Las dos selecciones plantaron bandera, dejaron cuenta de que llegaron al estadio Beira-Río de Porto Alegre, capital de Río Grande do Sul, a jugárselo todo, sin especulaciones futbolísticas o aritméticas.
Argentina a tocar por fuera para, con la habilidad individual, desequilibrar y embestir la puerta contraria. Nigeria a defender con solvencia para, con la velocidad, pegar latigazos y horadar la portería rival.
Esto, desde el arranque, electrizante, que dejó diez minutos de vértigo, de respiración contenida.
Primero Messi, corría el minuto tres, engancha una pelota suelta en el área tras rebotar un proyectil de Di María en la cabeza de Enyeama y el poste, y, con rabia, manda la Brazuca al fondo del arco. A los segundos, celebraban aún los sudamericanos, parados casi, culmina un contragolpe Ahmed Musa con disparo justo al palo izquierdo de Sergio Romero, que se lanzó para la foto.
1-1. Empate justo por la intensidad y ambición de cada uno.
Otro asunto son los argumentos, los que desnivelan partidos. Después de la tempestad, llegó el fútbol, y la albiceleste fue bastante más que Las Águilas Verdes, que no renunciaron a volar.
Toques cortos de Messi y Di María, más diagonales constantes de Higuaín. También trazos largos a las espaldas nigerianas e intentos de inserción por el centro de la zaga. Presión bien arriba e incesantes cambios de tiempo. Llegadas con triangulaciones y disparos de media y larga distancia. Movimiento en bloque para hacer más cortas y fluidas las transiciones.
Eso fue Argentina en el resto del primer tiempo. Tomó el control del partido, ahora sí, a diferencia de sus presentaciones ante Bosnia e Irán, aunque a revoluciones más frenadas (Messi el primero) y con menos exactitudes (Di María más que todos) que durante la eliminatoria mundialista de CONMEBOL.
Se pierde la pelota de las piernas de Nigeria, que aguanta a duras penas. Solo puede parar al rival con faltas, sin lograr romper las conexiones albicelestes. La pasa mal, le quedan, para encarar al cancerbero Sergio Romero, los errores albicelestes y disparos desde fuera del área.
Esa autoridad, pocos segundos después de un intento fallido, la tradujo Messi con un cobro de zurda ejecutado por encima de la barrera, tan preciso el golpe como inseguro Enyeama, justo en la agonía de la primera mitad.
2-1. Delante Argentina, que merecía más claridad en la pizarra. La ventaja mayor la tuvieron Di María e Higuaín, a los cuales les faltó gol para ponerle guinda a sus ejecutorias.
Dos minutos no más y otra vez anota Musa, en el segundo ataque profundo de Nigeria, enfrente de una defensa distraída y desorganizada.
Pero en el 50, casi de casualidad y después de botarse un tiro de esquina, Marcos Rojo puso delante definitivamente a Argentina. Primer gol del defensor en 25 apariciones con la selección.
Luego, un calco del primer tiempo, ahora en cámara lenta y con menos espacios y aproximaciones peligrosas de Nigeria.
Para colmo de bien, el Kun Agüero, lesionado desde el minuto 36, había dejado su lugar a Ezequiel Lavezzi, que obligó a cambiar el 4-3-3 por el 4-4-2 y, más participativo que el ex yerno de Maradona, forzó dos tarjetas amarillas y contribuyó sobremanera en la reducción de espacios a las respuestas nigerianas.
Los “cuatro fantásticos”, entonces, sí eran cuatro: Messi, Di María, Higuaín… y Lavezzi.
Quedaba la expectativa por ver un hat trick de Messi y el ascenso del barcelonista a lo más alto de la tabla de goleadores. Pero a los 62, por precaución, Sabella lo retira del campo.
Se fue Lionel y llegó el caos e individualismo ofensivo. Se fue Messi y el equipo, a ratos atascado, lució otra faz, más cansina y huérfana de ideas. Se fue y solo quedó la fiesta de la hinchada.
El optimismo fundado de los incondicionales de la albiceleste es la buena noticia. Lo demás, las cuentas pendientes ahora saldadas a favor de los argentinos, poco importan.
Acababan de olvidar losas grisuras de su selección ante Bosnia e Irán. Acaban de aplaudir los mejores minutos de Argentina en el Mundial. Acaban de vitorear la versión más brillante en Brasil 2014 de un cuatro veces ganador del Balón de Oro.
Y ello los pone a soñar con 1986, con 1978.