En estos momentos el reino de Saba corre peligro. Y ya no en la mitología, sino en la vida real. Si consideramos correcta la hipótesis de que se encontraba en el actual territorio de Yemen, las noticias de los bombardeos constantes a lugares históricos preocupan a los defensores de la preservación del patrimonio de la humanidad. Y, por supuesto, alarma mucho también la pérdida de vidas humanas en esa guerra sin sentido.
La región está en estos momentos en una situación de catástrofe humanitaria y patrimonial. No solo en Yemen, sino también en las zonas por donde pasaron las tropas norteamericanas durante los últimos trece años, además de las que actualmente son escenario de la ofensiva del Estado Islámico (ISIS).
Desde el principio de la invasión estadounidense a la región, comenzando en Afganistán y pasando por Irak, las noticias sobre el robo de antigüedades y la destrucción del inmenso patrimonio histórico son constantes. Hasta un filme fue producido por Hollywood para narrar las peripecias de tres soldados que robaban una parte del oro del pueblo iraquí.
El ISIS por su parte se ha empeñado en borrar cualquier vestigio de herencia patrimonial en Siria y en los otros lugares que ha ido ocupando a través de sus filiales en varios países de la zona. La irrupción de sus sangrientas huestes en el Museo de Palmira el 23 de mayo signó las claras intenciones de sus líderes en cuanto a la historia del pueblo sirio y de la región.
Por estos días el mundo ha protestado los bombardeos contra las zonas históricas yemenitas, comenzando por el centro de Saná, la capital. En ese lugar radica uno de las joyas patrimoniales que más celosamente cuidan los yemenitas, el mercado antiguo de la ciudad. Lugar de reunión y regocijo del pueblo, es posible que haya sido duramente afectado por las bombas agresoras.
El cuidado de la memoria histórica es una de las misiones más importantes de cualquier pueblo. Intentar borrarla, sea accidentalmente o exprofeso, es un crimen imperdonable en cualquier país. Detrás del actual intento de lacerar lo más sagrado del patrimonio en el Medio Oriente debe haber algún consenso diabólico. Algún día sabremos a quién respondía la actual coincidencia de objetivos en la zona.
Hace casi treinta años junto a un grupo de cubanas y cubanos visité lo que se supone fue el palacio de la Reina de Saba en la provincia de Maarib en Yemen. Como cada vez que se recorre un lugar histórico, pensamientos de todo tipo venían a mi mente. Impresionaba el saber que me encontraba en uno de los lugares donde se cree arrancó el desarrollo de la humanidad, donde se dio el empuje definitivo a nuestra civilización.
Todavía hay tiempo de salvar los tesoros de Saba. No pensemos en oro ni joyas, pues no las hay en ese lugar. Solo columnas en ruinas, piedras que algún día fueron cimiento de casas y palacetes. Pero si se destruye lo que queda, el golpe será lapidario contra el legado que tenemos la obligación de guardar para las generaciones por venir. La más moderna tecnología no podrá suplantar nunca el respirar por nosotros mismos el aire que algún día nuestros antecesores disfrutaron.