Comandante Magoya.
Al fin la muerte que tanto te buscó, afanosa entre montañas, espinas y llanuras, te fue cercando y se aferró, cruel y feroz, en tus entrañas hasta llevarte a las corrientes subterráneas de la muerte, junto a tu hijo, tiempo ha, asesinado en una noche al amparo de la obscuridad.
Tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Así le decía Miguel Hernández en su enlutada tristeza a su amigo Ramón Sigé en aquel Rayo que no cesa. Eso eres tú, un rayo que no cesa, como el relámpago del Catatumbo, como aquellas descargas con racimos de rayos que se desataban en las furias del cielo falconiano. Eso te digo yo ahora para ver si con tu risa disipas esta neblina oscura que intenta entenebrecer la vida. Hace tan pocos días que nos encontramos aquí, en La Habana. Ya tus médicos me habían dado la mala nueva. La ciencia, todavía tan corta de aliento nada podía hacer por el tuyo. Y con Milagros, tu novia de siempre, la que conociste en aquellos días de pasos ágiles, por allá en los montes de La Virgen adentro, en el cerro de El Junco, hablábamos en silencio y forzábamos la sonrisa.
Tú, siempre de risa animosa, pícara y abierta, ya reías con algo de tristeza, aquí, en mi casa habanera. Tal vez por obra de los presentimientos y del dolor que soportabas con el estoicismo que cultivaste con el arte de los mejores guerreros por la libertad y por la vida. Todo en ti y para ti fue importante, mi entrañable hermano.
Desde niño, después de haber trabajado en los más increíbles oficios, como la rebeldía se atropellaba en tu noble corazón, asumiste el más noble, deprendido, glorioso y digno de los oficios: el de los revolucionarios verdaderos, como Bolívar, como Zamora, como Chávez, ¡como el Che! Y conociste a otro grande como tú, Miguel Noguera. Y conociste a Julio Chirino, nuestro hermano que pocos conocen por su nombre, pero que identifican cuando se habla de El Cabito; y otros de esa estirpe a quienes acompañaste en Iracara, allá en las montañas de Falcón. Y desde aquellas montañas cruzaste las tierras de Yaracuy, Cojedes, Lara y Portuguesa y, luego, de vuelta a tu amada Iracara y también a El Mosquito, nombre nunca mejor escogido en la extensa geografía nacional.
En esos caminos te conocí un día. Nuestra columna principal se desplazaba hacia las tierras empinadas y frías de Los Andes, hasta allá, en Niquitao y todos esos pueblos de dios. Fue una larga marcha nocturna. Bien nocturna. Tan nocturna que nada se veía. Se caminaba solo con el radar del guerrillero y su visión infrarroja. Mis rodillas me castigaban recio. Pagaba así, el largo encierro de las “conchas” clandestinas de las ciudades donde por mi parte apelaba al rigor de una disciplina que era convicción para cuidar la vida frente al peligro de asesinos profesionales que formaban la policía política. Yo había perdido todo signo de entrenamiento y pagaba el precio.
Pero fuiste tú quien resbalaste fila abajo para trepar de nuevo hacia la fila de guerrilleros bajo una risa torrencial de casi todos los compañeros, incluyendo la tuya, menos la mía. Al acampar, trabamos la típica conversación del vivac. Pero esto fue un simple encuentro pues yo tuve que volver a la ciudad. Así lo decidimos. Y yo volví a torear la muerte y organizar fuerzas y apoyo para ustedes que quedaban y luchaban en las montañas. Allí conocí al ya legendario Cabito y trabamos esa camaradería que tanto compartimos los tres. Y el símbolo de los que no delatan, por feroz que sea la tortura: El Pica. Cuando retorné a la montaña, esta vez para quedarme con ustedes, vino aquella desventurada marcha hacia la parte alta y fría de los Andes donde se nos condujo al encuentro de un adversario que esta vez supo rehuirnos. Vino así el descontento que te llevó con una unidad de bravos, a buscar de nuevo los territorios que mejor conocías en las tierras de Falcón. Allí fui a buscarte con Renán y Falcón, entrañables hermanos.
Y de nuevo, nos unimos para perseguir los sueños. Nos movía una profunda convicción: era necesario rescatar la dignidad de la Patria –así con mayúscula- e intentar realizar los sueños de Simón Bolívar porque, como lo dijo ese otro grande de América, Martí, lo que no hizo Bolívar aún está por hacer en Nuestra América. Y frente a las mil dificultades que luego tuvimos que enfrentar, nuestra sólida amistad y la comunión en los principios, nos permitieron mantener una profunda camaradería que siempre fue para mi orgullo grande y que ya no puede perecer, pues tú sigues ahí, erguido, sonriente, siempre gigante, siempre enamorado de Milagros –ese milagro del amor- que tanto admiro, como todas tus cosas.
Fue por esos mismos principios, por esa conciencia a toda prueba que siempre te acompañó por lo que entendiste y asumiste, sin mezquindad alguna, el liderazgo de Chávez, como también lo hice yo, como lo hicieron millones del pueblo. Y no nos arrepentimos, hermano. Pese a tropiezos, inconsecuencias o fatiga de muchos, no nos arrepentimos. Y seguimos, entrañable hermano, amigo, camarada, seguimos hasta que desde las entrañas de la tierra amada, las corrientes subterráneas de los sueños que nunca se marchitan, nos vuelvan a encontrar en un abrazo de mineros.
Te fuiste, hermano, pero no te fuiste, quedas reluciente, magnífico e inigualable, como aquellas altas palmeras que se divisan desde lejos en los territorios de Bacilicio y cantándote con voz alta los versos republicanos, “la flor más pura del pueblo”.
Alí Rodríguez Araque
La Habana, 21 de febrero de dos mil dieciséis