Apenas 100 metros

Por Roberto Ariel Lamelo

A Aguilera le tocó bailar con la más fea. Enfrentar en esos 100 metros finales al "Hijo del Viento" a.k.a. Carl Lewis, aquel fenómeno del atletismo mundial, tan grande en su momento -o más grande aún quizás- que Usain Bolt.  A ese, a ese monstruo, tuvo que enfrentarse Aguilera en aquel tramo final de la carrera de relevos 4x100 mts en Barcelona 1992. Vaya misión la suya para con Cuba, un país que no había inscrito a ningún hombre en la carrera de los 100 metros, y que ahora desafiaba a “las fieras”. Casi bajo el anonimato intentaría alcanzar algo en “una distancia” que desde Silvio Leonard, aquel cienfueguero rápido como un guineo, no alcanzaba. O tal vez “una hazaña”, como aquella que se logró con el relevo 4x100 en los Juegos Olímpicos de México 1968.

El relevo 4x100 es para muchos, y entre esos me incluyo, la carrera más espectacular del atletismo. Adoro los 100, pero en los 100 solo tienes 9 segundos y tanto (casi 10) para disfrutar y ver combatir un hombre contra sus propios límites y contra la mala pulga de otros siete corredores. El relevo te ofrece esa misma posibilidad pero repetida por cuatro. Y Cuba, ese 8 de agosto de 1992 puso a cuatro hombres (Joel Lamela, Andrés Simón, Jorge Luis Aguilera y  Joel Isasi) a combatir no solo contra sus propios límites sino contra la lógica.

¿Qué hacían aquellos cuatro pigmeos esa tarde, enfrentándose a Michael Marsh, Leroy Burrell, Dennis Mitchell y Carl Lewis? Parecía que nada. Más bien era un ofensa, tener aquellos 4 modestos corredores de 100 metros, allí en la carrilera 3, esperando demostrar que los milagros existen y para ello no sólo tenían que derrotar a sus rivales y vecinos del norte, sino que también tenían que derrotar a una Nigeria sedienta de triunfo, y con un roster de lujo: Olapade Adeniken, Davidson Ezinwa, Chidi Imoh y Oluyemi Kayode. Nigeria, recordemos, fue en Barcelona 1992 el único país que aparte de los EE.UU., logró colar dos hombres en la final de los 100 metros: Adeniken (10.12) y Ezinwa (10.26). En esa misma carrera por U.S.A habían estado Burrell (10.10) y Mitchell (10.04 y medalla de bronce) Todos, ahora, iban a correr en el relevo contra “unos cubanitos” que ni siquiera habían intentado desgastarse en los heats eliminatorios de la carrera del hectómetro.. Y también estaba Inglaterra, con Marcus Adam, Tony Jarrett, John Regis y nada más y nada menos que Linford Christie, el ganador de la carrera de los 100 mts.

Por Cuba arrancó Simón, un hombre que había estampado su mejor tiempo de 10.06 en 1987. Un crack en los 60 mts, de rápida arrancada y excelentes reflejos; piernas cortas, bajito, ideal para el comienzo, pero indudablemente “ridículo” ante aquellos otros portentos de la velocidad, y tal vez algo pasado de época. Además tendría que correr 100, no 60. Simón esa tarde volvería a ser el Simón al que estábamos acostumbrados a ver en años anteriores. No lo hizo mal el guantanamero, solo que al estar Cuba por la carrilera 3, su trabajo pasó inadvertido, un tanto, ante lo hecho en ese 1er tramo por los estadounidenses, los nigerianos y los de Gran Bretaña. La primera toma del relevo cubano muestra a un Simón con los dientes apretados, mano tensa y firme sosteniendo el batón. Soñando solo sabe Dios qué cosas. Quizás soñaba con los pies en la tierra.

