Por Miguel Terry Valdespino
Ilustración: Denys San Jorge
El chofer, en un gesto caballeroso, decidió detener el ómnibus que conducía y echarle una mano a la mujer que con dos niños, un varón y una hembra, esperaba por alguna “botella” salvadora en aquella curva de un camino incierto. Lejos estaba el hombre de imaginar el “material explosivo” que había subido a su guagua.
Apenas cinco minutos después de sentados, la mujer (mamá) y la niña (hija) comenzaron a poner caliente la escena, preludio del combate, campana a campana, que sostendrían a lo largo de todo el trayecto. Nené ofendía, atacaba a mamá, la pinchaba con frases injuriosas, le disparaba cuantos insultos pasaban por su “tierna” cabecita. Mamá, herida en su orgullo, se volteaba en el asiento anterior y disparaba hacia el asiento trasero, donde se hallaba su hija, una andanada de manotazos con la misma velocidad de un Kid Chocolate en sus mejores tiempos. El contrincante, perdón, la hija, se cubría del aluvión de derechazos e izquierdazos que llovían sobre su cabeza.
Pasado el terremoto de golpes y luego de unas lágrimas de la pequeña, esta volvía afanosa al centro del ring, lista para continuar el combate. Atacaba de nuevo, ofendía. Mamá le exigía callar entonces, diciéndole “niña, este chofer es pesaísimo, te va a bajar de la guagua, cállate la boca y pórtate bien”. Pero la niña parecía no temerle ni a los golpes ni a los choferes “pesaísimos” que bajan a los niños las guaguas después de recogerlos. Secaba sus lágrimas, cogía aire y volvía a la carga, como el cubano Gilberto Carrillo ante el yugoslavo Mate Parlov en la mejor pelea del Mundial de Boxeo de 1974. Nada de miedo. Nada de susto, por mucho que la madre le prometiera que, una vez llegadas a casa, la niñita iba a aprender “lo que era bueno”, es decir, iba a aprender a bailar la caringa en un solo pie o a cruzar el Niágara en bicicleta.
Escritores y profesores presentes en el ómnibus se miraban consternados, y de los labios de una veterana profesora se escapaba la frase más inteligente de todas las dichas acerca de tan triste caso: “La violencia solo engendra violencia”. Lástima de situación, mucho más tratándose de seres destinados a cultivar entre ellos el más tierno, nítido y eterno de los amores posibles: el de los padres y sus hijos. Pero la pesadilla no terminaría ahí, al menos para quien escribe: un par de fechas después, tras mi regreso a casa en una tarde soleada, la misma madre y la misma hija aparecían repentinamente ante mis ojos, metidas nuevamente en otro combate altamente bélico-explosivo.
Como la vez ya descripta, no habría un vencedor, sino dos perdedoras, porque en casos como estos nunca suele ganar nadie, aunque una de las partes en conflicto golpee y ofenda más fuerte.
Con frecuencia se habla de la pérdida de valores dentro de la familia cubana actual, problema que atañe a todos los habitantes de este país. Pero, más allá de cualquier crisis, siempre queda la posibilidad de intentar formar seres humanos bajo los principios más humanistas. Insistir en este empeño no siempre depende de tener más o menos recursos, más o menos dinero en los bolsillos. Sobran los ejemplos de gente acaudalada que forma hijos con un pensamiento ruin y egoísta, y de gente humilde capaz de formar seres nobles. Los vemos a diario. Por suerte nos rodean por todas partes.
Pero cuando la “educación” intenta imponerse desde el grito, los golpes y la falta de respeto, entonces otro gallo canta. El “ofendido” acaba pagando con la misma moneda y pierde el miedo a los golpes y a cualquier clase de castigo. Y lo que es peor: empina sus ramas al mundo de la manera más torcida y ya no hay mano que pueda enderezar su tronco. Espero, sinceramente, que cuando estos seres vuelvan a cruzarse en mi camino la triste memoria de madre e hija calzadas con guantes de boxeo sea tan solo una imagen lejana, lejanísima, incapaz de volver a despertar el asombro, la repulsa y el espanto de alguien.