, algo menos que volantes, algo menos que laterales. Los mexicanos lo pierden a partir de corridas desenvueltas, del desenfado. La zancada de Willian es, si se quiere, la imagen perfecta de Brasil: férrea y cínica.

Hay en lo anterior un concepto, quizás, difuso: el cinismo es, a veces, una opción nostálgica. El Brasil de la final de 2002, por ejemplo, tenía arriba a Ronaldinho, Rivaldo y Ronaldo, nombres irreverentes. Luego pasaron del cinismo a la cordialidad. Jugaban tipos indolentes; tipos, probablemente, de otro país. Las etapas de Dunga, Menezes y la última de Scolari lo enrarecieron todo: veneraban demasiado, esperaban. Sobre todo, esperaban. Pura paciencia mancomunada.

Ahora Brasil es tan perfecta que se equilibra a partir de varias nostalgias. Es un agregado extraño: tiene la frialdad de la selección de Dunga y el descaro de la que alzó el pentacampeonato. Exhibe cada una a intervalos. Cuando hace falta. Es la versión pragmática de la que hablan muchos: no se trata, únicamente, de que los jugadores ocupen en la verdeamarelha el mismo rol que en sus clubes; se trata, también, de imaginar los lapsos donde debe reproducirse cada posibilidad de la nostalgia, que es, en el fondo, ninguna.

Para el México temerario de los primeros minutos -Osorio lo había anunciado de forma excesiva- está el Brasil áspero, que solo ha permitido un gol, a balón parado. Cuando México se repliega, aparece una versión ligera, con una desfachatez lite. Está, además, Neymar, que conmina con maneras diversas, con movimientos mordaces…

Las nostalgias son, a veces, evocaciones convenientes en circunstancias límites. Consolidan o trastornan. En el Brasil más pulcro son, para bien o para mal, advertencias históricas fulminantes.

P.D: Japón pudo ganar a Bélgica. Japón parecía el mejor Arsenal de Wenger. El mejor Arsenal de Wenger es un equipo que murió por narcisismo. El gol de Inui valía una eliminatoria. El de Chadli también. El de Chadli, por el balón que deja pasar Lukaku. La diferencia entre Bélgica y Japón fue un par de piernas abiertas en el área chica. Un espacio mínimo. Casi nada.

Marouane Fellaini (centro) celebra anotar el empate de Bélgica contra Japón en los últimos 16. Foto: Jack Guez/AFP.