Enérgico, decidido y puntual entrega el batón “al otro blanquito del relevo”: Lamela, natural de Minas, Camagüey, un atleta en plenitud de facultades, nacido en 1971, cuyos tiempos en 100 mts jamás bajaron de los 10.53 que estableciera en Tokio 1991, pero quien era todo un babalawo en el segundo tramo. Corredor de rectas, jamás hizo suspirar a nadie en cuanto evento puro de 100 mts compitió. Ese era Lamela, quizás el más “débil” del grupo, pero que ese día corrió como nunca en su vida. Especialista nato en la recta norte, arrancó perfecto, recibió el batón en el momento preciso y debido a ese ímpetu y experiencia alcanzados al recibir siempre la 1ra entrega en el relevo cubano, comienza a descontar metros en el Montjuic. Es entonces cuando el narrador menciona por vez primera a Cuba que hasta ese momento había estado apagada en esos segundos iniciales de la trasmisión televisiva a pesar de que su tiempo en la clasificatoria la “ubicaba favorita” para la pelea. Y mientras un E.U.A le da alcance a Nigeria y un Gran Bretaña parece no querer ceder terreno, el cubano, como hormiga, ya le ha ganado un buen par de metros a la carrera. Así de importante fue su labor esa tarde.

Entrega aquel trozo de ¿madera? de 11 pulgadas a Joel Isasi (quizás en aquel momento el mejor corredor cubano, oro en México 1990 y oro también en Ponce 1993) cuyo mejor tiempo superaba al de todos sus compañeros, excepto a Simón; y el “prieto” nacido el 31 de julio de 1967 sabe cuán importante es su encomienda en este 3er tramo. Tiene que entregar el batón al último hombre, y hacerlo bien, para que haya posibilidad de ascender al Olimpo.

Isasi logra el mejor arranque de todos. No arrancó ni una milésima antes, ni una después. Si existiese un modo para demostrarles el porqué de esto que digo, lo haría, pero basta verlo. Arranca apenas fracciones de segundos después de sus rivales nigerianos y norteamericanos, y la distancia entre él y Lamela, se nota, es apenas un poco más que la de los relevos contrarios; y he aquí otro instante que gana el relevo de la pequeña isla. En el relevo americano, el hombre del 3er tramo arranca un poco tarde y el nigeriano lo hace muy erecto y en actitud de espera. El cubano lo hace como si fuera un reloj suizo. Cuando llega el momento del cambio, el relevo americano pierde unas milésimas. Nigeria e Inglaterra se entregan la estafeta a trompicones, casi pisándose los talones entre compañeros, frenando el esfuerzo, conteniendo un poco la carrera, mientras Isasi sale limpio, desbocado hacia la curva, resuelto a hacer un tiempo que equipare la espera, pero está corriendo, hay que admitirlo, como correría una cebra entre caballos. Isasi no puede ganarle más segundos al reloj que los que sus piernas pueden y termina por notarse la diferencia entre su carrera y la del norteamericano, pero entrega bien. Preciso.

Aguilera apenas ha volteado un instante el rostro para ver hacia donde tiene que extender la mano, mientras que el corredor nigeriano se detiene, se voltea completamente y termina perdiendo el ritmo y la colocación dentro de su carril. Linford Christie pelea con su compañero inglés por una entrega torpe (en lo particular pienso que él fue quien lo hizo mal en el cambio), que a la postre les restó la posibilidad del bronce. Carl Lewis va delante de todos. Se ha puesto nervioso al recibir, pero sus piernas parece que ya tienen el oro. Y es entonces cuando sucede el milagro del tramo final.

