Llueve sobre mojado

Monumento a Calixto García Iñíguez, en el Malecón de La Habana. Foto: Alejandro Alfonso/ El Quinqué

Llueve y la tarde se hace noche muy temprano en el Malecón de La Habana. Llueve para todos por igual, para el Monumento a Calixto García y para el gorrión en la rama de laurel, para las gradas desvaídas del Estadio Martí y para el anciano que usa un Granma de paraguas, para el que intenta vender chicharrones de viento en un portal y para el que no los compra, para el bicicletero y para el peatón que avanzan hacia la Avenida Paseo, para el turista y para el que lo asedia, para el que remata las copas de cristal de la abuela y para el que lo mira con lástima, para los forasteros y los ambientados, para el policía y para el portero de la paladar.

La lluvia parece una forma primaria de democracia: iguala, no hace excepciones, limpia. Pero no llueve en cualquier otra parte, sino aquí donde ese Calixto García de bronce aguanta el agua, el salitre y el olvido, como le ocurre con su proclama en los libros de Historia, aquella que firmó en 1897* junto a Máximo Gómez:

“…es utópico, inútil, indigno y absurdo suponer que alguna solución que no sea la independencia de Cuba pueda resolver razonable, satisfactoria y definitivamente los problemas políticos del país… Bajo ningún término trataremos con los opresores de nuestra patria, salvo sola y exclusivamente a base de la absoluta independencia de Cuba.”

Llueve sobre mojado.

 


*Citada por Philip S. Foner, La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978, pág. 148.

(Publicado originalmente en el blog de la autora Desbloqueando Cuba)