Como en la última curva la distancia real entre los corredores no es fidedigna y no hay modo de comparar quizás la ventaja en la toma televisiva, uno sabe que al salir de la curva, puede suceder cualquier cosa fuera de esta falsa realidad. Las cámaras, hasta ese momento estaban enfocadas al duelo entre nigerianos, ingleses y estadounidenses, pero al salir los últimos hombres en escena, Cuba entera se para de los asientos.  Se escucha un grito en cada barrio desde Baracoa a Pinar del Rio. Aguilera, el blanquito del bigote, con ese parecido que tiene con Super Mario, es un bólido que intenta convencernos, con sus dientes apretados, que pudiera ganar hasta una medalla de oro en 100 metros. Sabe que delante de él está el mito de un hombre, la imagen más excelsa del atletismo mundial y está decidido a darle alcance porque ha salido mejor. ¡Está tan cerca!

Ha arrancado en el momento justo, sin recelos y en pleno sincronismo con lo que hasta hace varios meses había estado practicando mañana, tarde y noche. Al salir de la curva, Nigeria es un cadáver, Inglaterra el gentío que va detrás y solo podrán salvarlos la calidad de sus últimos hombres. Aguilera no los ve. Sus cortas piernas intentan alcanzar a Lewis, que meloso, le ha tomado unas centésimas darse cuenta que la cosa ahora ha cambiado de palo pa´rumba, y que no tiene que mirar más hacia la derecha, sino hacia la izquierda, por donde se le ha colado un vecino indeseable. Parece imposible. Cuba entera brinca de júbilo y el que no sabe de atletismo, cree que en ese último tramo Aguilera puede darle alcance a Lewis. La distancia entre ellos es ínfima pero la verdad, aquí, en este tramo final, pesa como un monolito; y si por un instante se nos hubiese permitido hacer el cambio (pasar a Aguilera para USA y a Lewis para Cuba), el milagro se hubiese vuelto realidad. Aguilera es un hombre de 10.57 en el hectómetro, corriendo contra un señor que lo hace en 50 y tantas centésimas menos que él. En la toma en diagonal, Aguilera no se ve, parece un fantasma que respira en la nuca de Lewis, quien, lógico, ya ha logrado acompasar sus largas piernas, sintonizarlas con su velocidad característica y comienza a alejarse, mientras el cubano se retuerce en el esfuerzo por no quedarse detrás. Es mucha la diferencia de calidad entre todos los corredores en este último tramo. Lewis es un leopardo. Aguilera es un gato de tejado de su natal Holguín y a pesar de su titánico esfuerzo pierde dos milésimas de segundo que saben a plata, pero salva el bronce, y se salva Cuba, llegando a la meta centésimas antes que el inglés, arrancándole así una medalla a Barcelona y mejor aún, destrozando por 40 centésimas, un añejo record nacional que databa de México 1968. Han logrado la hazaña en apenas 38 segundos (récord actual).

La presión impuesta por Cuba, ha logrado que el relevo norteamericano estampe por su parte también otro récord, pero mundial. El entrenador del relevo americano está contento, pero horas después comentaría, que si bien lo había asombrado el esfuerzo de sus hombres, se quitaba el sombrero ante el trabajo hecho por los cubanos: “Si los míos hubiesen cambiado el batón como lo hizo Cuba, quizás hoy estuviéramos hablando de un récord mundial de 37 segundos”, así se expresó.

Cuba, todo el país, celebraba mientras, aquel bronce como si hubiese sido un oro, aunque había tristeza. En aquellos instantes un pueblo entero se lamentaba por qué Figuerola, Fortún y Leonard no estaban esa tarde en la Ciudad Condal. Siempre existe esa inconformidad placentera y equívoca en los humanos, aun cuando haya que festejar una medalla de bronce, que por instantes, al salir de una curva, parecía que podía ser un oro. Uno se olvida que Dios nunca ha querido que existan los milagros. Él es quien dice quién y cuándo nace. Y mandó a que cada uno de esos velocistas cubanos, y estos, nunca coincidieran en un relevo.

Parece que luego, caprichoso, quería enmendar “su error” y deseaba ver a Cuba ganar un relevo. Otra vez, esa misma tarde, estuvimos cerca del oro, cuando otro relevo, el del 4x400mts participara en la final. Pero esa, ya es otra historia.